Si bien estamos familiarizadxs con los conceptos de “división social del trabajo” y “división internacional del trabajo”, pocas veces nos topamos con la concepción de “división sexual del trabajo”, quizá porque es algo que tenemos tan interiorizado que no parece llamar la atención: desde el principio de los tiempos, se asignaron y asignan tareas y actividades diferentes a hombres y mujeres únicamente por su sexo biológico. En los comienzos de la humanidad, los varones se dedicaban a la caza y las mujeres a la recolección. Con el paso del tiempo, los hombres fueron adoptando cada vez más actividades productivas mientras las mujeres pasaron a trabajar en tareas domésticas, no remuneradas, como única ocupación. Desde el siglo pasado hasta hoy en día, las mujeres volvimos a tener lugar en las tareas productivas y remuneradas, pero sigue habiendo espacios predominantemente masculinos (como la construcción) y espacios predominantemente femeninos (como el trabajo doméstico remunerado).

El mayor problema, sin embargo, es que la división sexual sigue manifestándose de manera muy fuerte en los hogares. Los quehaceres típicos del hogar no son considerados un trabajo; son tareas que se suelen relacionar más con necesidades familiares (o incluso con una “muestra de amor” de la madre al resto de la familia) que con un trabajo real, si bien por las mismas tareas muchas familias recurren a una persona externa a quien le pagan una remuneración. Así, las mujeres terminan teniendo una triple jornada laboral: la productiva (su trabajo fuera de casa), la reproductiva y la comunitaria. Una mujer ocupada full-time dedica más tiempo al trabajo doméstico (5,5 horas) que un hombre desempleado (4,1 horas). Es por ello que muchas mujeres deciden trabajar en jornadas reducidas (y por ello la contratación part-time de mujeres es mayor que la de hombres, en algún punto), ya que encuentran muy difícil afrontar por sí solas el cuidado del hogar y la familia trabajando jornadas completas.

Es claro que concebimos las tareas de cuidado y limpieza como exclusivamente femeninas. Desde chicas, nos regalan cocinitas, escobas y muñecos de bebes para que nos vayamos interiorizando en esa dinámica social. La disparidad de las licencias por maternidad y paternidad son, además, un punto clave del debate. La reglamentación no permite que los hombres participen de la crianza de sus hijxs y deja a las mujeres, en gran medida, solas, sin el sostén de su pareja para afrontar los primeros días de vida de su bebé. Esto crea dinámicas que se van reproduciendo a lo largo de la vida familiar, y allí donde la mujer decide imponer su vida profesional, se genera la “crisis de cuidado”: el hogar se desorganiza, y el trabajo suele recaer en otras mujeres, más vulnerables.

Es fundamental, entonces, que como sociedad concibamos al trabajo doméstico no remunerado como tal, como un trabajo, que merece la misma paridad que cualquier otra actividad económica; y el cuidado del hogar y la familia como una tarea compartida de la pareja, independientemente del género de cada uno.

 

Foto de portada: ..