Acometo una labor harto difícil y enteramente paradójica.

El nombre que debiera serme dado, relato (aún sin terminar) donde contaré la vuelta en que me vi obligado a matar al hombre que llevaba mi nombre –quiero decir a Serafín Leiva– y este ensayo, cuya versión anterior se tituló La ficción no me aporta nada y fue publicada bajo el seudónimo “El flautista, ¿de Hamelín?”, resumen y prefiguran el resto de mis escritos. Se hace aquí evidente mi trazo interceptado por la obsesión con el destino, los nombres, la adversidad, la sentencia y el sacrificio.

Originalmente (en La ficción no me aporta nada) pretendí reivindicar a la literatura a través del estilo; gravísimo error fruto de mi inexperiencia. Soy el intérprete de un argumento que por naturaleza es implacable. Demasiado fuerte para depender del estilo y demasiado importante como para ser postergado, su veracidad irrefutable no admite réplica ni disputa. Usaré la simpleza, entonces, –y no una prosa enrevesada y oscura– para batallar.

La literatura, así como la religión, es una forma legítima y real para cultivar el espíritu. Ambas cumplen la función social y antropológica más importante de todas: la de enriquecer el alma. En definitiva, los límites que las diferencian se vuelven difusos y cuando se trata de imbuirnos de los valores que realmente importan, ninguna de las dos es más válida que la otra; es una cuestión de nombres propios lo que termina por zanjar la discusión. Este es el núcleo y columna vertebral de mi ensayo y también, de mi manera de percibir el mundo.

Malgastar su tiempo con la demostración de algo tan sencillo y evidente es sin duda insultarlos. Sabrán, no obstante, como mencioné en un primer borrador, la pena que siento por aquellos indoctos que afirman que no hay nada que la literatura tenga para ofrecernos.

En la versión anterior de este ensayo realicé un paralelismo entre dos sagas juveniles harto conocidas (El Señor de los Anillos, de Tolkien, y Harry Potter, de Rowling) y el mayor best seller de todos los tiempos: la Biblia. En esta nueva versión comentaré muy brevemente en qué consistieron estas comparaciones y extenderé una vinculación con la obra magna y orgullo de nuestra lengua, el Quijote. El lector puede optar por pasar directo a la conclusión, la demostración de este argumento no depende ni por asomo de los ejemplos provistos.

Hacia el final confieso la terrible paradoja que acabará por sentenciarme. Debo recordarles, para ello, el seudónimo que alguna vez elegí:

“En detrimento de la vaga y reduccionista idea que de forma lacerante sintetiza la verdadera esencia de la ficción, y por puro amor al arte, defenderé hoy y siempre los valores que atesoro. Me presento ante ustedes como ‘El Flautista, ¿de Hamelín?’, y espero que esta nota sea la primera de muchas. Inspirado en la cita de W.J. Spencer: ‘El discurso del orador debe elevarse sobre la muchedumbre y encantar a la multitud más arisca cual flautista de Hamelín’, agrego la interrogante porque para bien o para mal, flautista soy. Sólo el tiempo dirá si logré ser el de Hamelín”. (La ficción no me aporta nada)

Primer caso: el hombre que tuvo en la mira a Hitler y le perdonó la vida.

Marcoing, septiembre de 1918. Al soldado británico Henry Tandey le han ordenado registrar la trinchera abandonada por el enemigo. Entre el barro, Tandey se encuentra con un soldado alemán herido y desarmado; los separan menos de cuatro metros, el tiro es imposible de errar. Sin embargo, en un acto de misericordia Tandey baja el rifle y le deja ir. Años más tarde le reconocería. ¿Acaso hay alguien capaz de decir que un hombre como Jesús hubiera desaprobado la manera en que actuó Tandey? Absurdo. Más allá de las atroces consecuencias que su misericordia desencadenó, el soldado británico mostró que hasta en el escenario más salvaje existe el perdón y la dignidad. ¿De qué otro modo puede leerse la actitud de Tandey sino como una manifestación de amor al prójimo? En Marcoing, Tandey eligió la compasión y la humanidad. Es provocador pero innegable, lo que hizo engrandeció su espíritu.

El mismo escenario sucede en el primer tomo de El Señor de los Anillos (en la versión anterior escribí este ejemplo sin dar nombres propios para evitar algún tipo de prejuicio). Aquí, el universo del lector se subordina a la compasión que años anteriores Bilbo tuvo con la criatura Gollum –ahora acechando a nuestro protagonista–, quien ante la perspectiva de una criatura ruin y deshonrosa que lo observa desde la oscuridad, le confiesa al viejo mago que lo acompaña (Gandalf) que hubiera deseado que Bilbo acabara con la criatura cuando tuvo la oportunidad. Frente a esto, el viejo mago dirá que fue la compasión lo que detuvo a Bilbo, y que en definitiva, la verdadera valentía yace en perdonar una vida y no en quitarla. Resulta escandaloso ver el parecido que este fragmento guarda con el amor al prójimo que profetizaba Jesús y profetiza la religión católica.

