Faltan solo cinco meses para las elecciones presidenciales brasileñas. Luiz Inácio Lula da Silva, expresidente, representante de uno de los más importantes partidos políticos de Brasil (El Partido de los Trabajadores o PT) y el candidato a presidente con más posibilidades de ser electo (según la encuestadora local Instituto Datafolha), se encuentra preso en Curitiba hace más de un mes.

El expresidente brasileño está condenado a doce años y un mes de prisión por corrupción pasiva y lavado de dinero y, si bien tiene varias causas, esta sentencia se debe a la tenencia de un apartamento en São Paulo, que según acusan fue un “regalo” del conglomerado empresarial OAS como retribución de contratos de la petrolera estatal Petrobras. Lula, por su parte, asegura que es una persecución política para sacarlo de la
carrera electoral y niega que el inmueble haya sido “un regalo”.

Más allá de lo interesante de las futuras elecciones y de las causas judiciales, llama particularmente la atención una cuestión que gira en torno a este tema: la división de la sociedad brasileña. En Argentina nos cansamos de escuchar en la calle, en los medios y hasta en la mesa del domingo la famosa palabra “grieta”. Esa grieta entre peronismo y no peronismo, kirchnerismo y no kirchnerismo u otras cuestiones similares “dividen” en dos y polarizan a la totalidad del país. Traigo una ¿buena? noticia: la grieta no es solo argentina,
para los brasileños es moneda corriente.

El pasado siete de abril no me pude despegar de la televisión. Sentía que la historia estaba pasando por delante de mis ojos. Lula pensaba entregarse a la Justicia Federal para ser enviado a la cárcel, pero afuera del sindicato de los Metalúrgicos en São Paulo (donde se encontraba) lo “protegía” una multitud. Gente llorando, gritando, cantando a su favor… ¡hasta lo llevaron en andas! Sin embargo, ya en la cárcel, en Curitiba, se veía gente festejando, cantando en su contra y gritando cosas como “Lula ladrão, seu lugar é na prisão” (“Lula Ladrón, su lugar es la prisión”).

¿Qué mejor forma de ilustrar esta cuestión que con testimonios locales? Dos preguntas, dos brasileros. La primera pregunta es: ¿Qué opinión personal tiene sobre Lula como político a nivel general? La segunda, ¿qué piensa sobre su actual encarcelamiento?

El primer testimonio es de una persona de 27 años, del estado de Bahía. Su respuesta a la primera pregunta fue: “Pienso que Lula es uno de los políticos más grandes que ha visto Brasil. Puedo mencionar su gran contribución al aumento de la expectativa de vida de la gente pobre y su inserción a la población activa del país como trabajadores, graduados, etc.” Para la segunda pregunta contestó: “Como abogado, mi opinión personal es que su acusación legal tiene una base en la constitución brasileña pero no soy tonto, está clara la influencia política sobre este juicio y el intento de encadenar al hombre que tiene un gran porcentaje de ganar, una vez más, la presidencia de Brasil”.

El segundo testimonio corresponde a un brasileño de 21 años, proveniente de São Paulo. “Bueno, no tengo idea que se dice de Lula alrededor del mundo. Pero hay que entender algo: Lula es solamente alguien que trató (y logró) persuadir a la gente con grandes mentiras. Es el peor político que he visto en mi vida, no sabe nada sobre economía ni de política. Solo sabe cómo hablarle a la gente, especialmente a la gente pobre y hacer
promesas que dejaban sin palabras, de modo que nunca se dieran cuenta que nos estaba robando y robando. Si hablas con otro brasileño, puede que te diga algo completamente distinto porque acá tenemos dos versiones diferentes y muy distintas”, fue la respuesta a la primera pregunta. Sobre el actual encarcelamiento, respondió: “Cuando fue a la cárcel festejé como si no hubiese un mañana. Era el momento. Espero que este sea solo el comienzo de la justicia hacia nuestros políticos”.

Sí, parece que hasta sabían qué iba a responder el otro. Fueron preguntas hechas por separado y fueron las dos primeras personas a las que se las pregunté. A mí me dejó impactada semejante contradicción.

¿Qué podemos decir ahora? En principio que Lula confirmó, desde la cárcel, que su candidatura sigue en pie. La decisión final sobre la posibilidad de presentarse una vez más en las elecciones depende del Tribunal Superior Electoral de Brasil. Para empeorar las cosas, se debe mencionar la impopularidad del actual presidente Michel Temer debido a varias denuncias por corrupción (por las cuales no ha habido acciones judiciales relevantes) y a la implementación de políticas, se puede decir, poco populares. Vinculado a ello se
acentúa cada vez más un pensamiento que recorre todo nuestro país vecino: la justicia es selectiva y, en este caso, pareciera que en contra de la izquierda brasileña.

El gran misterio es qué sucederá en octubre. El Tribunal Superior Electoral no puede tomar una decisión hasta que Lula se registre como candidato, que tiene un plazo hasta el quince de agosto. La reciente baja de la candidatura de Joaquim Barbosa del PSB y un apoyo creciente hacia la ultraderecha (PSL, con Jair Bolsonaro a la cabeza) nos deja boquiabiertos.

¿Se quebró la democracia en Brasil? La historia continuará.

Foto de portada: Jeanne Menjoulet .