La noche platense estaba fría, mojando a todos con esa lluvia finita que tanto nos molesta. Parecía como si Ed Sheeran, por quien el Estadio Único vibró casi dos horas, había pedido por favor que le diesen ese clima para sentirse en su Suffolk natal. Y la verdad es que, al menos por un rato, Sheeran sí se sintió en casa.

A diferencia de lo que muchos pensarían, el público fue de lo más variado. Entre las 40 mil personas que presenciaron el segundo show del inglés en Argentina (luego de su debut en el Luna Park, en abril del 2015), había chicas, chicos, adolescentes, y muchos que ya no lo son tanto. Las plateas estaban colmadas: no entraba un alfiler.

El campo se llenó de colores, provenientes de los pilotos y los paraguas con los que la gente le quiso ganar la batalla a la lluvia. Porque los recitales con lluvia, todos sabemos, tienen ese nosequé maravilloso que nadie puede explicar.

El inicio del recital, puntualísimo como se espera de cualquier artista inglés, estaba más que cantado: apenas sonaron los acordes de “Castle on the Hill” – el primer single de su último disco, ÷ – la platea se levantó automáticamente, y aquellos que estratégicamente se sentaron en la cabecera para cubrirse del agua salieron disparados al campo. Fue un excelente comienzo, explosivo, que inauguró un show impresionante.

Con el pelo colorado al viento y cara de tímido adolescente, Sheeran tuvo un solo pedido para su público: “Lo único que espero hoy es que ustedes canten todos los temas conmigo. Esto va a estar bueno”. Y claro que lo estuvo. El setlist incluyó, por supuesto, una gran mayoría de temas de su último disco. Intercaló el rap de “Eraser”, con el folk de “Nancy Mulligan”, con las baladas como “Dive” y “Perfect” que hicieron lagrimear a todos. Pero no faltaron sus ahora clásicos, como “The A Team”, “Sing” y “Don’t”, esta última exquisitamente fusionada con “New Man”.

Los fans argentinos siempre prometen, y esta vez no podía ser distinto. Sheeran no sólo nos otorgó el premio al “público más ruidoso del mundo” (superando a grandes ciudades europeas como Dublin), sino que se emocionó cuando, sin pedirlo, la audiencia encendió el Estadio Único durante “Happier”, usando los flashes y las linternas de sus celulares. “Eso fue muy hermoso, gracias”, dijo asombrado. A modo de agradecimiento, tal vez, les dio una retribución aún mejor: tocó, por primera vez en la gira y después de dos años, “Give Me Love”, canción de su primer álbum, + . “Hace mucho no toco esta canción, espero acordármela”, anticipó ante el pedido del público, que luego estalló en exaltación.

Es impresionante la soltura con la que Sheeran se maneja en el escenario, a pesar de estar solo, con su guitarra y los pedales que le permiten reproducir sonidos pregrabados, sin recurrir a coristas o una banda de músicos para asistirlo. En lugar de eso, recurrió al mejor coro del mundo: sus fans, a los que dirigió cual director de orquesta para que acompañaran armónicamente su voz. A pesar de que cambió constantemente de guitarra, mostró que construye una relación simbiótica con cada una de ellas, y no dejó pasar la oportunidad de deleitar con sus habilidades – y locuras – con las seis cuerdas. Se tomó incluso el atrevimiento de hacer un cover de la siempre exquisita “Feeling Good” de Nina Simone, que no decepcionó en absoluto.

La fama mundial no parece poder despegarlo de su estilo de cantautor, más parecido al de un pequeño bar en Palermo que al de un estadio que puede albergar casi 55 mil personas. “Vengo de un pueblo ganadero muy chiquito en Inglaterra y para mí, triunfar en mí país ya era un sueño casi imposible. Poder venir a Argentina y que tanta gente venga a mi show, es increíble”, reconoció al comenzar el recital.

El final estuvo casi tan cantado como el principio. Usó, como tantos otros, la gran táctica para comprarse al público argentino: salir a escena con su camiseta personalizada de la selección nacional bien puesta. Con la celeste y blanca hizo bailar a todos con “Shape of You”, y asombró a más de uno con su tremenda capacidad para el rap de la fantástica “You Need Me, I Don’t Need You”, que para la alegría de muchos, parecía no terminar nunca.

Finalmente terminó: La Plata ya no parecía Londres, el campo volvió a ser predominantemente blanco, y el Estadio Único se puso en mute. Pero en todas las salidas se escuchaba la misma frase: “No puedo creer lo que acabo de ver, ¡qué tremendo show!”. Parece que una vez más, el colorado bajito, con cara de adolescente e inglés hasta la médula, logró conquistar al público argentino.

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