Con la reforma tributaria a la orden del día, los legisladores deben tener en cuenta la distribución, pero recuerden que algunas buenas políticas aumentan la desigualdad.

Los economistas tienen dos impulsos contradictorios al analizar la política. El primero, es ignorar sus efectos en la distribución de los ingresos o la riqueza, y argumentar que los responsables de las políticas deberían buscar la eficiencia y preocuparse por la redistribución más adelante. Este instinto a menudo surge en la discusión de políticas como los impuestos al combustible. Estos aumentan la eficiencia al elevar el precio de la contaminación, una actividad dañina que, sin intervención, resulta demasiado barata para el que contamina (recordar el concepto de externalidad negativa y su corrección a través del impuesto “pigouviano”). Pero los impuestos al combustible tienden a afectar a las personas más pobres, que gastan una mayor fracción de sus ingresos en combustible. Deberíamos introducir el impuesto de todos modos, dicen los economistas, y redistribuirlo por otros medios.

Este primer impulso se basa libremente en los “teoremas fundamentales del bienestar”, que dicen que sea cual sea la distribución inicial de la riqueza, el comercio conducirá a un resultado eficiente. La mejor forma de redistribuir no es interferir con el comercio, sino dividir las “dotaciones” (para entender el concepto de dotación, ver la columna sobre su padre, Richard Thaler), la riqueza inicial de los pueblos. Desde este punto de vista, la desigualdad se puede tratar de forma aislada, después de descubrir la mejor forma de lubricar los mercados.

El segundo, el impulso opuesto, es examinar las consecuencias distributivas de cada política en forma aislada.  Como resultado, pocos análisis de políticas omiten mencionar los “beneficios de distribución” o los “costos de distribución” de lo que se propone.

A los economistas les encanta señalar que los salarios mínimos más altos no benefician más a los hogares más pobres, porque se relacionan con el pago por hora en lugar del ingreso general del hogar. Dichas políticas son, dicen los economistas, “mal dirigidas”.

¿Qué impulso es preferible? El primero parece ser erróneo, porque en realidad no es posible redistribuir el resultado propio de las transacciones entre las personas. La desigualdad a menudo resulta del comercio a lo largo del tiempo (algunas personas obtienen buenos resultados en el mercado, otras no tan buenos). El segundo instinto, sin embargo, no parece mucho mejor. Parece extraño redistribuir dentro de un grupo específico en lugar de toda la sociedad de manera más amplia.

La formulación de políticas debe ser holística, las propuestas no pueden ser juzgadas completamente de manera aislada. A veces, las políticas regresivas y los beneficios universales son bienvenidos, incluso si no es una distribución desigual del ingreso. Al mismo tiempo, no es realista esperar que toda la redistribución correctiva ocurra a través de un canal idealizado, porque concentrar la potencia de fuego redistributiva en un área puede causar daños colaterales a los incentivos.

Foto de portada: ..