Vamos caminando por calles estrechas y ajetreadas, rodeados por casas que se elevan hasta casi tocar el cielo.  La gente va y viene con afanadas rutinas y horarios en el bolsillo. Y, aunque voy caminando con el grupo, me distraigo constantemente con los coloridos rótulos de anuncios y ofertas, con las caras sonriendo por una broma que jamás escucharé, con los niños que juegan en las escaleras de caracol, con el gato acariciando un zapato viejo, y con el zapato viejo acariciando el pie cansado de un señor que parece dormir. No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes, pero conocer un lugar nuevo me recuerda un poco al sentimiento de abrir un viejo álbum de fotos, y explorar, con curiosidad infantil, secretos y recuerdos enmarcados en polvo. La Villa 31, ese pequeño país resguardado en una ciudad, es precisamente eso, un álbum de historias, cronopios y rostros que esperan, desde hace años, ser descubiertos por la curiosidad de jóvenes manos dispuestas al discurso de solidaridad.

El grupo con el que voy está conformado por varias personas, todas distintas, todas dispuestas a creer en lo que hacen. Me explican, mientras nos adentramos en la Villa, que nuestra labor será ayudar a un grupo de niños con tutorías. Me digo, para mis adentros, que enseñar ha de ser la cosa más fácil y sencilla del mundo, especialmente si son niños. Después de algunos minutos llegamos a las instalaciones que nos servirán como aulas. Este lugar, a diferencia de la calle, es un poco más sobrio y silencioso, aunque igual de pintoresco. A nuestra llegada somos recibidos por Malena, la encargada del proyecto de apoyo escolar para los niños. Es alguien amable y sonriente. Después de percatarse de nuestra presencia, nos va saludando y nos da la bienvenida. Al fondo de uno de los salones se escuchan los típicos ruidos y gritos de niños disfrutando de ser niños. Yo comienzo a sacudirme los nervios como si fueran molestos bichitos, y me preparo para saludar a los niños. Del salón comienzan a salir todos: pequeños, altos, morenos, sonrientes, fuertes, castaños, tímidos, extrovertidos. Corren a saludarnos, y por un momento me pregunto cuál es la manera adecuada de saludar a un niño. Pero ellos no conocen de protocolos austeros, y me saludan cariñosamente. Abrazos, besos, apretones de mano y preguntas me hacen sentir cobijado. Desde el firmamento, aquel momento debió haber sido visto como una colisión radiante de dos planetas: el de los niños y el nuestro.

Cuando entramos al salón somos ya un solo grupo, y la tarea comienza: primero nos dividimos por materias, matemáticas, por acá, ciencias sociales, por allá, idioma español, ahí, donde están aquellas sillitas blancas, inglés, ¡uy! Ya no hay espacio, vamos a la otra aula, ¡biología!, no te preocupés, ahora encontramos dónde sentarnos. Todas las ciencias humanas reunidas en una tarde soleada. A mí me toca ayudar con las tareas de español, y la labor que me parecía fácil y sencilla toma un matiz distinto. Una niña, que aprende a leer, me pregunta sobre la importancia de las vocales y yo le explico pacientemente, luego ella continúa leyendo. Otro niño, de 6 o 7 años, levanta su cuaderno y me enseña sus planas de caligrafía. Él no busca obtener la caligrafía más bella, él está en búsqueda de su propia caligrafía. Por último, uno de los niños lucha por comprender la diferencia entre cuento y poema. Al final de la sesión, me confiesa que seguramente será un escritor de cuentos, porque a él lo que le gusta es contar historias, pero que sean breves, y para eso sirven los cuentos. La poesía, hoy, no pudo conseguir un nuevo adepto, pero seguro lo hará la próxima.

Cuando la sesión termina, los niños guardan sus cosas y nosotros nos alistamos para partir. Mientras los chicos se despiden, yo no puedo evitar pensar en la lección que he aprendido hoy: enseñar es, sobre todo, aprender. No sólo aprender a comunicar ideas, a corregir errores, a ser paciente y comprensivo o a señalar instrucciones. Enseñar implica redescubrir lo aprendido; volver paso a paso sobre la ruta de nuestras vidas y rememorar los viejos trazos de nuestros dibujos, la confusión de los viejos dilemas, o maravillarse de nuevo con la simple suma. Enseñar no es fácil y sencillo, pero es una virtud.

De regreso en las calles de la Villa 31, el panorama expresivo se repite, pero hay algo importante que ha variado en mi perspectiva del lugar después de la sesión. La Villa 31, pese a sus múltiples cualidades, es también un lugar que nos señala muchas verdades incómodas. Acá la pobreza es un peligro que acecha el futuro (y el presente) de los niños y jóvenes que habitan la villa. El hambre, la incertidumbre, y la escasez son parte fundamental del problema que enfrentan las familias de este barrio. Por la complejidad de la coyuntura, es difícil encontrar una sola solución para todas las problemáticas. Es honesto decir, por ejemplo, que el programa de tutorías de los estudiantes ditellianos no romperá con el ciclo de pobreza intergeneracional de las familias de la Villa 31. Más aún, es posible asegurar también que dichas tutorías y ayudas escolares tendrán un alcance limitado, mientras existan factores negativos que sigan influyendo en el rendimiento escolar de los niños con los que trabajamos.  Surgen entonces importantes interrogantes: ¿por qué ayudar?¿por qué ser parte del Apoyo Escolar de la Villa 31? La respuesta, en mi opinión, es simple: ayudar ahora es sólo el comienzo de un largo proceso de prospectos futuros. Ser parte del programa de Apoyo Escolar es una forma de interpretar y comprender las realidades de los habitantes de la Villa 31. Asimismo, es innegable que los niños tienen, mediante las tutorías, la oportunidad de interactuar con personas que poseen perspectivas y realidades distintas a las de ellos. Es, en otras palabras, una oportunidad de mutuo entendimiento y aprendizaje. Afortunadamente, toda esta experiencia de aprendizaje es como un unicornio, una isla o un ensueño: Si la quieres, tienes que ir por ella y aferrarte.

La erradicación de la pobreza y la baja escolaridad es una labor ardua y holística. Sin embargo, primero se debe tomar en cuenta que no se puede solucionar aquello que no se comprende. El Apoyo Escolar UTDT ofrece precisamente eso, una oportunidad para ignorar un poco menos, y para ser (ligeramente) un mejor habitante de este amplio mundo. Siempre, a la salida de cada sesión del apoyo, mi corazón es un gigante, y gigante es también mi deseo que toda la comunidad ditelliana comparta una misma sensación y compromiso: ser una casa de estudios consciente y consecuente. Una comunidad capaz de compartir con otras comunidades.

Apoyo Escolar

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