“¡Mamá, mamá, viene el lobo!”

Desde chicos, cuentos de este estilo nos enseñaron a no dañar nuestra credibilidad. A no hacer afirmaciones que luego no podremos sostener como verdaderas. Reemplazando a “Mamá” por Kim Jong Un, y “lobo” por “intervención militar”, de repente el cuento nos empieza a sonar.

Hoy, el juego de tire y afloje entre Corea del Norte y esencialmente todo el resto del mundo llegó a un nuevo nivel en la escalada de tensión. Una acción vale más que mil palabras, y con el lanzamiento de una bomba de hidrógeno en su territorio, que produjo un temblor de 6,2 que se sintió hasta en Japón y Rusia, Kim Jong Un habló alto y claro, especialmente para Trump, que escuchó su grito de guerra.

Durante los últimos años, la dictadura del norte fue avanzando su programa nuclear, buscando su consolidación como potencia nuclear, bajo el argumento que éste es lo único que disuade al mundo exterior de destruirlo. Frente a este incremento de su poderío, la principal respuesta fue dada por Estados Unidos, que afirmó una y otra vez que Corea del Norte no dé ningún paso más hacia adelante, porque habría retaliaciones.

Una tras otra, se le fueron imponiendo sanciones económicas desde la comunidad internacional, tanto desde el Consejo de Seguridad de la ONU como desde la Unión Europea. Hasta ahora, las consecuencias militares desde Estados Unidos no llegaron, aunque aseguraron frente al Consejo de Seguridad reunido el lunes que “su paciencia no es ilimitada”. Hasta ahora, las exportaciones se vieron prohibidas, y las inversiones limitadas.

Putin, el presidente de Rusia, frente a los testimonios de Trump de endurecer las sanciones económicas, dio una respuesta que pareciera ser bastante acertada, y bastante atemorizante: “las sanciones son inútiles (…) preferirían comer pasto a que relegar su programa nuclear”.
¿Cuál es la respuesta hoy?

La situación de Corea del Norte es una que cambia minuto a minuto, donde en un par de horas, el panorama
entero puede rotar en 180°.

Hoy por hoy, el actor económico clave es China. Su influencia casi monopólica sobre la economía norcoreana
le da un gran punto a favor: es a donde se destina la gran mayoría de sus exportaciones, y de donde proviene el 90% de su ayuda económica.

Pero este no se puede considerar tan libremente como la solución. Más allá de sus recurrentes declaraciones de que no quiere una guerra en la península (una guerra en Corea del Norte provocaría un influjo masivo de refugiados a sus costas), China es el único país legalmente atado con el régimen de Jong un mediante un acuerdo firmado en 1961.

Acorde al mismo, en caso de un ataque unilateral a una de las partes, la otra le debe brindar asistencia militar inmediatamente. Además de eso, la victoria de Estados Unidos en el territorio significaría la potencial unificación de las dos Coreas, bajo un régimen alineado a Occidente, algo que para la república china no sería algo a lo que aspirar.

¿Entonces? A esperar por lo mejor: una salida diplomática. Por más que el panorama cada vez parezca más
gris, hay una clara tendencia de la mayoría de los países involucrados de querer resolver esto sin enfrentarse. La esperanza es lo último que se pierde.

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