Tanto la religión católica como Gandalf sitúan el amor al prójimo y el perdón como máxima virtud, ¿no es el caso de Tandey, en definitiva, igual al de Bilbo? Es indiscutible el terrible desenlace que desencadenó la clemencia del soldado británico. Sabiendo esto, y habiendo visto que en los dos casos se transmite el mismo mensaje ¿no puede Tandey encontrar amparo en las palabras de Gandalf?

Segundo ejemplo: el sacrificio de Jesús y el de Harry Potter, protagonistas del mismo relato.

Ambos lo dieron todo, incluso la vida, para consumar la salvación del hombre. El joven mago, en medio de la batalla de Hogwarts es herido mortalmente por la fuerza del destino: debe sacrificarse para destruir a Voldemort y salvar a la gente que ama. Con la misma lógica opera el sacrificio de Jesús, ustedes lo saben mejor; el hijo de Dios entrega su vida y en un acto de amor exime al hombre del pecado.

La cuestión con el Quijote.

Pensar o imaginar que de tanto leer, Alonso Quijano enloqueció en sentido literal es no haber entendido en lo más mínimo a Cervantes. Deslegitimar por su locura, los sueños que con justicia y nobleza persiguió el hidalgo manchego convierte a uno en un obtuso sin precedentes. Lo sustancial del Quijote es el personaje a veces olvidado de Alonso Quijano, que a fuerza de leer historias sobre honradez, valentía, generosidad y sacrificio se convierte en el idealista y melancólico don Quijote, quien chocará brutalmente contra la hipocresía de la Mancha. Lo conmovedor está en que esa hipocresía es incapaz de mancillar el mensaje que con tan gallardo entendimiento y arrojo logra plasmar el protagonista; su historia, la de alguien que genuinamente buscó proteger al menesteroso y defender al débil supone el fin para aquellos caballeros que no estén dispuestos a llegar tan lejos como él. No por nada Cervantes termina su novela diciendo:

“…pues no ha sido otro mi deseo que poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías, que, por las de mi verdadero don Quijote, van ya tropezando, y han de caer del todo, sin duda alguna”.

La enseñanza o enseñanzas de don Quijote transcienden su propia muerte, no muere con él su legado:Yace aquí el hidalgo fuerte/que a tanto extremo llegó/ de valiente, que se advierte/ que la muerte no triunfó/ de su vida con su muerte”.

Caigo nuevamente en lo redundante y reiterativo: Jesús, con innegable coraje y entrega estuvo dispuesto a dar su vida no sólo para salvar al hombre, sino para consolidar el mensaje que toda su vida transmitió: ámense los unos a los otros, sálvense los unos a los otros. Acaso Borges (o Schopenhauer) tiene razón: yo soy los otros, cualquier hombre es todos los hombres. Por eso no es injusto que una desobediencia en un jardín contamine al género humano; por eso no es injusto que la crucifixión de un solo judío baste para salvarlo… por eso no es injusto que la entrega del espíritu de Alonso Quijano represente el sacrificio de todo valiente.  Don Quijote enderezó siempre sus intenciones a los buenos fines, que son de hacer bien a todos y mal a ninguno. Su Biblia son las historias de caballeros que lo dieron todo por el oprimido:

“Porque tenía a todas horas y momentos llena la fantasía de aquellas batallas, encantamientos, sucesos, desatinos, amores, desafíos, que en los libros de caballerías se cuentan, y todo cuanto hablaba, pensaba o hacía era encaminado a cosas semejantes”.

Sujeto a todas las inclemencias del cielo y a todos los incómodos de la tierra, son estas historias las que infunden valor y coraje en don Quijote:

“Esta extraña visión, a tales horas y en tal despoblado, bien bastaba para poner miedo en el corazón de Sancho y aun en el de su amo; y así fuera en cuanto a don Quijote, que ya Sancho había dado al través con todo esfuerzo. Lo contrario le avino a su amo, al cual en aquel punto se le representó en su imaginación al vivo que aquella era una de las aventuras de sus libros”.

Por comodidad narrativa Cervantes muestra que para don Quijote el bien y el mal están claramente definidos; de este modo le facilita la tarea al protagonista, a quien le bastarán una lanza y una adarga para defender al prójimo. Sería inaudito, entonces, creer que los fines de don Quijote no están en sintonía con los de Jesús y la religión católica. El mismo Cervantes dice:

“Finalmente, la tal historia [la de don Quijote] es del más gustoso y menos perjudicial entretenimiento que hasta ahora se haya visto, porque en toda ella no se descubre, ni por semejas, una palabra deshonesta o un pensamiento menos que católico”.

Como dije, sobre la cuestión de los medios –don Quijote convirtiéndose en caballero andante para lograr su propósito– alcanza con decir que es un mero recurso literario que usa Cervantes –viejo militar– para acortar el camino hacia el final, donde su argumento cobra el máximo esplendor. Que el protagonista se llame don Quijote y no Jesús, es un asunto de nombres propios.

