-Yo no soy trapito.

Lo miro, algo incrédulo, y rápidamente, se corrige.

-No soy trapito de nacimiento, de cancha de fútbol o recital. Soy actor. Un actor fracasado. Yo lo tuve en brazos a Pablo Rago. Y todos los jueves voy a cenar con Carlos Calvo. Mi hija y mi yerno tienen una distribuidora de pescados, le distribuyen a todos los supermercados coreanos. Yo de día estoy ahí.

Llega un auto y me dice que lo espere. Lo ayuda a estacionar, le charla un poco al conductor y a cambio recibe 50 pesos. Vuelve a hablar conmigo.

-Yo gano por mi forma de hablar. Le digo a las mujeres “yo no soy policía, pero miro como subís y bajás del auto. Porque este barrio es lindo, pero acá en Buenos Aires es peligroso en todos lados”. Y sólo por eso, me dan un billete que dice cincuenta pesos.

-Te estaba diciendo, yo vengo acá porque quiero. Tengo amigos acá. Tengo un amigo que es trapito en Brasil, donde gana mucha plata. Cada tres, cuatro meses, viene para acá, charlamos un rato. Él es de la comunidad de acá.

Se refiere a la sinagoga, Yeshurum, que se encuentra en República de la India y Cerviño, a una cuadra de donde suele parar.

-¿Vos sos de ahí, no?- me pregunta.

-No, no.

-Ah, pensé que sí. Bueno, además vengo porque yo soy un gastador. Y cada peso extra que gano me viene bien.

-¿Quién no?- le respondo y se ríe.

-Yo vengo acá hace 10 años. Pero antes era taxista. Yo tuve cuatro autos. Pero los perdí todos. Entré en el Veraz y le debo 10 mil dólares al banco Galicia.

-Claro. Pero, ¿cómo te manejas con la policía?

-Y, está todo arreglado… semanalmente, tenemos que darles algo de lo que ganamos. – Se negó a darme el número.

Gerardo es un ejemplo de los miles de trapitos que trabajan en la ciudad de Buenos Aires. Sería imposible explicarle a algún extranjero su naturaleza. Son personas que se paran en la calle, te ayudan a estacionar y a cambio esperan unos 50 pesos. Por ahí más o por ahí menos, dependiendo de la zona o la situación. Ser trapito es simplemente uno de los miles de puestos de trabajo informal que operan día a día en la Argentina. Me encuentro en Palermo, cerca del Rosedal. Comienzo a caminar y una chica en un semáforo me ofrece un paquete de pañuelos descartables.

-Seis por treinta- me dice.

Le agradezco y sigo mi camino. Dos señores de unos 35 años están tirados sobre la Avenida Libertador, vendiendo medias. Llego al cruce con la Avenida Sarmiento. En la puerta trasera del Zoológico, uno puede contratar (también informalmente) un paseo en zulqui (una especie de carroza impulsada por dos caballos). También venden, en un puestito, panchos con papas pie, gaseosas, golosinas y demás. Cruzo la avenida Libertador y me dirijo por Sarmiento en el sentido del Planetario. En el camino, veo, al menos, cuatro puestitos en los que se venden cosas de parrilla: patys, bondiola, churrasquito, choripanes y demás. La oferta varía mínimamente entre ellos.

También me encuentro con Luis, que tiene un carrito en el que vende pochoclos, garrapiñadas y pirulines.

-Hace 20 años que vengo al Rosedal. Empecé a venir porque me lo recomendó un amigo y desde entonces vengo todos los días. Pero ahora estamos en crisis.

Se nota. Es un sábado templado dentro de un frío invierno. El cielo está completamente despejado. Sin embargo, los parques de Palermo están prácticamente vacíos.

-Es que la gente no gasta. No sale. Venir hasta acá, si tenés varios chicos, son como 150 pesos. Y está difícil la cosa. –me explica.

Llego a Figueroa Alcorta. En el semáforo, hay unos chicos haciendo malabares y vendiendo anteojos truchos, entre otras cosas.

Todos estos son ejemplos muy claros: en Argentina, la economía informal ocupa un lugar de peso. Los números del INDEC ilustran este fenómeno: el 33,1% de los argentinos trabaja en negro. Y es un fenómeno que afecta a todo el país, llegando al 40% en el NOA y con un piso del 19% en la Patagonia. Esto trae aparejado, al menos, tres problemas. Por un lado, las personas que trabajan en negro no pagan jubilación ni aportes patronales, privándolos de la protección que brinda pertenecer a un sindicato. En segundo lugar, la recaudación total debe dividirse entre menos personas, por lo que los impuestos asfixian aún más a quienes están en blanco. Por último, las personas que trabajan en negro, oficialmente, “no trabajan”, por lo que pueden acceder a algunos planes sociales, profundizando aún más el problema dos.

