-Yo al Barrio Mitre no entro ni loco, te dejo a unas cuadras- gritó el taxista.

No está dispuesto a negociar y frena a cinco cuadras.

A medida que uno se acerca, comienzan a aparecer las casas de cemento con techo de chapa. De pronto, la calle de hormigonada parece esfumarse y deja paso a una de tierra. Los árboles parecen querer esconder lo que se encuentra ahí adentro: seis manzanas con cuatro mil habitantes, la villa ¨General Mitre¨, o como le dijo el taxista, ¨Barrio Mitre¨.

Con la puesta del sol, se escucha muy fuerte la música. En un pasillo suena un parlante del tamaño de la rueda de un auto: impone autoridad al ritmo de una cumbia que parece dar inicio al ritual. No les molesta que los vean así. No bailan, ni siquiera se mueven, están tiesos, petrificados. Sobre sus cabezas flotan volutas de un humo blanco. El entorno les resulta indiferente. Cerca del grupo, una pelota va y viene. Unos niños juegan en la esquina del pasillo donde llega ese olor a plástico derritiéndose. 

El shopping DOT les da la espalda. Un edificio moderno que con su fachada funciona como el espejo contrastante de los deseos, las fantasías y las necesidades de la gente del barrio. ¨Seamos Libres, lo demás no importa nada¨, dice un paredón. Pero, ¿qué es ser libre en Barrio Mitre? ¿Libres de qué? Se los preguntaría a esos pibes pero, a esa hora de la noche, no tienen voz. Mientras continuo caminando no puedo quitar ese interrogante de mi cabeza. Había llovido y los borcegos estaban pintándose con el barro de la calle.  

Unas luces cuelgan en la puerta de un kiosco protegido por una reja.

-Solo queda torta frita y sándwiches de milanesa- me dice Pocha, la cocinera y dueña del local. Hace 56 años vive en esta casa. Es robusta. La remera esconde la mitad de su barriga. Sus brazos están llenos de moretones y su corto pelo teñido de rojo es enmarcado por unos lentes pequeños. Los vidrios están manchados.

-Dale, vení, pasa- dice, y abre la reja.

La casa no tiene puerta, una manta intenta detener el viento que viene de afuera. Las paredes son naranja. Sobre una de ellas cuelga un televisor de cincuenta pulgadas. Hay una mesa de madera con sillas exhaustas: no resisten más. El piso aquí también es de tierra, como si no hubiera distancia entre el arenero de una plaza y una habitación.

-Estoy apurada, en cualquier momento llegan mi sobrina y mi nuera-, dijo mientras sacaba del horno a gas la última bandeja de ¨rosquitas¨, como ella las llama. En ese momento, entró Lorena, la sobrina de Pocha. Despejó la mesa y se sentó. Al igual que su tía son parte de ¨Madres del Barrio¨, una organización que ayuda a sus vecinos a conseguir trabajo. A su vez, realizan actividades recreativas y comunitarias.

-Somos 23 las madres que ayudamos- comenta Pocha mientras sirve un mate.

 

Dice Lorena, antes de sorberlo:

-Acá nos criamos todos, acá nos conocemos todos. Yo vivo afuera, a un par de cuadras, pero vengo siempre. Están los hijos de mis amigas, mis amigas, las que estudiaron conmigo. Y, ¿sabes que?, verlas hecha mierda me parte el corazón. Ellas no tienen a  alguien que le diga: ¨Vení loca, vamos allá, vamos a hacer esto, vamos a salir a vender torta frita, vamos a tratar de trabajar”. Yo quiero que el hijo de mi amiga no nazca pensando que la única solución es vender un papel. No. Y por eso, te repito, siento que hay que hacer algo para salvar a los pibes. Además, mis hijos vienen al barrio: aman a sus primos y a sus amigos que viven acá. No podemos ver al Mitre en esta situación. Antes no era así. No podemos dejar que ganen los narcos y los punteros.

Lorena le devuelve el mate a Pocha y sigue:

-En el Barrio hay muchos chicos a quienes les encanta el ajedrez. Pero, ¿qué pasa? Salen del colegio, van, juegan, pero se termina el ajedrez, y después qué…

-¿Qué?- pregunto.

