“La mujer japonesa es considerada un ser de segunda clase,  tiene más bien nulas posibilidades de ascender y nace cargada de obligaciones. El hombre, la empresa y la sociedad, en general, se pasean sobre ella fácilmente” (Nothomb, Amélie).Si bien en los ‘90 aumentó la inclusión laboral de las mujeres en Japón, las desigualdades de género siguen siendo sangrantes.

El complejo de inferioridad instaurado en el seno de la comunidad femenina en Japón inicia en 1716 con el Onna-Daigaku (Manual de la mujer), un código de conducta para el diseño de la “mujer perfecta”. Basado en el confucianismo y la fidelidad jerarquizada, establecía tres caminos de obediencia ciega de la mujer: al padre, a su marido, y a sus hijos cuando fuera viuda. Justificaba la expulsión de la esposa del seno familiar por razones
como desobedecer a los suegros o padecer una enfermedad incurable. El código marcó significativamente la vida de las mujeres hasta el siglo XX.

En 1970 con el boom económico, las japonesas
comenzaron a protagonizar el desarrollo del país. Se produjo una entrada masiva de mujeres en el mercado laboral –aunque en su mayoría a tiempo parcial–y también se les reconoció una i
mportante capacidad de consumo: como dirigentes de hogar y como trabajadoras.

Con la crisis por el pinchazo de la burbuja inmobiliaria en los ’90, las mujeres dieron otro paso al frente. Como fuerza laboral, eran mucho más flexibles dado el historial de trabajos temporales. Además, el frecuente acoso sexual había convertido el cambio de empleo en una costumbre. Hoy, con grandes esfuerzos, las japonesas van ganando su autoestima y forjando su independencia. Indicios de ello son el retraso en la edad de matrimonio, el descenso en la natalidad, y el aumento de matrimonio con extranjeros.

Sin embargo, a la ley le queda un largo camino por recorrer: si bien la Constitución de 1946 reconoció la igualdad de todos los ciudadanos, en la práctica,  ni la Ley de Igualdad de Oportunidades ni la de Baja de Maternidad incluyen una penalización para las empresas por incumplimiento. De allí, el acoso sexual en el trabajo es habitual para ellas que se frenan ante la posibilidad de denunciarlo ya que su cultura exige a la mujer discreción ante todo.

En el siglo XXI, el empoderamiento de la mujer japoesa es más bien un mito: aumentando en leyes progresistas e inserción laboral, pero negligente en equidad de género. Los salarios de las mujeres representan la mitad del de los hombres, 71% de los japoneses piensa que el hombre recibe mejor trato social, político, familiar y legal. En las primeras elecciones generales del siglo solo 34 de los 480 diputados fueron mujeres.Los papeles tradicionales de género siguen pesando: la baja en la natalidad y la falta de personal como niñeras, obliga a las mujeres a seguir desempeñando el rol de ama de casa; la lucha de sumos no permite mujeres en el círculo sagrado (circulo que representa el espacio de lucha en la tarima del deporte de sumos).

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