En estos tiempos, al hablar de Europa no podemos decir que hay una sola, sino una pluralidad de crisis: la crisis migratoria, la crisis del euro, la crisis de integración y ni hablar del Brexit. ¿Es acaso todo una misma crisis? ¿En qué consiste, entonces, la crisis Europea?

En general, hablamos de crisis cuando algo está en gran peligro, por anularse, desaparecer o incluso morir. Hace ya un mes que me fui de Alemania. Si no estoy equivocado, Alemania sigue existiendo y no está por desaparecer tampoco: ¿Qué es, entonces, esta crisis?

Primero, hay un par de términos que se confunden o están mal empleados. La crisis migratoria, si es que la podemos llamar crisis, es en realidad una afluencia de refugiados, no de inmigrantes. En esta diferenciación se encuentra la cualidad, el carácter temporal de esta situación. Esta gente no huyó de su país para vivir en Alemania, ni lo hicieron por propia voluntad. Por el contrario, se vieron obligados a dejar su país.

La retórica de los medios en Europa y los términos que se usaron (“tsunamis”, “olas”, “corrientes” y el continente que se “ahoga” en “inmigrantes”) tuvieron mucho que ver con la forma en la cual se recibió a los refugiados: de una manera desorganizada. El gobierno de Alemania falló completamente en tomar la iniciativa y liberar los recursos necesarios para poder ayudar a esta cantidad de gente que llegaba en tan corto tiempo. Faltaron alimentos, policía, camas: todo. Voilá: crisis.

Sin embargo, esto no fue un problema logístico sino político, ya que Alemania – el país económicamente más poderoso de la Unión Europea, un país que todavía guarda depósitos gigantescos secretos de alimentos de la guerra fría, un país que tiene reservas de petróleo para abastecerse por meses – dispone definitivamente de las formas de lidiar con esto. Así que no quiero sugerir que fue una decisión estratégica lo que causó esta crisis, sino que simplemente fallaron en prepararse para un acontecimiento predecible y advertido por varios institutos y consultores políticos de Alemania.

Esta crisis, de todas formas, no duró mucho tiempo: a partir de una conciencia de crisis se generó un apoyo moral detrás de la canciller Angela Merkel con su famoso “Nosotros podemos”: se han formado multiplicidad de asociaciones espontáneas, organizadas con recursos tecnológicos novedosos. Gran ejemplo del potencial de collective action, que demuestra lo que una organización horizontalmente organizada puede llegar a conseguir.

La famosa “integración”

A fines de 2015, tras haber solicitado asilo, un refugiado debía esperar un promedio de seis meses para recibir su respuesta final acerca de si se podía quedar o si lo iban a echar de Alemania. Esto implicaba pasar un largo tiempo en viviendas de emergencia o, mejor dicho, salas o incluso cuartos compartidos, con poco o ningún espacio privado, sin poder trabajar, sin saber qué pasaría con su futuro, sin saber si podrían quedarse en Alemania. Condiciones indudablemente adversas para la integración a la sociedad. Demostrándoles a los recién llegados la famosa riqueza y los valores europeos. Una falla del Estado, irónicamente, después de años de privatización de sus servicios, justamente, en función de una mayor eficiencia. La integración, con el Estado brillando más por su ausencia que formando parte de esto, tomó primeros pasos.

Hay historias exitosas de pueblos que tenían la valentía de rescatar a otros a toda costa. Pero hay muchos ejemplos en los cuales el racismo, antisemitismo y la xenofobia en general dominaron el escenario: basta con recordar la historia cercana de Argentina frente los refugiados judíos.

A los pocos meses, en Alemania se formó el backlash: manifestaciones de la extrema derecha, iniciativas que iban en contra de los refugiados. Quien crea que la criminalidad cerca de las primeras viviendas de emergencia para refugiados aumentó, tiene razón. Pero no como uno se lo imagina: solamente en el año 2015, la policía federal contó más de 1.000 ataques contra los refugios, de los cuales un 90% era con motivos de xenofobia y un 10% terminó con el incendio de las viviendas. Tranquilamente podemos decir, entonces, que esta explosión de violencia constituye una crisis. Pero no tanto de refugiados o de logística: de identidad política.

La Unión Europea en mid-life crisis

Si bien es cierto que se ha logrado mucho, con el paso del tiempo los desafíos cambian y uno tiene que buscar, nuevamente, el sentido y una agenda clara y definida para el futuro. Al igual que un humano envejeciendo se da cuenta que, quizás, al criar a sus hijos dejó de lado otros objetivos importantes, la Unión Europea perdió en el camino la visión de alcanzar la integración política, la concientización pública de esta integración y una realización de los valores humanistas fundadores, después de haber criado al primer hijo, la Paz en Europa, y tras haber dado a luz al segundo – una integración y crecimiento económico enormes.

