La tecnología es una fuerza descomunal que nunca se detiene. Actualmente, emparentada con las ciencias duras, la humanidad siempre se ha visto determinada por ella. La capacidad de desarrollar y aplicar técnicas con el fin de generar cada vez más progreso de todo tipo (material, simbólico, etc.) se ha convertido en la máxima a la cual, las sociedades capitalistas se aferran para ser más “felices y prósperas” –lo que sea que
eso signifique.

Ya sea con la salida de un nuevo smartphone o con la invención de la rueda, cada nuevo progreso tecnológico afecta profundamente todas las facetas de la vida del individuo, así como también altera las dinámicas y las relaciones que rigen en una sociedad. Ya que la injerencia de la tecnología en nuestra vida cotidiana es evidente, resulta acertado preguntarnos lo siguiente: ¿cómo las tecnologías actuales moldean nuestra percepción de la realidad? Y más aún: ¿dicha tecnología nos hace más “humanos” o por el contrario nos convierte en autómatas, sometidos a un flujo de información constante? Sin entrar en el ascetismo o en el budismo Zen, es conveniente al menos atisbar algunas respuestas a estas preguntas de naturaleza esquiva, con el fin de comprendernos a nosotros mismos y al mundo que nos rodea, y si acaso la suerte nos toca la puerta, darle una pincelada y modificarlo un poco.

Hoy en día, la información circula por todos lados. Nos atraviesa. Basta con abrir cualquier aplicación del celular y cientos de imágenes inundan nuestra mente instantáneamente. A su vez, resulta difícil filtrar aquello que nos gusta de lo que no, simplemente porque carecemos del tiempo necesario para apreciar y contemplar la naturaleza de las cosas con algún destello de profundidad. Ya sea una noticia en el diario o una story en Instagram, nuestra capacidad de atención es mínima. Nada merece nuestra atención más de dos o tres minutos en el mejor de los casos. Las imágenes (que son una forma de información) atiborran nuestro cerebro constantemente. Es válido preguntarse por qué resulta laborioso regular nuestro uso diario de las tecnologías de comunicación, pero el sentido común nos indica que es prácticamente imposible hacerlo, ya que como nos acostumbramos tanto a estas, estaríamos excluidos de los beneficios (amorosos, laborales, etc) que traen consigo. De este modo, uno acepta a ciegas sin mayores cuestionamientos la implementación de cada nueva tecnología en la vida cotidiana. Esta tecnología no es perjudicial per sé, sino que lo es el uso que uno le da a ella. Lo que también es perjudicial es el cuestionamiento a ciegas con el que nos entregamos a los pequeños pedazos de información que se nos presentan, sin discriminar lo valioso de lo fútil.

En términos económicos, la información nunca ha sido tan cara. El tener a disposición millones de bits de información provoca que la elección de alguna de ellas tenga un costo de oportunidad sumamente elevado porque el costo de ese pedacito de información es el de los millones de bits que dejamos de lado. Consecuentemente, resulta asombroso cuán ligeramente en la sociedad actual, se consume indiscriminadamente cualquier tipo de información. Este consumo desenfrenado es unidireccional en el sentido que uno se somete a este bombardeo constante de forma voluntaria. Nadie es obligado a revisar el celular minuto por medio (consta que las generaciones más jóvenes lo hacen) y aún así lo hacen: es esta hambre de información la que nos sumerge en una cueva muy similar a la que Platón nos explicaba hace miles de años. La tecnología usada sin recaudos nos somete en una cueva que moldea nuestra mirada sobre el mundo observable: nuestras ambiciones, miedos e inseguridades (¡hasta nuestras contradicciones!) se ven filtradas por la óptica de la tecnología. Ejemplos sobran. Es recurrente la comparación con otras personas en las redes sociales. En este ámbito, toda negatividad se ve anulada y sólo se exhibe una fachada virtual que muchas veces no corresponde con la realidad terrenal. En este sentido, el valor del esfuerzo se ve erosionado ya que sólo se muestra el resultado final y no el proceso. Este resultado final que aparenta ser rápido a su vez está sujeto al escrutinio público. De este modo, en la sociedad actual lo efímero e inmanente prima sobre lo duradero y trascendental, desde un celular que tiene una vida útil de dos años (la llamada obsolescencia programada) hasta las relaciones casuales parecen ser la norma en nuestra época.

Pareciera que las nuevas tecnologías usadas en exceso nos aíslan más de lo que nos unen, dejando de lado el valor de las conversaciones cara a cara y sumergiéndonos en nuestra propia cueva digital sedados con imágenes virtuales que nos impiden salir de nuestra zona de confort. También se podría argumentar que esta es una forma de poder para contener a las masas, siendo este flujo de información una herramienta de manipulación para crear cada vez más ignorancia. De todos modos y sin hacer tantas elucubraciones, basta con reconocer el crecimiento exponencial de las nuevas tecnologías para dar fe de que la humanidad, si no despierta y modera el uso que le da a las tecnologías que tiene al alcance, se verá cada vez más hundida en la caverna de Platón.

Foto de portada: British Museum.