El eterno Fa, dominado por las cuerdas, resuena en un perfecto unísono como presagio de una noche mágica. El maestro levanta la batuta. En esas milésimas que pasan entre que ésta llega a su altura máxima y baja ferozmente, el tiempo se detiene y las respiraciones del público se unen y se suspenden, esperando maravillarse: están a merced del director. Él tiene el poder, él tiene la batuta y será el encargado de marcar el ritmo y las pulsaciones de las dos mil cuatrocientas ochenta y siete almas que fueron a emocionarse al Teatro Colón. Por una noche, todos tienen un marcapasos.

Debe haber pocas cosas tan bellas en este país como ver a nuestro coliseo repleto de gente expectante para sorprenderse. El viernes seis de octubre fue de esas noches que quedarán talladas en la memoria y en los corazones del público y artistas que tuvieron la suerte de estar ahí

La cartelera nos daba un adelanto de lo especial que podría ser la noche. Marianela Nuñez se presentaba en “La Bella Durmiente del Bosque”, en uno de los papeles más representativos e históricos de la historia del ballet: Aurora.

En el teatro se respiraba expectativa.

Lo hermoso de ver una obra en el Colón es que la experiencia empieza apenas uno llega a Cerrito y Tucumán. El imponente edificio con su iluminación precisa y elegante te provoca el primer suspiro de admiración. Pero desde el momento en que entras, no solo te quita la respiración, sino que te impulsa a sacar la primera foto de las varias postales que van a quedar guardadas en el celular. La belleza con la que uno se encuentra al entrar no tiene nada que envidiarle a museos y teatros internacionales. Belleza pura.

La gran diferencia entre conocerlo en una visita guiada y conocerlo en un espectáculo, es que la gente ofrece el decorado para el cual el edificio está hecho. La diversa etiqueta con la cual las personas llegan vestidas refleja lo que el Colón significa para cada uno y embellece la imagen. Hace tangible al teatro y, sobre todo, le da personalidad y sentido de pertenencia. Esa que nos sobra cuando juega la selección y la que, de vez en cuando, escasea cuando una bailarina de la talla de Marianela Nuñez (que nada tiene que envidiarle a Messi) llega a Buenos Aires para deleitarnos con su arte.

La sala estaba repleta y el murmullo de la gente llenaba el espacio hasta la cúpula. Los comentarios se hacían mirando el teatro, acompañados con gestos de incredulidad, de no poder creer dónde estaban y lo que estaban por ver. No pocos comentarios se llevaban Mirtha Legrand y Paloma Herrera, sentadas en palcos contiguos.

Este ciclo de “La Bella Durmiente del Bosque”, no solo especial por la estelar presencia de Marianela, sino porque la muñeca de Paloma Herrera (no sus pies), se vería por primera vez arriba del escenario. En este ciclo aparecía, por vez primera en el programa, como directora del ballet estable del teatro Colón. Después de haberla visto retirarse con Giselle hace un par de años (casi sin dejarnos observar al cuerpo de baile con su obnubilada presencia) verla sentada en el palco sabiendo que, implícitamente, estará en el escenario, me hace pensar que, como ex bailarina, ese es su lugar indicado.

Aparece el Fa. Silencio. Los primeros compases de la música de Tchaikovsky alcanzan para reflejar la precisión de la orquesta, que se mantendría durante las casi tres horas de ballet.

El prólogo y el primer acto fueron impecables. Desde Nadia Muzyka como Carabosse, de muy buena interpretación pero por momentos excesiva, y el Hada Lila interpretada por Ludmila Galaverna como protagonistas, hasta la aparición de Aurora. Sin embargo, hasta ese momento, el asombro se lo llevó el cuerpo de baile. Un radical cambio con respecto a la despedida de Paloma (mi última experiencia “colonística”). En este inicio muy participativo que tienen en el ballet, estuvieron más que a la altura de la circunstancias.

La maldición sobre la recién nacida Aurora ya había caído y el hada Lila había podido modificarla para que el pinchazo del huso no la llevara directamente a la muerte, sino a un sueño infinito que solo podía ser interrumpido por el beso de un enamorado.

Una fiesta se estaba preparando para que Aurora, ya con 16 años, buscara a su príncipe. El momento que la gente estaba esperando. De repente, y con la picardía que la caracteriza en el escenario, Marianela apareció arriba de la escalinata. Extremadamente bella, extremadamente juvenil y fresca.

Lo que llegaría después sería para deleite puro del público. El “Adagio de la Rosa” es conocido por ser una de las variaciones más complejas del mundo del ballet y Marianela la ejecutó con una precisión inglesa. A pesar del asombro técnico que genera para los más entendidos la variación, lo que sorprende es su interpretación, sus gestos y brazos. La perfección técnica que posee le permite interpretar de una manera tan bella y pura que hace que todo parezca sin esfuerzo y natural.

Esos compases espectaculares de Tchaikovsky, Marianela Núñez los ilumina. Irradia una belleza clásica que se refracta en todos los laminados de oro de la sala principal del Teatro Colón. Compases de luz.

El teatro vuelve a sostener la respiración cuando Aurora se queda en equilibrio en una de sus puntas de pie pasando de un príncipe a otro sin apoyo, como solo ella sabe hacerlo. Por suerte, el director viene al recate y reactiva las pulsaciones del público con la música, como una bofetada, para sacarnos del asombro y poder disfrutar del final del primer acto.

“La Bella Durmiente del Bosque” fue escrita entre 1888 y 1890, años en los cuales el Teatro Colón cerraba sus puertas para la construcción de la sala que hoy conocemos. Los grandes salones y amplios pasillos que rodean la sala principal tienen una clara razón. Diseñado para largas óperas, el teatro también está pensado para los largos intervalos que éstas tienen. Se trataban de los momentos más esperados para hacer negocios, política y socializar. Si bien hoy, claramente, no es el objetivo, sigue vigente el espíritu de compartir arte no solo con los artistas y el público, sino entre el público mismo también, algo que se percibió a la perfección ese viernes.

Luego del pinchazo, y de que el Hada Lila durmiera a todo el reino hasta que Aurora despertara, apareció el príncipe, papel desempeñado con hidalguía por Federico Fernández. En este acto,  el cuerpo de baile logró uno de los momentos más conmovedores y un monólogo de perfección. Se agregaron, además, efectos especiales muy bien utilizados, como un velo que separaba al público del escenario y que provocaba que todo pareciera en otra dimensión.

El tercer acto fue una conjunción perfecta de lo que se vio en los primeros dos. La perfecta masividad del elenco, sumado a la gran actuación de los solistas, fue liderada por la soberbia técnica, dulzura e interpretación de Marianela Nuñez.

El maestro trazó una línea imaginaria en el aire con la batuta, marcando el final del último compás. El público volvió a latir sin marcapasos, esperando volver a iluminarse con los compases de una banda precisa, un cuerpo de baile brillante y una Marianela Nuñez perfecta.

El arte, en todos sus tipos de expresiones, es un regalo a la mente. Es un gatillo de imaginación y también de emociones y educación. Tenemos artistas de primer nivel, tanto en el ámbito nacional como representantes a nivel internacional, y es deber, tanto de ellos, los artistas, productores, como del público, achicar la distancia que existe entre que se llenen los teatros siempre o solo un par de veces al año. Si bien Marianela y el ballet estable llenaron el Colón, tenemos que apuntar a que se llenen todos los teatros del país. Pero no solo con público, sino también con ofertas superadoras, creativas e inteligentes que colmen de compases de luz nuestras mentes, como “La Bella Durmiente del Bosque”.

Foto de portada: Roger Schultz. .