-…. que le van a pedir al padre que compre un tablero, y el padre se le ríe en la cara: él está viviendo otra realidad. No se da cuenta que el pibe quiere salvarse y  no morir en la mierda como otros: todos son menores de cuarenta años, ¿podés creerlo? No encuentro las palabras. Y todo por la culpa del paco, de ese maldito papelito.

 

 

 

En el año 2001, tras la  crisis, entra en la escena social una nueva droga: la pasta base, más conocida como el paco. Los desechos de la cocaína pasaron a ser de uso cotidiano para los sectores más vulnerables de la sociedad. Ni siquiera se sabe con certeza con que se mezclan esos remanantes. Se habla de bicarbonato de sodio, vidrio molido, veneno para rata, etc. Su nivel de adicción es tan grande como los daños que provoca en el organismo.  De acuerdo con ¨Chau Tabú¨, plataforma virtual sobre adicciones del Gobierno de La Ciudad de Buenos Aires, en un corto tiempo provoca un rápido y grave deterioro del sistema inmunológico y general del cuerpo. El deterioro neurológico se hace evidente, una marcada pérdida de peso y estado de abandono personal. Además, genera alteraciones pulmonares y cardíacas. La muerte deja de ser una lejana posibilidad. Un papelito que guarda en su interior una pasta gomosa de color blanco. Esta se mete dentro de una pipa con virulana, luego con un encendedor ¨se mecha¨ mientras el consumidor intenta mantener el aire dentro del cuerpo. No es soluble, fumar la pasta base es la única manera de consumirla.

Según datos del INDEC, en el año 2006, solo en la Ciudad de Buenos Aires, 85.000 personas eran adictas al paco. Hoy en día no hay información actualizada, pero se cree que todo ha empeorado. 

 

-A los pibes no los atienden en los hospitales- me diría Alicia Romero, directora de Madres contra el Paco, días después de visitar la villa. Del otro lado del teléfono, Romero revelaba otros pliegues ocultos de esta trama.

-Son excluidos de la Salud Pública. En algunos casos, van a hospitales de la Capital y son recibidos, no por el paco, sino debido a las consecuencias que provoca.

– ¿Tienen centros de rehabilitación?

-No hay centros gratuitos. Estamos haciendo un trato con el Sedronar para que nos den unos cupos en centros de rehabilitación privados. En los públicos no te podes atender. Además, un pibe que va todo sucio se le ríen en la cara. ¿Quién va a querer atender a un paquero? Son muy pocos los que se rescatan y pueden salir a pedir ayuda. Hay mucha estigmatización, y nosotros peleamos contra esto.

 

 

Aunque nos encontramos en una habitación, se puede escuchar el fuerte volumen de la música, como si se tratase de una fiesta en la calle. El ritmo tropical se roba la atención,  y por unos segundos me doy cuenta que estamos a tan solo una cuadra del corazón del Barrio, esa plaza tan temida de la que hablan por la televisión, esa,  sí, sobre la que se escribe en los diarios.

 

Lorena continúa hablando:

 -A mi prima Andrea la enterramos en febrero, a los 41 años. Ella dejo cuatro hijos y tiene cuatro nietos. No quiero más Andreas. Que vean que lo de Andrea no es la única realidad,  eso es mentira. Hoy te regalen un papel para que mañana empeñes a tu vieja. Los adictos pierden la noción de lo que es una familia, compartir, tener una amigos, tener una mesa, ver un partido. No saben, ellos son zombis. ¿Y acá que le decís? ¿Vamos a la puerta a tomar unos mates? ¿Qué más les podes ofrecer?         

  Pocha se levanta de la mesa dirigiéndose al televisor en el que se proyectan un capítulo de ¨Los Simpson¨ en volumen muy alto y lo apaga; luego vuelve a sentarse en el mismo lugar. Quiere seguir escuchando a Lorena, como si fuera la primera vez que dice lo que tanto sabe.

 

Según Pocha, los jóvenes, al salir de sus casas, se encuentran en la plaza con un panorama dantesco. Lo único que ven es a los chicos drogados, alcoholizándose, matándose entre ellos. La plaza está en el medio del barrio, a merced de los narcos.

– El barrio está lleno de cámaras: ellos ven todo.

-¿Ellos? Quiénes?

