Hace unos días, una grabación de audio difundida por “ProPublica”, una fundación independiente que produce periodismo de investigación, invadió todos los medios y redes sociales. Un audio en el que se escuchan llantos, gritos, “Honduras”, “El Salvador”, “Guatemala” y niños diciendo, entre lágrimas desgarradoras, “mami, mami, papi, papi”. Mientras tanto, es posible escuchar a un agente de patrulla fronteriza exclamando con tono soberbio: “bueno, aquí tenemos una orquesta”, refiriéndose a esta situación. Además, se han viralizado imágenes: rejas, jaulas, niños amontonados y durmiendo en el suelo, mantas de
aluminio, entre otras cosas.

Estas escenas tan crudas recorrieron todo el mundo hasta el punto de que el Alto Comisionado para los Derechos Humanos de las Naciones Unidas pidió al gobierno estadounidense la finalización de la separación de familias, caracterizándola como inadmisible y cruel. Importantes figuras, tales como la ex primera dama, Laura Bush, o un ex director de la CIA, Michael Hayden, criticaron esta política comparándola con prácticas llevadas a cabo durante la Segunda Guerra Mundial. Legisladores demócratas solicitaron la renuncia de la secretaria del Departamento de Seguridad Nacional, Kirstjen Nielsen. Miembros del partido republicano también se pronunciaron en contra. La presión llegó a tal punto que Trump dio un paso atrás y tomó la decisión de frenar la separación de niños y padres que inmigraban ilegalmente, a través de un decreto presidencial.

En plena crisis, Trump twittea: “No podemos permitir que toda esta gente invada nuestro país. Cuando alguien entre debemos inmediatamente, sin jueces ni casos en los tribunales, mandarlos de vuelta por donde vinieron”. Los opositores preguntan: ¿Podemos poner a la inmigración, sea legal o no, a la misma altura de algo con carga tan negativa como lo es una invasión? Hay que preguntarnos si es acaso diferente a las oleadas migratorias que Estados Unidos, al igual que Argentina, recibió con los brazos abiertos durante tanto tiempo. Esta visión entiende a la política de “tolerancia cero” como una forma de convertir en delincuente a todo aquel que cruce las fronteras de forma ilegal, aunque sean solo niños.

Los argumentos de los defensores de esta línea política son, en primer lugar, que, a diferencia de las acusaciones, su objetivo no es impedir la inmigración sino fomentar la inmigración legal y meritoria. Además, dicen que hay que pasar factura a los verdaderos responsables de que esta masa de inmigrantes esté escapando de sus países y poniendo su vida y la de sus hijos en riesgo. Ellos son, por ejemplo, Jimmy Morales (presidente de Guatemala), Enrique Peña Nieto (presidente de México), Juan Orlando Hernández (presidente de Honduras) y otros jefes de Estado de donde provienen estas personas.

No hay que dejar de tener en cuenta que este año se llevarán a cabo las elecciones legislativas de medio término. En este contexto politizado, podemos suponer que la estrategia de Trump será hablarle directamente a su electorado y demostrarle que lo que dijo en la campaña presidencial era verdad. Tenemos que esperar el resultado de las elecciones para saber si efectivamente existe en Estados Unidos una audiencia favorable a este tipo de políticas. Por ahora, y según los últimos datos publicados por la empresa Gallup, el presidente Trump tiene 45% de aprobación, la más alta desde que fue electo. Pero más allá de eso, esta cifra es un claro indicio de un país polarizado.

Las cifras varían, pero, según diversas fuentes, entre principios de mayo y principios de junio entre mil y dos mil quinientos inmigrantes menores de edad fueron separados de sus padres cuando cruzaban la frontera México – EEUU. Más de cien de estos niños parecen ser menores de cuatro años.

A pesar de las diferentes opiniones que existen en Estados Unidos y en el mundo acerca de la inmigración ilegal, debemos tener presente que estamos tratando con seres humanos y, más aún, con niños. Todavía hay muchos menores de edad separados de sus familias. Más allá de las reformas migratorias que se estén planteando o de los resultados de las futuras elecciones, el sabor amargo que nos dejaron los audios y las imágenes difundidas no deben haber sido en vano. Es por ello que debemos pedir a los funcionarios de Estados Unidos una solución que tenga como prioridad el humanitarismo, la responsabilidad y la decencia.

Foto de portada: AFP.