Desde muy chicas, a las mujeres nos enseñan que tenemos que “sentarnos como nenas”, de piernas cruzadas (¡ni hablar si usamos pollera!) y bien erguidas (¡sino vas a terminar jorobada como una vieja!). Además, si sos mujer y alguna vez viajaste sentada en el transporte público al lado de un hombre, muy probablemente sufriste esto: mientras él estaba muy cómodo con sus piernas abiertas mirando el celular, ocupando casi la mitad de tu asiento, vos estabas arrinconada juntando lo más posible las piernas para no caerte ni perder todo lo que llevabas encima. Tal vez alguna valiente le pidió al buen hombre que mantuviera su espacio; pero si no, como con tantas otras cosas, seguramente te quedaste ahí, incómoda, sin decir nada. Esto se conoce hoy como manspreading: alude a la manera de sentarse de algunos hombres, en especial en el transporte público, con las piernas abiertas, invadiendo el espacio de los asientos adyacentes. Alrededor del mundo se lanzaron campañas de sensibilización sobre esta actitud que, si bien parece mínima, encierra sexismo en ella.

¿A qué mujer no le pasó que un hombre le explicara algo como si fuera una nena, tratándola como menos porque “él es el que sabe”? Les voy a contar una historia: durante una fiesta, un hombre interrumpió a la escritora estadounidense Rebecca Solnit para desacreditar sus comentarios y hablarle de un libro “verdaderamente importante” sobre ese mismo asunto, sin siquiera haberlo leído, y sin saber que era uno de los libros que ella había escrito y sobre el que estaba hablando. A partir del ensayo que escribió Solnit indignada sobre esta situación, esta conducta fue denominada “mansplaining”: cuando un hombre (que sabe poco sobre un tema) asume que la mujer con la que está hablando (que es experta en el tema) sabe menos que él y la corrige y le explica. Esto sucede porque a las mujeres, comúnmente, no se nos asocia con la credibilidad, mientras que la opinión o el argumento de un hombre suele ser mejor considerado que el de una mujer, independientemente de sus conocimientos. Algunos estudios muestran que, incluso, los hombres hablan más en las reuniones de trabajo y se les asigna más tiempo para que se explayen que a las mujeres. Esto va de la mano con la creencia de que las mujeres somos intelectualmente inferiores a los hombres y por eso hay ciertos campos del conocimiento, sobre todo relacionados a las ciencias “duras”, la ingeniería y la tecnología, que son comúnmente considerados “para varones”.

La forma en que nos criamos, hombres y mujeres, nos llena de concepciones y prejuicios sexistas que cuesta, muchas veces, sacar de adentro. La lucha contra el machismo en unx mismx es de todos los días. Por eso, les pido algo a todos los varones que lean esto: sea abrir las piernas sin tener en cuenta a quién esté sentadx al lado suyo en el bondi o tratar condescendientemente a una mujer cuando le explican algo, basta chicos.

 

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