Petrogrado, Rusia. 7 de noviembre de 1917. Día que pasará a la historia con múltiples significados, cada uno diferente, cada uno tomando una resonancia de eco divergente a lo largo de los pasillos de la humanidad. La primera revolución socialista, el triunfo del pueblo proletario campesino sobre las garras del sistema burgués opresivo, el comienzo del terror comunista…discursos usados una y otra vez, expuestos a un proceso de metamorfosis, y aplicados con fines poco indeterminados y poco indiferentes.

“¡Este es tu pueblo, Lenin!” Las palabras de Nicolás Maduro resuenan entre una multitud de personas, entre la cual emergen cuadros con rostros punzantes, desde Maduro y Chávez hasta Lenin y Stalin, y flameantes banderas venezolanas: el collage se completa con un discurso en pos de la revolución bolchevique, el socialismo y la toma del poder en manos del pueblo obrero ruso, 100 años atrás.

Además de su celebración a las acciones pasadas del pueblo ruso, el presidente venezolano declaró sus transformaciones socialistas que guarda para el futuro del pueblo, entre ellos el financiamiento de cuatro millones de hogares mediante el uso del Carnet de la Patria, un documento de identificación creado durante la presidencia de Maduro, usado para pagar servicios de transporte, artículos de primera necesidad y regula el acceso de alimentos. Este carnet, vale acotar, ya tiene una dimensión altamente criticada: no solo obstaculiza el registro de los ciudadanos a otros partidos políticos (los registra indirectamente al PSUV -Partido Socialista Unido de Venezuela) sino que también fue acusado de ser un “canjeo de hambre por votos”.

En medio de las promesas del advenimiento de medidas socialistas en el horizonte, no se puede mirar hacia otro lado de un hecho simple, claro, y hace tiempo ya previsible: Venezuela ha declarado que ya no puede pagar sus deudas -hoy alrededor de 70 billones de dólares. En un contexto en el que Maduro debe persuadir a inversores a que crean que invertir en el país vale la pena, la economía se encuentra en pleno colapso. La falta de alimento ya es endémica, la mortalidad infantil está en caída libre, y fantasmas de enfermedades que debieron ser erradicadas hace tiempo (como la malaria) están reviviendo entre las cenizas.

Un país petrolero al borde del default, plagado por hiperinflación. Un discurso en pos del socialismo, supuestamente fundamentado en el bienestar generalizado de la población, en un país donde los elementos básicos de supervivencia son como meteoritos: raros, escasos, y fugaces. Una realidad inundada en perversas contradicciones, al mando de un líder que persigue opositores y encabeza un país muerto de hambre, que habla en contra de una Rusia zarista.

Como chicos intentando encajar un cuadrado en la forma de un círculo, el discurso fosilizado de la revolución se amasa, se corta en los bordes, y se encastra en el molde deseado.

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