La percepción de crisis dio lugar al crecimiento de un partido, la AfD (Alternativa para Alemania) que, tranquilamente, puede ser clasificada como fascista, al aplicar la definición genérica de Roger Griffin: “seeing in the rebirth myth (the myth of ‘palingenesis’) […] the key definitional component of fascism”. Björn Höcke, uno de los líderes del partido con conexiones a la esfera de neo-nazis, dice que su partido es la “última chance, de despertar el pueblo alemán”,] y hace uso de un viejo mito nacionalista del pueblo alemán dormido. Si a esto le sumamos las múltiples referencias al uso de armas en contra de refugiados de parte de la otra líder, Frauke Petry, la conexión entre palabras contenciosas y la ola de violencia es evidente.

Al usar un término inventado por los nazis “Lügenpresse” (en español “medios mentirosos”), crean una visión mitológica y conspirativa de una Alemania en crisis que, no solo carece de una base empírica, sino que simplemente desclasifica argumentos en contra como “mentiras”.

Si se analiza el electorado de este nuevo partido, la siguiente afirmación de Oskar Lafontaine, fundador del partido de izquierda en Alemania, es muy cierta: “Un fortalecimiento de la derecha, siempre también es el fracaso de la izquierda”. La mayoría de los votantes de la AfD provienen de un sector de la sociedad que previamente votó para la izquierda y que se encuentran socio-económicamente al margen de la sociedad. Este análisis se afirmó en las distribuciones del voto presidencial en Austria, en la cual, por la controversia acerca de las decisiones con respecto a los refugiados, había un balotaje entre un candidato de extrema derecha y un candidato establishment.  

La crisis de identidad

El breve viaje por Austria nos lleva de vuelta a la conclusión de que el problema no son los refugiados de Siria, sino una Unión Europea que carece de un concepto político abiertamente integrador de sus múltiples públicos y conciencias nacionales. Crear la disponibilidad de, por un lado, votar e involucrarse a nivel supranacional y, por el otro, tomar responsabilidades sociales necesarias en un espacio económicamente integrado, es un aspecto ausente de la percepción de crisis actual.

Para la situación del Brexit, quizás es más relevante la inmensa inmigración intraeuropea que llegó al número impresionante de 17,9 millones en 2013 que el reciente desarrollo con los refugiados. Esto puede ser interpretado como consecuencia directa de la integración de espacios económicos muy heterogéneos y globalizados sin las medidas para equilibrar las desigualdades sociales. Como advirtió Karl Polanyi ya a mitad del siglo XX, la posición social del ser humano está integrada/incorporada en el mercado, pero el mercado tiene que estar integrado/incorporado en la sociedad también.

La falta de una comunidad europea (y acá no estoy hablando de una integración política más intensa, sino de un sentimiento de pertenencia y de responsabilidad por los otros) es la razón por la cual a los alemanes se les hace fácil pensar en la supuesta “vagancia” de los griegos. Mientras, la economía alemana produce otro surplus que pone en peligro el balance económico de países como Grecia o Portugal. Los españoles jóvenes, bien educados en universidades de España, financiados con impuestos de este país no encuentran trabajo y son, obviamente, recibidos con alegría en esta economía alemana: fuerza de trabajo calificado sin costo de educación! Esta comunidad europea, que me imagino, también tomaría la decisión de darles una bienvenida a los refugiados coherentes con sus valores.  

La muestra más reciente de xenofobia es la prohibición de los burkinis en Francia. Una suerte de cínico reglamento de formas de vestirse de mujeres en nombre de la libertad y del feminismo que parece del siglo XIX, muestra de vuelta la reducción de problemas sociales muy complejos a un resentimiento en contra del otro. En parte, atribuido a la falta de una plataforma discursiva europea que permitiría establecer una agenda con contenido y una identidad europea. Esta identidad europea que necesitamos, no puede exigir más la asimilación completa de todos. Esto nos lleva al totalitarismo. Tiene que ser fluida para poder conservar la multitud de identidades y culturas que podemos celebrar en Europa hoy en día.  

Podemos responder, entonces, la pregunta del principio: ¿En qué consiste esta crisis? Quizás no la pudimos resolver ni entenderla por completo, pero se puede ver que la crisis de refugiados es más la conveniente concretización – Furcht – de las ansiedades difusas – Angst – de muchas personas que no pueden vivir el sueño europeo, que una verdadera crisis de refugiados. Esta conclusión, igual, es de carácter hipotético y no sostiene que la crisis no existe, sino que afirma que sí existe una crisis en Europa: pero es de carácter democrático-identitario.

Foto Jacob Munk-Stander en Flickr

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