No voté, ni sé a quién hubiera votado.

Siempre me fascinó la época de campaña y elecciones: el fenómeno de comunicación, la publicidad, los discursos, la pasión, el intenso debate que están teniendo en la mesa de al lado en un café. Incluso el acto de fiscalizar se convirtió en una tradición, aun sin estar convencida de mi simpatía por ese partido.

Este año me tocó mirarla de lejos.

Ya me decepcioné de mi misma cuando a principio de año me encontré pensando “que paz que no estoy para las elecciones”, sentimiento que se intensificó día a día al acercarse estas. Sin embargo, no pude desprenderme, y seguí todo el proceso virtualmente como era de esperar.

Decidí objetivizarme. Cada vez que abrí La Nación abrí Pagina 12 al lado, y entré por igual a los links de El Destape como a una entrevista de La cornisa que aparecieron en mi inicio de Facebook. Jugué a ser ese narrador omnisciente que todo lo ve pero en nada interviene. De hecho, esta es la primera opinión que hago pública al respecto.

Pero principalmente me concentré en las redes, en las que, afortunadamente, desde el secundario tengo gente de todo tipo de ideologías. Fue mi única forma de saber que andaba pasando por la cabeza de mi sociedad, que pensaba mi gente.

¿Qué encontré? Odio, odio y más odio.

No es nada que no se haya dicho antes, no es nada que no supiera, ni tengo nada nuevo para decir. Pero es porque no existen palabras para describir la sensación de tristeza que me invade el cuerpo más que nunca cada vez que entro a twitter.

“El país se está yendo a la mierda” me contestó un muy querido amigo el 4 de septiembre cuando le pregunté cómo andaba todo por allá. Nunca mejor definido. No sé si es la distancia, no sé si es que es cada vez peor. Lo que si se es que es aire de intolerancia. Ya no es solo el fanatismo lo que me indigna, ni son los posteos cortos de argumentos, son los insultos y la incomprensión.

Todos hablan de vergüenza. “Qué vergüenza me da que tantas personas hayan votado a tal o a cuál partido”. Vergüenza es no entender que la política existe porque existe el conflicto, las diferencias y los contrargumentos.

Fijémonos que estamos en un país en el que ningún caso parece estar nunca cerrado, en el que nos encanta creer en las conspiraciones, que todo es un plan de la contra, y en el que sabemos que siempre hay algo que no sabemos. No se puede acusar a alguien por pensar en lo que pensamos impensable.

No sos peor por no creer en la implicancia del gobierno en el caso Maldonado, o por creerlo. No sos ciego por no ver que Cristina se robó medio país. Así como a vos no te alcanzan las pruebas para creer una, a otro no le alcanzan para la otra. La verdad absoluta no existe, y Argentina, así como está, está lejos de poder establecer cualquier tipo de verdad común. Porque por oponernos nos volvemos inmutables, nos cerramos, y el debate se convierte en una guerra sin fin, en la que cada uno cree lo que elige creer y encuentra manera de aferrarse a ello a pesar de todo. Y si queres pensar que el otro es un pelotudo pensalo, pero antes de salir a atacar tratá de entender que detrás de todo está esta sociedad que a veces lleva a tener que pararse inquebrantablemente de un lado.

Siempre desde el respeto opiná, expresá, debatí, reflexioná, criticá y admití si te equivocaste.

Que no sos un hijo de puta si votaste a Cristina.

Que no sos un hijo de puta si bancas al gobierno.

Foto de portada: #.