¿Qué decirles además de “magia”?

Porque es la palabra que describe perfectamente a la capital escocesa. Es una ciudad que parece sacada de un cuento de hadas, o más bien, de brujas, en la que a cada paso que das te sentís en una película de Harry Potter.

Mi experiencia en la ciudad comenzó para atrás: llegué a las 3am (fue complicado llegar a la ciudad desde el aeropuerto) y el colectivo me dejó a 12 cuadras del hotel. Aclaremos, Edimburgo es una ciudad oscurísima y Google Maps me llevaba por callejones y escaleras. Not nice.

Al otro día (pleno agosto), me desperté con 10 grados y lluvia, cansada y con ganas de hacer nada. Me repetía a mi misma, “quien me mandó a parar a Escocia”.

Todo cambió cuando subí al Calton Hill, el lugar con las mejores vistas de la ciudad. Fue en ese momento que mi cabeza cambió a: “Chabón, mira dónde estoy”.

(Foto 1)

Lo más lindo de Edimburgo es simplemente caminar. De día, de noche, con lluvia o con sol. Por eso, lógicamente, recomiendo ir en verano (que igual hace frío, o sea, imaginen lo que es en invierno). Además, todos los años se lleva a cabo en agosto uno de los festivales de arte más importantes del mundo, el cual te brinda actividades a toda hora, gratuitas y pagas, y hace que la ciudad esté cargada de vida (y de borrachos) 24/7.

Qué no dejar de ver: la ciudad vieja es excepcional, pero la ciudad nueva merece una visita rápida al menos. Su arquitectura es muy londinense pero con paisajes alucinantes.

Quédense un día más para conocer la Escocia real, es indispensable hacer un tour a las Highlands y los lagos, que te lleva por pueblitos pequeños muy típicos. Nada tiene desperdicio. Hay mucha variedad, algunas que llegan hasta el Lago Ness y que incluyen más castillos o destilerías de whisky.

Vista desde Calton Hill

 

Foto de portada: ..