¿En qué medida no es mi argumento un espejo de la religión católica?

Este punto merece especial atención. Veamos: Tolkien y Cervantes profundamente católicos, ¿no será, entonces, que mi argumento está circunscripto a las enseñanzas que estos hombres vieron en la Biblia y decidieron plasmar en sus novelas? La verdad es que no. Nietzsche parece tener una respuesta en el Anticristo que no diré porque no entiendo. La cuestión central está en que mi argumento está circunscripto a valores seculares que no fueron propiamente creados por el catolicismo. Quiero decir, el éxito de la religión católica (y de toda religión) está en que hizo de valores que ya existían, su patrimonio. La valentía, el sacrificio, la generosidad, el compromiso no fueron creados ni por la Biblia ni por el catolicismo. Que mi argumentación se circunscriba a la exaltación de estos valores la convierte en reflejo de algo que la humanidad decidió que valía la pena. No puedo explicar cómo ni por qué, pero es un patrón; civilizaciones que parecen no tener relación alguna ponderan los mismos valores en su mitología. Fue el hombre quien legitimó los valores que predica la religión y también, claro está, la literatura. Mi argumentación se circunscribe, entonces, al hombre en sí mismo.

Desenlace o conclusión.

Pareciera que la cuestión de enriquecerse a uno mismo con los valores que realmente importan –los que hacen de uno mejor persona–, no se define en virtud de quién es el narrador de turno, sino en virtud de cuál es el mensaje que se busca transmitir. Del Quijote a la Biblia se encuentran puntos en común porque en definitiva, ambos son textos literarios. El catolicismo no construyó sus valores en función del relato, hizo lo inverso: su relato –la Biblia– es funcional a los valores que se buscaron transmitir: cuya existencia es independiente y anterior a la forma elegida para contarlos. En la literatura operamos del mismo modo. Es, por lo tanto, una cuestión de nombres y estilos lo que diferencia a la literatura de la religión, la importancia está en que ambas convergen hacia lo mismo, enriquecer el alma:

“La historia era creíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había padecido; sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios” (El Aleph, Borges).

No estoy argumentando que la religión sea un elemento de ficción. No es mi objetivo cuestionar el dogma de la Fe, de hecho lo estoy defendiendo. Si al final son nuestras intenciones las que nos definen, ¿acaso hay una regla que nos diga dónde tenemos permitido buscar fuerza y valor en una hora aciaga? Si cuando el frío queme y el miedo muerda, y cuando el sol se esconda y se calle el viento nuestro único capital será la destreza con la que pintemos las líneas de color ¿qué más da quién fue nuestro maestro?

Sobre la inevitable paradoja

Tiendo a percibir el mundo como una gran matriz donde todo se conecta. No logro decidirme si hay un destino prefigurado, o si somos nosotros los artífices de nuestra propia historia. Tal vez esto explique mi digresiva prosa y mi predecible verso. Quiero con esto decir que escribí este ensayo –al menos su versión original– cuando alguien me increpó que la ficción no aportaba nada. A él (o a ellos) le respondo lo siguiente:

“-si os la mostrara- replicó don Quijote-, ¿qué hiciérades vosotros en confesar una verdad tan notoria? La importancia está en que sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar, jurar y defender; donde no, conmigo sois en batalla, gente descomunal y soberbia. Que ahora vengáis uno a uno, como pide la orden de caballería, ora todos juntos, como es costumbre y mala usanza de los de vuestra ralea, aquí os aguardo y espero, confiado en la razón que de mi parte tengo”.

La paradoja que acabará por sentenciarme es que durante todo mi argumento enfaticé la poca relevancia que tenían los nombres propios, dada la fuerza y vigor que algo anterior  a ellos, cultivar el espíritu, tiene. Antaño usé el nombre del Flautista de Hamelín para cumplir un propósito, ahora me pregunto: ¿no hubiera sido lo mismo si me llamaba de otro modo? Si hubiera sido el pianista de Copenhague o el violinista de Buenos Aires, ¿no precede mi argumento al nombre que vista yo para narrarlo? Que la literatura cumpla la misma función que la religión es un hecho. No depende del nombre que se elija para decirlo. Si como creo, mi argumento se circunscribe al hombre y fue el hombre quien indicó y legitimó los valores que hacían a uno mejor persona, entonces este ensayo no me pertenece y no estoy haciendo más que parafrasear. Sería un robo y una contradicción que firmara este escrito con mi nombre (o con cualquier nombre), el problema está en que si no lo hago, estaré reconociendo la autoría que el hombre tiene sobre esto; equivalente a darle la autoría a la gente de baja ralea que no ve aporte alguno en la literatura.

Otra opción es que este dilema no sea más que una audacia para distraer al lector y que mi argumento se deslice de manera furtiva.

 

–Le juro Leiva, tanto descaro acabará por matarlo–.