El 17 de mayo fue el Día Internacional contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia, o como la Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans prefiere llamarlo: el Día Internacional contra la Discriminación por Orientación Sexual, Identidad de Género y su expresión. Esta última distinción es importante ya que implica dejar de llamar fobia a algo que evidentemente no lo es. Mientras que las fobias son trastornos de salud o psicológicos que implican temor o repulsión hacia algo, la discriminación y el maltrato hacia personas por su orientación sexual o género dista mucho de ser un trastorno: no es más que una esperable expresión de la sociedad en la que vivimos. Si bien la palabra fobia también se puede usar para expresar odio u aversión, su uso principal es para referirse a las fobias como trastornos y, por eso, hablar de homofobia, transfobia o bifobia sería negar, o por lo menos ignorar, que no son en realidad trastornos, sino que son las consecuencias de una cultura cis-hetero-patriarcal y, más que desviaciones de su funcionamiento,
son, en menor o mayor medida, la regla.

El 17 de mayo es un buen día para reflexionar sobre nuestro entorno y nuestra propia relación con las injusticias que ocurren en él. A partir de esta reflexión, pensé en cómo la universidad no es un ambiente ajeno de estas prácticas. En la segunda semana de parciales escuché dos expresiones homofóbicas en la Di Tella, y eso que solo fui a la universidad dos días esa semana. La que más me chocó fue la de un estudiante que se encontraba con un amigo en las escaleras y le decía “¿qué hacés, trolo?”, en un contexto en el que, contra toda lógica, parecía estar usándose cariñosamente la misma palabra que durante décadas se utilizó —y se sigue utilizando— para predicar el odio hacia los hombres homosexuales. Es fácil imaginarse que a algunos les parecerá inofensivo, pero esta expresión esconde la reproducción de un sistema de opresión a las personas que se atreven a experimentar la diversidad sexual. No es solo una simple expresión, porque nunca es solo una, no son poco frecuentes y no es tan simple e inofensiva como puede parecer. Una persona que está comprometida contra el discurso homofóbico jamás se expresaría de esa forma.

La situación me dejó pensando en cómo es posible que en una universidad de excelencia académica como la Di Tella haya jóvenes que mantengan este discurso tan ignorante. Por decisión consciente o por ignorancia, este chico reproducía un discurso que tiene consecuencias terribles. La explicación más adecuada que encuentro es que el compromiso con la excelencia académica no viene necesariamente acompañado por un compromiso moral con la sociedad. Así, es posible que alguien que elige una buena universidad para formarse profesionalmente tenga a la vez un nulo interés por las problemáticas sociales y por las consecuencias de sus acciones. Este desinterés, si bien es cómodo y fácil, impide cuestionarse comportamientos y mejorar como persona. Un proyecto de vida que no incluya el cuestionamiento de los mandatos sociales y la deconstrucción propia es un proyecto de vida mediocre. La reproducción del discurso de odio hacia la diversidad de género y
sexual es autosabotaje en tanto limita la capacidad propia de ser uno mismo y gozar felizmente de la vida, como egoísmo, en el sentido de que oprime especialmente a quienes menos coinciden con los mandatos sociales machistas y cis-heteronormativos de la sociedad. Y esta tan necesaria deconstrucción implica reconocer el daño que nuestro discurso le puede causar a los demás y sus consecuencias a nivel social.

En el caso de la homofobia, estas consecuencias incluyen una tasa de suicidio más elevada en las personas homosexuales o bisexuales, siendo éstas más propensas a sufrir depresión, ansiedad y otras enfermedades. En el caso de la transfobia, las consecuencias son una expectativa de vida de 35 años para las personas trans en Argentina, siendo alrededor de la mitad de la expectativa de vida general. Además, según un informe de la Fundación Huésped y ATTTA, cinco de cada diez hombres trans han tenido pensamientos suicidas y cuatro de cada diez de ellos han realizado algún intento de suicidio.

El problema con las microhomofobias y los micromachismos es que suelen pasar desapercibidos. A veces son difíciles de reconocer y cuando sí los reconocemos, se siente exagerado hacer algo al respecto. ¿Cómo explicarle al chico de las escaleras que cuando dice “trolo” está lastimando a alguien que vivió una realidad muy distinta a la suya? ¿Cómo explicarle que eso que le puede parecer inofensivo es a la vez problemático e innecesario? ¿Cómo no quedar exagerado cuando freno a un desconocido y le explico algo tan obvio y a la vez tan difícil de entender para algunos: que no hay nada de malo en ser “trolo”?

Se vuelve evidente que, si bien se han logrado grandes avances y Argentina está en la vanguardia en cuanto a derechos del colectivo LGBT+, el progreso en la práctica no es suficiente y todavía falta mucho trabajo para lograr la igualdad de facto y que el país deje de ser, en general, hostil a la diversidad. Mientras el discurso de odio y discriminación se siga expresando sin consecuencias no será suficiente la deconstrucción propia. No es suficiente con ser abierto uno mismo, sino que también es necesario ser implacables con quienes, hasta en los menores y aparentemente inofensivos comentarios, predican el odio y la discriminación hacia los demás.

En fin, mi propósito es hacer un llamado con autocrítica a la comunidad de la Di Tella para que seamos más exigentes y menos indiferentes. Seamos molestos y atrevámonos a hacer lo que yo no me animé a hacer ese día en las escaleras de la universidad. Hagamos el esfuerzo de, además de reflexionar sobre nuestra participación en la opresión de minorías, obstaculizar la homofobia, bifobia y transfobia de los demás. Que la vergüenza y la inseguridad no la sientan quienes disfrutan libremente de la diversidad sexual y de género, sino quienes se creen con derecho a discriminar y atacar a quienes lo hacen.

Foto de portada: Leandro Kibisz.