-Los narcos. Hay una mesita en el medio de la plaza donde la mina está sentada y manda a los soldaditos a desparramar la droga en todo el barrio.

-¿Una mina?

 -Son muchos, no es ella sola. La mitad toma y la otra mitad vende.

Lorena interviene:

-Si el problema fuese solo una casa vamos y los prendemos fuego nosotros. Esto va mucho más allá.

Enciende un cigarrillo, da una pitada, y completa la descripción:

-La metropolitana la ve vendiendo droga y la mete presa. A los dos minutos un juez de mierda la suelta y vuelve a vender. Sino la llevan en cana, es sustituida por su hija o el esposo. 

 

 

Roberto Canay, coordinador general del Laboratorio del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, revela que el informe correspondiente al último Registro Continuo de Pacientes en Tratamiento realizado por la SEDRONAR (2007), entre el mes de enero del año 2006 y el mes de julio del año 2007, en nuestro país se registraron 3.596 personas en tratamiento por adicciones, 677 en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, y de ellos el 22.4% tuvo en el paco la principal droga que motivó el tratamiento. Durante el mes de diciembre de 2008 en la Coordinación de Políticas Sociales en Adicciones del total de niños/as y adolescentes en tratamiento 64,9% lo hicieron con el paco como droga fundamental y motivadora del tratamiento. En relación a esto último, se extendió el consumo de drogas baratas y de alta toxicidad como los solventes/inhalantes y el paco. Esta droga llegó a popularizarse como la ‘droga de los pobres’, aumentando su consumo en un 200% desde el 2001 hasta el 2005. Los especialistas estiman que el precio de una dosis de paco se encuentra en unos 25 pesos, es decir que su precio se elevo un 250% desde su aparición, la inflación también afecta al residuo de la cocaína.  

 

 

Los niños juegan con los perros, corren de un lado para el otro de la casa. Lorena no para de fumar, ya encendió más de medio atado.

 

-Cuando se murió mi hija…- dice y quiebra. Aprieta con fuerza el rosario que lleva puesto. Sus ojos se cristalizan. Toma aliento para completar su frase.

-…te decía que cuando la fui a ver al hospital, le agarro un ACV. Estaba destruida, mal, no era mi hija la que estaba ahí. Le sacamos una foto. Al día siguiente le agarro un infarto y falleció.

Para el día del funeral, ella imprimó 30 folletos con la foto de su hija. Quería pegarlas en todos los paredones del barrio con un mensaje al narco. “Esto es lo que hicieron, miren lo que le paso a Andrea”. Pero su familia no la dejo. Su hija lloraba y le decía: “¿Mamá no pensás en mí?, ¿no pensás en lo que me puede pasar si vos haces eso? ¿Querés que un día me maten o me agarren en la calle?”. Entonces, Lorena se quedó con los carteles y no pudo usarlos. El recuerdo la hace llorar otra vez. Se saca las gafas y las limpia con el trapo de la cocina.

-Es simple, si la policía no puede hacer nada, menos nosotros. O no quiere hacer nada- comento Lorena.

            -Contale lo que sucedió el día del velorio- la incita Pocha.

-Estábamos velándola y entra una de las que le vendía a mi hija. Andrea era su mejor clienta. Se acerca al cuerpo y le dice: “yo estoy muy enojada con vos”. Yo la agarro y le contesto: “yo soy la que está muy enojada con vos”. Antes que me responda algo, viene mi nieta y la saca de los pelos. 

La droga esta en todo el barrio. Ella es la que la inicio a los catorce años. ¿Qué tenía que hacer?, ¿tomar un cuchillo y ponerme a juntar sus tripas ¿Quién perdió más acá?, ¿qué puedo hacer yo sola?

A lo que Pocha, que limpiaba la cocina, comentó:

– Nosotros no podemos hacer justicia por mano propia; es una mentira. Si no nos vamos a terminar matando entre nosotros. Lo único que se puede hacer es salvar a los que quedan.

 

 Aquí no hay seguridad, ni trabas, ni alarmas. El que quisiera entrar a este hogar solo necesitaba cruzar la apertura de la entrada. “Hola”, dijo la nuera de Pocha. Ni cuenta nos dimos que ya estaba adentro. No pidió permiso y se sentó en la mesa, tomo unas ¨rosquitas¨ que se encontraban en el centro, y acompaño la comida con unos mates; para ella más fuertes y sin azúcar. Sus ojos eran negros y su presencia debía intimidar, de seguro medía más de un metro setenta y eso no se podía ocultar. Ella parecía una mujer ruda, una mujer fría; ni su nombre menciono, pero estaba allí mirándome fijamente.

