“Mi vieja es una forra, no quería tenerme” me dijo y mi error fue darle la razón.

En el marco del debate en el Congreso por el aborto y las numerosas manifestaciones tanto a favor de la legalización como en contra, es muy importante poder cubrir todos los cuadros que puedan desembocar en este debate. Sin duda ha sido uno que ha invocado a los sentimentalismos de ambas facciones, y que ha producido que muchas personas se sensibilizaran por un tema en el que pensaban poco o nada antes de que se visibilizara en los medios más consultados del país, y esto también ha movido algo dentro de quienes nacieron en el seno de la vulnerabilidad.

Haré la aclaración de que, no hablaré de cuerpos gestantes y cuerpos fecundantes en todas sus diversidades, no por no contemplarlos en sus maternidades y paternidades -las cuales considero completamente válidas, respetables y festejables- sino más bien porque los casos que analicé para plantear esta opinión han sido observados en el cuadro de relaciones heteronormativas entre personas cisgénero.

Cuando a uno le dicen que se consideró abortarlos, al agregar ese “los”, se está creando un ataque directo a la persona que “ya es”, no que “va a ser”. A una persona con capacidades para racionalizar su propia existencia, lo que sin duda permite que los sentimientos de vulnerabilidad resurjan en forme de ira, aunque sea una situación imaginaria, dejada en el pasado, imposible de realizar en el momento que se toma conciencia de lo que le están planteando.

Al escuchar a muchas personas enojarse con sus madres por haber considerado abortar, no puedo evitar notar la connotación machista del discurso que le sigue, ya que incluso se tiende a alejar del discurso antiabortista de cuidar la vida. Hay siempre un preponderante, pero disimulado discurso de mi mamá es mi propiedad. Dudo que lo digan así por completa malicia, sino más bien por crianza, ya que en un sistema que sin duda inclina la balanza hacia los hombres, posa a la mujer como la máxima incubadora, no solo porque las responsabilidades atribuidas a la crianza se las reclaman a ella, sino porque en el caso de no querer hacer caso a la maternidad (y optar por el aborto), incluso cuando es impuesta, se les desea el trato más inhumano y todo por no querer cumplir con los “roles naturales” que los procesos de su cuerpo permiten que se creen.

Desde las exigencias a mi propia madre por parte de quienes la rodeaban, como madre soltera, de que deje de trabajar para dedicarse a mi crianza, o los reclamos a las madres famosas, se puede ver que no son tan recurrentes o incluso inexistentes en las parejas masculinas de estas debido a sus comportamientos que no encajan en la idealización de la maternidad -donde ellas se muestran como seres con deseos, con ambiciones propias y gustos alejados de cambiar pañales u organizar cumpleañitos-. Podemos ver como a la mujer siempre se la condiciona para que cumpla un rol que puede ir más allá de su deseo, ya que no es solo la sociedad quien impone, juzga y castiga a la que no lo cumpla estrictamente -exigencia mucho más liviana para los padres, si es que siquiera se entrometen en la crianza-, sino que los propios hijos hoy reclaman siempre el “hubiera sido”, por sobre situaciones que ya no son una posibilidad. Esto se ve acrecentado por las llamadas “hijas de puta” que rechazan el ejercicio de la maternidad, llevando hasta el final el embarazo, ya sea por moral o por coerción por parte del padre, presión familiar o su contexto. En estos casos, no son maldecidas por desear abortar responsablemente al verse incapacitadas o no tener deseos de transitar la dolorosa experiencia del embarazo y maternidad, pero sí lo son por no querer participar activamente de la crianza una vez que dan a luz, lo que refuerza mi punto anterior sobre la atadura de la mujer a la maternidad.

Aun cuando las madres deciden dar a luz, criar y amar profundamente a sus hijos, puede existir sentimientos de arrepentimiento de haber decidido ser madre, lo cual es aceptable y respetable, pero puede impactar, ya que sale de toda regla atribuida a la maternidad.

No voy a pedir una reconciliación con su mamá ni un perdón, porque no hay nada que perdonarles mucho más allá de las ideas morales de si está mal o está bien. No sólo porque el hecho de estar leyendo esto demuestra que nunca llevó a cabo eso que tanto le reprochan casi caricaturescamente, sino porque como hijos maduros debemos asumir que siempre existió la posibilidad, pero que jamás fue en contra de uno -ya que ni siquiera sería uno-, sino que ella en autonomía consideró la infinidad de razones por la cual una mujer no desearía ser madre y quiso tomar una decisión, pudiendo o no hacerlo. Mientras los ojos recorren estas palabras, creo que se puede saber exactamente cuál fue la resolución final.

 

Foto de portada: Garrett Ziegler .