Una estuvo dos años presa por abortar, sin saber que estaba embarazada. Otra sigue presa por matar a un hombre, aunque lo hizo para defenderse de una patota que la quería violar para “corregir su lesbianismo”. Pero de ellas nadie habla. Son víctimas de la violencia de género, de un sistema judicial fallido, de una sociedad que no aprende. Pero de ellas nadie habla.

Pareciese que para que un caso de violencia de género merezca circular en los medios, tenemos que estar desaparecidas o muertas. Que el marido le pega, que la ex pareja la mató, que salió a bailar y no volvió. De esas cosas sí se habla. Cuando la violencia la ejerce la policía, la justicia o la sociedad misma, ¿qué más da? Cuando una piba desaparece, cuando a una mujer la matan, exprimen la noticia hasta que se agota, o, peor, hasta que conseguimos una historia peor, más morbosa, más cruel. Pasamos de femicidio en femicidio, de desaparición en desaparición, de violación en violación. Mientras tanto, de ellas nadie habla. Yo no veo que aparezcan por día miles de titulares contando por qué están presas, quiénes las metieron presas, qué injusticias están viviendo. Las mencionan un día, así, al pasar. Simplemente, de ellas nadie habla.

De Eva Analía de Jesús, conocida por su gente como Higui, nadie habla. No sé si es porque es pobre, porque es lesbiana, porque ya no es adolescente… Pero hay algo que sé con certeza: Higui es tan víctima de nuestro sistema judicial como Micaela. Por eso hoy su caso resurgió en ese pequeño grupo que lucha por darle visibilidad a los casos de quienes quedan en la oscuridad.

Higui vivía en Barrufaldi, un barrio humilde en el partido de San Miguel. Vivía ahí porque tuvo que mudarse de su anterior barrio, Lomas de Mariló, donde la hostigaban por ser lesbiana. Tanto que la agredieron hasta internarla y le prendieron fuego a la casilla donde vivía con su familia. Fue en Mariló, donde viven su hermana y una amiga a la que quería saludar por el Día de la Madre, donde se cruzó con esa patota que la atacaba quince años atrás. Ahí estaba el mismo tipo de siempre. Ella llevaba siempre encima un cuchillo para defenderse si el acoso volvía a irse de las manos. Después de que la rodearan, la patearan en el piso, le rompieran el pantalón y el bóxer, ya sin saber qué hacía, usó el cuchillo y mató a ese mismo tipo de siempre. La policía ni se percató de sus golpes, ni de su ropa rota, ni de los hombres que la rodeaban. Sólo vio un cuchillo y un tipo muerto tirado en el piso. ¿Defensa propia? ¿Qué es eso? A detener a la bestia esta. Y que se defienda como pueda, porque ni plata para un abogado debe tener.

Higui está imputada por homicidio simple y con prisión preventiva desde el 17 de octubre del año pasado. La ropa que le rompieron, que tiene rastros de ADN de sus agresores, está perdida. Los testigos del hecho son los mismos que la patearon hasta casi deformarle la cara. Ellos declararon que Higui se le fue encima al tipo y lo mató porque sí, que sus golpes en el rostro se explican porque el tipo, todavía vivo, le pegó una trompada. Ella declaró que la quisieron violar entre muchos, que la hostigaron por lesbiana. Pero eso parece no importar. Porque parece que se lo merecía. Porque algo debe haber hecho para terminar así.

A Micaela la mataron porque un juez a quien no puedo describir con palabras acordes al registro de esta nota decidió que era una gran idea liberar a un abusador. Higui sigue presa porque parece que la legítima defensa no es válida cuando una es mujer, y menos aún cuando es lesbiana o pobre. Higui sigue presa por las irregularidades que inundan nuestro sistema. Pero de ella nadie habla.

De Belén (de quien no se conoce su verdadero nombre) se habló, pero poco y nada. Pudo disfrutar del fin de semana largo con sus seres queridos otra vez, después de dos años presa. En 2014, fue condenada a ocho años de prisión por haber tenido un aborto espontáneo. El 27 de marzo pasado año fue liberada y absuelta por irregularidades en su detención. De su caso se sabe suficiente: ella declaró que no sabía que estaba embarazada y que fue al hospital con dolores abdominales fuertes y una hemorragia vaginal; allí se enteró que estaba sufriendo un aborto espontaneo de un embarazo de alrededor de 22 semanas. Tiempo después, profesionales de la institución encontraron un bebé muerto en el baño y no dudaron en adjudicárselo a Belén. Así empezó: la denunciaron por homicidio, llegó la policía, la detuvieron, la condenaron.

Belén fue una víctima de un tipo de violencia de género del que poco se habla: la violencia obstétrica. Los profesionales del hospital la insultaron, le lanzaron miradas de desaprobación, la maltrataron, y la acusaron de algo que jamás comprobaron. La condenaron por, supuestamente, realizarse un aborto, cuando no sabía que estaba embarazada, cuando ingresó al hospital con un cuadro crítico, cuando le dijeron que su embarazado era de 22 semanas y el bebé que encontraron en el baño tenía alrededor de 7 meses, cuando nunca se realizó un estudio de ADN para determinar si ese bebé era suyo, cuando policías empezaron a inspeccionar sus partes. Queda para otro momento la discusión sobre aborto legal sí o no: la reflexión debería pasar por lo que tuvo que vivir Belén, cómo evitarlo, cómo cambiarlo. Pero de eso nadie habla. Ya la liberaron, ya la absolvieron. Caso cerrado: que pase la que sigue.

La violencia de género tiene miles de aristas. Más allá de las violaciones y los femicidios. Están los casos que nos marcaron como sociedad por su cobertura mediática: María Marta, Candela, Ángeles, Lucía, Micaela. Y están los casos que quedaron olvidados por todos. Entre ellos, los de Higui y Belén, porque por pobres, por lesbianas, por abortar, por estar vivas, de ellas no se habla.

Foto de portada: Nacho. .