 

            Mientras que Lorena fuma, esta vez con rabia, Pocha se levanta y se dirige hacia la heladera blanca un poco oxidada, toma dos papeles y los apoya en la mesa. Son los CVs de las chicas, que tratará de llevar a trabajar al DOT: dos mujeres, la primera solo había trabajado una vez como vendedora de ropa en un local llamado Scombro; la segunda nunca había trabajado en blanco. Ambas tienen el secundario completo, requisito indispensable para conseguir un puesto.

-Van para limpieza o seguridad, como son de acá, se dan cuenta cuando hay una mechera dando vueltas-  dice Pocha, con mucha seguridad.

Mira al piso de tierra y suspira.

-Tienen dos hijos cada una y ninguno tiene padre, viven juntas en una habitación y se cuidan entre ellas-, dice Lorena.  Toma nuevamente los papeles y los deja en el mismo lugar.

-Muchos pibes de acá fueron a la universidad, pudieron salir del barrio, hay abogados y arquitectos-, dice Pocha.

 La segunda hija de Pocha comenzó a estudiar Radiología en la UBA, carrera que tuvo que abandonar por no poder solventar los gastos.

-Los instrumentos que le pedían son muy caros, como mil pesos cada cosa, nosotros no se lo pudimos pagar y tuvo que dejar la carrera- , se lamentó Pocha.

Asegura sin embargo que eso no la desmotivó y con ayuda de la Cruz Roja obtuvo una beca completa para el terciario de enfermería.

-Solo dos chicas de acá consiguieron las becas, mi hija y su prima.

El agua del mate se ha terminado y tres horas habían pasado desde que comenzó la conversación: ya debía irme. Eran las nueve de la noche, la hora en que los voluntarios del apoyo escolar terminaban su turno. La despedida fue muy rápida. Con un gesto de agradecimiento, saludé a las otras invitadas de la Pocha, que asintieron y continuaron su conversación. La dueña de la casa se levantó para acompañarme hasta la obra en construcción donde se dictan las clases de apoyo escolar.

-Piba, yo a vos no te dejo sola acá. Agarra tus cosas que te llevo a donde están los chicos de Pensar El Camino-haciendo referencia al nombre de una Juventud Política de PRO-.

En la oscuridad de la noche, este lugar solo parece una obra abandonada.

-Acá llegamos, gracias por venir a vernos, cuídate nena.- me dio un abrazo y regresó a su casa.

Se podía escuchar la música que provenía de un pasillo cercano, algunos jóvenes estaban de fiesta en la calle. Toque con fuerza un portón de metal verde, y salieron los dos profesores y tres niños.

-Chicos nosotros ya nos vamos, se termino por hoy, nos vemos el miércoles que viene, hagan la tarea y pórtense bien.- dijo Chino, uno de los profesores.

Los alumnos se acercan a darle un abrazo a sus profesores de apoyo escolar; estaban todos vestidos con los colores de River, donación que había hecho el club un par de semanas atrás. Sus padres no vendrían a buscarlos, ellos regresaban solos a sus casas.

Están felices, es algo que rompe con su rutina, algo que esperan durante toda la semana. El día en que viene gente de afuera del barrio a ayudarlos con las cosas del colegio.

Caminamos por una calle que desemboca al Barrio de Savedra, desde allí, el Dot parecía una escultura que hace juego con la oscuridad de la noche. Mientras la observaba escuchó un ruido, es el de un caño de escape: dos hombres en una moto. Detienen la maquina frente a nosotros, sus rostros estaban tapados por la sombra. Se quedan quietos, mirándonos. No hicieron nada. Tampoco hacía falta: era una señal de que debíamos irnos rápidamente del lugar.

Apuramos el paso hasta que llegamos a la avenida Mortoe, donde pudimos conseguir un taxi. De a poco, la ciudad recuperaba una imagen conocida. 

Foto Flickr por Autoridad Federal de Servicios de Comunicación Audiovisual

Foto de portada: .