Caminar por la ciudad el día 14 de junio pasado con el pañuelo verde atado al cuello fue, para muchos, una sensación única. En mi caso, sentí esperanza, alegría, pero más que nada, orgullo. Orgullo por la lucha que mujeres y cuerpos gestantes dieron por décadas y décadas, para tener lo que finalmente obtuvimos: la media sanción por la legalización del aborto. La marea humana en la zona pro aborto legal fue algo inédito, como mi amiga dijo, “esto es peor que en el concierto de Radiohead”. Es que sí, la causa moviliza a millones. Millones de personas que entienden que éste es un paso necesario para progresar hacia una Argentina más igualitaria, más moderna, más justa.

La vigilia por los resultados fue como una montaña rusa. Los datos que Economía Feminista actualizaba permanentemente sobre la cantidad de votos a favor y en contra fluctuaban de a dos puntos, de a uno, de a tres. Por un momento la alegría desbordaba porque creíamos que habíamos ganado, y al rato la ansiedad se volvía a apoderar de nosotros, cuando los números se daban vuelta. Frente a la pantalla en la cual se proyectaba la transmisión en vivo de lo que estaba pasando en el recinto, las caras observaban atentamente, se aplaudía y se largaban gritos de felicidad cuando un diputado o diputada aparecía en cámara con el pañuelo verde atado a su micrófono. Cuando aparecía con el pañuelo celeste, abucheos y gritos de desaprobación. Nos indignábamos cuando un/a legislador/a tiraba datos falaces, tal como el que decía que la ley permitiría abortar hasta los nueve meses. Realmente nos daba vergüenza que ni siquiera hubieran leído el proyecto de ley. Escuché gran parte de los discursos atentamente y noté que entre los dos bandos se estaba hablando de temas diferentes. Los “pro vida”, hablando sobre si está bien abortar o no, hablando sobre los
derechos del niño por nacer, etc. También hablaron sobre cementerios de fetos, cachorritos y tráfico de órganos de fetos (Señora, explíqueme, ¿cómo es eso de que se trasplantan órganos que no están desarrollados? Me da curiosidad). Los pro aborto legal, hablando sobre la necesidad de que el Estado acompañe a las personas gestantes, sobre las cifras de mortalidad materna y aborto en el mundo, sobre la salud pública.

Escuchando los discursos de los “pro vida”, me hizo ruido que no tuvieran en cuenta algo central en la discusión: la realidad. Como bien dijo Silvia Lospennato en su discurso, no se puede obligar a una mujer a ser madre en contra de su voluntad. Es decir, la mujer desesperada que decide abortar lo va a hacer, sea legal o no. Está probado que la criminalización no las disuade de practicar el aborto. Como bien sabemos, la rica lo va a pagar y la pobre va a acudir a métodos peligrosos. Por la negativa, la que no quiere hacerse el aborto, no lo va a hacer, sea legal o ilegal. La cantidad de abortos, en primera instancia, es la misma. Entonces, pensemos un poco en cómo funcionaría esta ley para disminuir la cantidad de abortos. La campaña también contempla la educación sexual y la provisión de anticonceptivos gratuitos, pero seamos realistas, gente. En primer lugar, estas políticas van a tener efecto recién en el largo plazo. En segundo lugar, considero una ingenuidad pensar que el Estado va a llegar a cada cuerpo gestante en el país. Aunque fuéramos Noruega, aun así habría gente a la que el Estado no llegaría (y hasta en Noruega el aborto es legal). Entonces, pensemos en la siguiente situación: una mujer pobre, a la cual el Estado no llega, quiere abortar. En un país donde el aborto es ilegal, la mujer va a recurrir a métodos que pongan en peligro su vida. Va a estar sola, marginada, y va a hacer lo que puede. En un país donde el aborto es legal, esa mujer que probablemente nunca terminó, o ni fue, a la escuela, va a ir a un hospital público. Por primera vez en su vida, va a estar en contacto directo con un empleado del Estado. Un médico que va a intentar disuadirla de abortar, pero que en última instancia, va a proporcionarle un servicio seguro para que no muera. Ahora, ¿cuál es la clave de todo esto? El médico, además, va a proporcionarle información sobre métodos anticonceptivos, información que de otra forma esa mujer nunca habría tenido. El médico le da esta información PARA QUE NUNCA MÁS TENGA QUE ABORTAR. Si la mujer no hubiera accedido nunca a esa información, si hubiera estado sola, se practicara el aborto una vez, y con suerte sobreviviera. A la segunda o tercera vez que quiera abortar, probablemente moriría de una hemorragia, de una infección. Si fuera que se embarazó producto de una violación, el anticonceptivo no cambiaría nada, claramente. Pero creo que en este caso estamos todos de acuerdo en que el derecho de la mujer a decidir es más importante que el derecho a la vida del “niño por nacer”. Si no estamos de acuerdo en esto, bueno, ese es otro tema. Una persona que fuerza a una mujer a parir un hijo producto de violación, no sabe lo que es la empatía ni la compasión. El aborto en caso de violación no es punible desde 1921. Creo que ese es el tipo de persona que llamaríamos retrógrada.

Evité hablar sobre el tema del derecho de la mujer a decidir sobre su cuerpo, porque, lamentablemente, mucha gente considera que somos receptáculos de bebés. Entonces, ese ni siquiera es un punto en el que nos podemos hacer entender. Hablemos, en vez, de lo concreto. De la realidad. De los efectos prácticos. Se ha hablado de que se va a poner plata del presupuesto nacional para matar bebés. Bueno, lamento contarles que el Estado, supuestamente laico, financia también a curas pedófilos. Para 2018, el presupuesto para la Iglesia se calculó en más de 130 millones de pesos, según Télam. Se ha hablado de que la solución no es el aborto, es la educación sexual.  Lamento contarles que cada cuerpo gestante decide cual es SU solución. Lamento contarles que la educación sexual está estigmatizada y va a encontrarse con muchos obstáculos para ser
implementada. Especialmente en escuelas religiosas. Además, siempre va a haber gente a la cual la educación sexual en forma de talleres escolares, por ejemplo, no llegue. Simplemente por el hecho de que no todos van a la escuela.

Como dijo la diputada Silvia Lospennato, “este es el siglo de los derechos de las mujeres, más tarde o más temprano estas jóvenes que llevan con orgullo sus pañuelos en las mochilas los conquistarán”. En el momento en que el conteo de votos otorgó la media sanción, el patriarcado se cayó un poco más. Viene cayendo desde hace rato, con la obtención del derecho al voto para las mujeres, con el derecho al divorcio, con la ley de matrimonio igualitario. Caminar por la ciudad con el pañuelo verde atado al cuello me ganó miradas de desagrado, de odio, pero más importante, miradas de complicidad, de alegría, de sororidad. El reconocimiento del Estado a nuestros derechos no es el primer paso, pero es uno clave, para el tránsito hacia una sociedad más igualitaria. Orgullosos y empoderados, portamos nuestros pañuelos verdes en nuestras mochilas, cuellos y muñecas, porque sabemos que estamos del lado correcto de la historia. Vamos a seguir molestando para que este proyecto sea ley. Y sabemos que definitivamente, algún día, el patriarcado se va a
caer.

Foto de portada: https_flic.krpL8uMqC.