Una crónica sobre la marcha contra un Estado Turco negacionista, y sobre la persistencia en la búsqueda de memoria, verdad y justicia, en un país en donde poco se sabe sobre el genocidio armenio.

-“Desde chica me enseñaron que el turco era el enemigo. Me lo imaginaba con un fez, un sable, y los pantalones de Aladdin”

Hoy, Anush, con 22 años, reconoce que se trata de un estereotipo. Sin embargo, admite que “como líder de la comunidad armenia, no querés humanizar al turco”.

En la marcha del 24 de abril por el Genocidio armenio se ven personas de todas las edades. Los más pequeños pertenecen a la quinta generación que le sucede a aquellos que lograron sobrevivir el genocidio e irse de Turquía. La manifestación se realizaría desde la facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, hasta la residencia de la embajadora por Turquía. La consigna de la marcha consiste en “Memoria, Verdad, Justicia y Reparaciones”: el Estado turco aún hoy niega lo sucedido, alegando que fueron episodios esporádicos en un contexto de guerra. La realidad es que se trató de un plan sistemático desde el Estado, que exterminó a un millón y medio de armenios. Aunque hoy existe una República de Armenia, su gente se encuentra dividida. El día anterior a la marcha, el 23 de abril, el primer ministro Sargsyan renuncia a su puesto.  Entre la pobreza acuciante que sufre la población, y su pretensión de hacerse con máximos poderes, la gente estalló y Sargsyan cedió a la presión.

Desde la galería de la facultad de Derecho, se observa, en un principio, a un grupo pequeño de personas que se concentran en la vereda, al pie de las escaleras. El resto se refugia debajo de la galería para evitar la fina lluvia que está cayendo, y algunos que se pueden resguardar debajo de sus paraguas violetas, se paran sobre las escaleras.

“Recuerdo que una vez que me mostraron la bandera turca, me puse a llorar por miedo. Tenía 17 años”, relata Anush, quien milita activamente en la comunidad armenia. Se describe como un personaje controversial dentro de la comunidad, ya que una vez llevó a una charla a una persona turca y desde entonces, cree que sembró algo de resentimiento en su contra. Su abuela, nacida en Siria, logró escaparse. La mitad de la familia fue a Francia y Estados Unidos, y la otra mitad, se vino a Argentina. Creen que una de las hermanas de su abuela fue raptada por los turcos, ya que nunca llegó a la Argentina. La abuela recuerda únicamente el barco en el que se vinieron, y su madre le pedía que no hablara armenio ni siquiera acá, por miedo a que los encontraran. Una realidad de los sobrevivientes del genocidio armenio, es que no hablan no sólo por miedo, sino por el trauma provocado, y porque sienten vergüenza de lo que les ocurrió.

Más cerca de las 19:40, la gente cierra los paraguas, y aquellos que van llegando ocupan todas las escaleras. Abajo, en la vereda, empiezan a llegar jóvenes con  bombos, tambores, carteles, y más. Casi todos llevan, si no es una remera referente a alguna organización armenia, una camiseta de un grupo de fútbol armenio, o llevan la bandera sobre sus hombros, como una capa. Niños y niñas con uniformes de scouts, llenos de insignias, posan con la bandera mientras sus padres les sacan fotos, orgullosos de que sus hijos sean parte de la lucha. La gente sube y baja las escaleras, se saludan desde la distancia y después se abrazan con una sonrisa.

Unas madres hablan en el idioma armenio mientras sus pequeñas hijas de unos cuatro, cinco años se agarran de sus piernas y observan sus alrededores, con los ojos bien abiertos. Mientras tres policías vigilan a la muchedumbre, los bombos comienzan a sonar, y los jóvenes acompañan el compás con sus piernas. Los mismos sostienen un cartel con las caras de Talaat Pasha (el ministro que lideró el genocidio armenio) y Videla. Mientras tanto, cantan una canción que dice “Te juro, que aunque pasen los años, nunca nos vamos a olvidar”. Una señora mayor, de nombre María, sostiene un cartel que dice “1.500.000 armenios presentes”. “No puedo dejar de no venir”, dice María, cuyos abuelos, tíos, y sobrinos, fueron todos víctimas del Imperio Otomano: sólo quedó su padre. Intentar hablar con María es difícil, ella habla de forma muy suave y el sonido de los bombos, tambores, y palmas al unísono la sobrepasan. De todas formas, en un segundo la gente comienza a caminar y María queda perdida entre la multitud, acompañada de una mujer que la lleva por el brazo. Los policías cortan la avenida para que la multitud pase, y en cuestión de unos pocos minutos Figueroa Alcorta está llena en toda su anchura. Una chica prende una bengala, y otros se reparten entre sí unos tubos que despiden humos de colores rojo, naranja y azul. Saltan y corren con los tubos en la mano mientras entonan “Como a los nazis les va a pasar, adonde vayan, los vamos a buscar”. Los niños más pequeños también quieren correr, pero sus padres los sostienen fuerte por sus manitos.

