Corría marzo de 1982. Vestidos con ropa de fajina y agobiados por el calor veraniego, la clase ‘63 hacía ejercicios de instrucción militar como parte de un día normal en la colimba. En el medio de la tormenta de polvo que se levantaba debido a estos trescientos pibes corriendo y saltando, miraba atentamente un suboficial. “¡Formen una única fila! A los que nombro, un paso al frente” impuso. Diecinueve fueron los afortunados y ahí estaba Marcelo Lapajufker –Mare, para los amigos- quien se destacaba por sus condiciones físicas. Con sus dieciocho años, su largo metro ochenta y el pecho inflado de orgullo e inconsciencia, así fue como se enteró que defendería los colores celeste y blanco en la guerra por la soberanía de las Islas Malvinas.

Lo subieron a un avión y el 13 de abril llegó al campo de batalla. No sabía con qué se iba a encontrar, pero por alguna razón estaba entusiasmado. El desconocimiento, su patriotismo y juventud hacían que tuviese ganas de formar parte de ese grupo selecto de jóvenes que le harían frente a la cuestión. Ese entusiasmo se fue diluyendo con el paso de los días, a medida que las condiciones empeoraban y que nuestro país iba perdiendo preponderancia. “Al principio había hasta comida caliente, lo cual era un lujo. Hacia el último mes ya no nos daban de comer. Teníamos que robar y repartirlo entre los compañeros”. Tanto es así que estuvo dos veces preso por esto.

La vida en tiempos de guerra era un desgaste constante, físico y mental. En el archipiélago oscurece a las cuatro de la tarde y hasta las nueve de la mañana no se ve ni un rayo de sol. La comida escaseaba. Los compañeros iban cayendo. El clima era inhóspito: frío bajo cero y humedad a campo abierto. No había momento para dormir, ni para ir al baño, ni mucho menos para bañarse. “Cantábamos bajito para no dormirnos, para mantenernos despiertos entre nosotros. No se podía dormir, porque las guardias eran de veinticuatro horas. No existía el relevo. No existía el lujo del descanso”.

“En una guerra no tenés identidad, no te acordás quién sos. Si no fuese por las cartas que me mandaban, no me hubiese acordado ni de mi nombre”. Las ciento ochenta y siete cartas que recibió lo acompañaron siempre dentro de su pantalón de combate. Las protegía casi como a su vida. Era a lo que se aferraba en los tiempos más difíciles, y un recuerdo que no pretendía dejar en el olvido.

Estas cartas corrieron un serio peligro el día de la rendición. Previo a ser prisionero de guerra y ser enviado nuevamente a la Argentina, los ingleses procedieron a desarmar y quitarles todas sus pertenencias a nuestros combatientes. Había una montaña de fusiles y de cascos. Cuando llegó el momento de la revisación, le encontraron las cartas en el bolsillo. “Te las tengo que sacar”, dijo el soldado inglés en un español perfecto. “Ya me sacaste el casco y el arma, me sacaste todo, estoy indefenso. Dejame las cartas, así me acuerdo de quién soy”. El soldado vencedor accedió. Estos escritos sobrevivieron, y veinticinco años después se convirtieron en un libro.

Volvieron un 20 de Junio, jurando la bandera en un barco cruzando desde las islas hacia el continente. Llegaron enfermos y agotados. “Fantaseábamos con que íbamos a volver y la gente iba a estar en la calle, que iban a caer papelitos de los edificios como si fuese una cancha de fútbol, que nos iban a recibir como héroes, pero nada de eso pasó”. Llegaron y los llevaron a Campo de Mayo, como parte de un plan de “descompresión”, cosa que no le gustó nada. A los cuatro días, la familia se enteró en dónde estaba y lo fueron a buscar. En su casa, en Avellaneda, lo esperaban todos sus amigos, familiares y mucha comida. “No podía comer ni entender de qué me hablaban. Veía que la gente movía la boca pero no entendía ni me interesaba lo que me estaban diciendo. No estaba en condiciones de festejar nada”. Los setenta días de guerra lo terminaron alienando. “Tuve que aprender a vivir de vuelta. A comer, a dormir, a bañarme, a hacer cosas de gente normal. La primera semana tuve que dormir en el piso, porque no podía acostumbrarme a acostarme en un colchón”.

Entre que volvió y formó pareja, tiene un gris en sus recuerdos. Quemó etapas. Recuerda flashes, pero no tiene muchas certezas sobre cómo fueron esos años siguientes. Hoy ya pasaron treinta y seis años de la guerra, dueño de un sentido del humor inquebrantable, está casado y es padre de dos hijos. Pero el fantasma de Malvinas siempre está presente. Carga con el recuerdo y con la mochila de saber que él volvió y otros no.

“Veo la bandera Argentina y vuelvo a la trinchera. Cantamos el himno y vuelvo a la trinchera. Hago un vuelo y vuelvo a la trinchera. Todavía escucho los bombardeos, pero no recuerdo de forma trágica. A veces me trae cosas muy buenas, y a veces no tanto, pero todo es parte de la experiencia. De todas formas, no me arrepiento ni cambiaría el haber estado en Malvinas”

Su vida nunca volvió ni volverá a ser igual. Lo vivido está fundido en sus retinas, no hay un solo día en que no lo recuerde. Ese eterno retorno, el de su cabeza yendo y viniendo a las islas, lo acompañará por el resto de su vida. Llevará siempre, con el orgullo que merece, el saber que es un héroe de Malvinas.