En una democracia, el futuro no está escrito, porque solo el pueblo puede escribirlo.

La democracia reside en la incertidumbre de la competencia. Allí es donde Adam Przeworski, uno de nuestros autores designados en el cuatrimestre, encuentra la clave democrática: siempre tiene que existir en los competidores, aunque sea en una medida ínfima, un potencial lugar a dudas sobre su victoria futura. En las elecciones presidenciales de Kenia, sin embargo, la incertidumbre fue un factor poco presente, al consagrarse la victoria de Uhuru Kenyatta…dos veces en dos meses.

Pero antes, retrocedamos. El 8 de agosto, el 80% de la población keniana se movilizó a las urnas, para elegir a su nuevo presidente. Por más de que entre las boletas figuraban más caras, la verdadera carrera electoral era entre dos, altamente empatada, y con resultados fuertemente inciertos: Kenyatta Uhuru, el presidente desde 2013, y Raila Odinga, el líder de la oposición. Tras la victoria de Uhuru con el 54% de los votos, la Corte Suprema anuló la votación, una decisión sin precedentes en el continente, afirmando que había habido irregularidades y episodios de fraude en el proceso electoral. Por primera vez, el sistema judicial parecía tener mayor autonomía e independencia, ejerciendo su función de freno y contrapeso para con el Ejecutivo -medida que fue recibida con respuestas poco carismáticas por parte de Uhuru, y que tuvo el apoyo de Odinga.

Pero éste fue tan solo el primer golpe de una larga batalla. El partido oficialista logró pasar por el Congreso reformas al código electoral que levantaban la vara de evidencia necesaria para cuestionar una elección, dificultando muchísimo su denuncia. Sin embargo, la Corte no le otorgó responsabilidad del cancelo del resultado ni a la campaña ni al partido del candidato oficialista. Se aplazaron las reelecciones presidenciales para octubre.

Esta medida fue fuertemente repudiada por Odinga, que afirmó que las demandas de transparencia hechas desde la oposición a la Comisión Electoral no fueron cumplidas, llevando a que se retire de la carrera por la carencia de garantías democráticas en el proceso de votación. Esto vino acompañado de una campaña de boicot activa, donde el opositor llamó a sus votantes a no presentarse a las mesas para votar.

Menos del 39% fue la asistencia electoral en las elecciones del 26 de octubre. Con el 98% de los votos, Uhuru fue proclamado victorioso, en medio de un tumultuoso mar de protestas y detenciones de opositores, enfrentamientos con la policía que cobraron cuatro vidas, y una fuerte polarización política.

Hay detalles no menores que complementan la imagen de la historia electoral keniana. Diez días antes de la primera ronda, Christopher Msando, la cabeza del área de comunicaciones y tecnología de la Comisión Electoral Independiente, fue encontrado muerto con marcas de tortura -vale acotar que Msando tuvo un rol central en la tecnología del nuevo sistema de votación, usado en estas elecciones. Aunque aún no se ha encontrado al culpable, el episodio ciertamente levanta demasiadas banderas rojas.

Si el pasado es indicador del futuro, a Kenia le esperan semanas potencialmente muy peligrosas. En 2007, tras una elección presidencial donde Odinga pareció ser robado de la victoria, el país estalló instantáneamente en protestas sociales letales.

10 años después, nos encontramos en un escenario peligrosamente similar. La paulatina falta de incertidumbre socava el principio democrático de Kenia – y Przeworski, y el mundo, observan preocupados.

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