“El que no salta es azerí”, cantan otros, refiriéndose a los turcos. Sin embargo, un señor me aclara que la marcha “no es contra la sociedad turca, es contra el Estado turco”. Pareciera que hay discrepancias en cuanto al motivo de la marcha: ¿será entre los más jóvenes y los adultos? En la multitud conviven dos cantos diferentes, con diferente letra, y que van a destiempo.

Finalmente, se llega a la residencia de la embajadora, donde está armado un escenario extenso, en el cual una mujer se prepara para dar la bienvenida a los manifestantes. Cuando la gente termina de acomodarse, con voz de locutora agradece la presencia de todos, y recalca que se cumplen 103 años desde el genocidio. Finaliza su pequeña introducción diciendo “¡Armenia está viva!”: los tambores redoblan, la gente grita y aplaude. Después de recitar los himnos argentino y armenio, un padre archimandrita pasa al escenario para realizar una oración en armenio. La oración, inusualmente extensa, es acompañada por el movimiento casi constante de los brazos de los presentes, que hacen la señal de la cruz repetidamente a lo largo de toda su duración. Cuando se retira, la mujer con voz de locutora pide un minuto de silencio por las víctimas. Se escucha únicamente el ruido de los autos, que reanudaron su marcha por la avenida, y pasan por detrás de la multitud. Luego, una mujer de la Unión Cívica Radical destaca, por el micrófono, cómo el pueblo armenio es un símbolo de resistencia, de hermandad y de resiliencia. “Alfonsín reconoció el genocidio”, resalta, y el público aplaude y grita con fervor. Cuando menciona a Nestor Kirchner, un grupo grita con más fervor todavía, pero no todos los acompañan. Luego pasa al escenario una mujer, hija de sobrevivientes, y presa política de la dictadura uruguaya en los setentas. Pregunta a la multitud “¿Porqué el Estado turco sigue impune y a nadie le importa? Los bonaerenses no salen a los balcones a apoyarnos. No lo saben. Todos deberían saber que hay que boicotear la política negacionista”. Es una locutora poderosa, que sabe conmover al público, pero cuando hace el paralelismo entre el genocidio armenio y las dictaduras latinoamericanas, la gente se exalta mucho más. “El lugar de los genocidas es la cárcel”, grita aunque su voz tiembla, y le responden más gritos de aprobación y silbidos. Se da vuelta, mirando hacia la residencia de la embajadora, y grita de nuevo “¡NUNCA MÁS!”.

La gente se dispersa, pero los cantos, la música, y las fotos siguen. Algunos niños se alzan por sobre la multitud, sentados sobre los hombros de los adultos. ¿Son conscientes de porqué están ahí? ¿Qué les dicen sus padres sobre su cultura e historia? Según Anush, “Uno es armenio cuando llega el 24 de abril”. Opina que a los niños les enseñan sobre la historia armenia desde un lugar muy sentimental, no les dan las herramientas para tener una visión crítica. “Son unos hipócritas”, observa, refiriéndose a cómo la locutora se refirió a “todos los armenios” sin mencionar en ningún momento la marcada división que existe hoy entre el pueblo armenio, en su propia república. Los jóvenes, mientras, bailan una danza armenia en una ronda bien grande, como si fuera en círculos concéntricos. Mientras, entonan una canción. En el medio de la ronda, están las mochilas pertenecientes a todos ellos, y un par de niños están acostados sobre ese colchón, mientras ríen y observan a quienes giran alrededor suyo. No saben que, en el futuro, serán ellos los encargados de unir a la comunidad en el único objetivo que importa: la memoria, la verdad,  la justicia y las reparaciones.

Foto de portada: Carolina González Guereño.