En particular, el mercado textil es uno de los que se ven más impactados por el fenómeno. Cifras de la CAME (Confederación Argentina de la Mediana Empresa) muestran que las “Saladitas” son el 45% del comercio del interior. Hay 570 “Saladitas” repartidas en 115 ciudades del país, que mueven unos $ 56.000 millones al año.

El dueño de un negocio de ropa para bebés en Once (que prefirió no decir su nombre), me dice: “Es lamentable. Yo pago alquiler, pago impuestos, tengo que pagarles a mis empleados para mantener el local. Y viene un tipo, tira una manta en el piso y se pone a vender lo mismo que yo, a mitad de precio. ¿Quién me va a comprar así? Nadie. Y el gobierno no hace nada al respecto… Mínimamente, debería bajarnos los impuestos. Si no, se hace imposible”.

Salgo del local, en Avenida Corrientes entre Pueyrredón y Paso, y comienzo a caminar hacia la intersección de las dos avenidas. Una multitud camina por un pequeño pasillo, con las vidrieras de los locales a mi izquierda, y puestitos en los que se observan desde frutas y verduras hasta accesorios para celulares o joyas, a mi derecha. Me veo obligado a aligerar el paso: la muchedumbre camina a una velocidad menor a la que desearía. Camino con las manos en los bolsillos, no sea cosa de terminar siendo una víctima más: en Argentina, se estima que se roban por día unos 5.000 celulares para su posterior reventa. Son unos 1.680.000 celulares al año. Asumiendo que cada celular cuesta en promedio $5.000, este mercado asciende aproximadamente a 560 millones de dólares al año.

Llego a la esquina y siento un fuerte olor: es el mediodía, y a la mezcla de “aromas” que salen de la boca de la estación Pueyrredón de la línea B del Subte se suman los que emergen de los tuppers de los vendedores de los mencionados puestitos y los de los móviles que, sea la hora que sea, van a generar la mayor contaminación visual, auditiva y olfativa posible.

Me dirijo por la Avenida Pueyrredón hacia Rivadavia y, automáticamente, me arrepiento. Pero ya es tarde en cierto sentido. ¿Cómo volver sobre mis pasos? En una vereda que ya es angosta de por sí: los árboles, las paradas de colectivos y la aglomeración de vendedores de carteras, ropa, accesorios para celulares, frutas y verduras, joyas, o cualquier otra cosa que sea comerciable, hacen que sea intransitable para cualquier transeúnte. Tardé 45 minutos en caminar 5 cuadras y me prometí jamás emprender nuevamente semejante aventura.

Las empresas padecen este beneficio impositivo indirecto que reciben los informales. Sin embargo, no faltan quienes se aprovechan de ello. Gal Kravetz (21 años) abrió un showroom, Blackbird, en su casa hace un mes y medio. Compra ropa en Avellaneda y los jueves, viernes y sábados, invita gente a su casa, donde la revende. En Junio únicamente, vendió 40 mil pesos. Gal estudia Psicología en la UCES. Cuenta que compraba mucha ropa en showrooms, porque es mucho más barato:

-Vas a Palermo, o a un shopping, y pagas tres lucas por dos prendas. En cambio vas a un showroom, y por una luca te llevás tres o cuatro prendas.

Dice que hay muchos, pero por Zona Norte, que es donde ella vive, muy pocos. Entonces, vio una oportunidad: armó un perfil en Instagram y una página web (www.blackbirdshowroom.com.ar), donde expone cosas como camperas de cuero, carteras, remeras y cinturones. Les saca fotos a amigas o conocidas, y a cambio, les regala ropa. Esta es la principal forma en la que atrae nuevos clientes. Compró dos percheros, le pidió plata al padre para la inversion inicial, y así abrió su propio showroom .

-Hago envíos a todo el país, vía mi página web, y me pagan por MercadoPago. En el showroom acepto tarjeta también, pero ahí cobro recargo del 5% porque es lo que me cobra MercadoPago a mí. Pero justamente por eso, estoy pensando en formalizarlo. Tengo 25 lucas en esta página, que no puedo sacar porque no puedo ingresar 25 mil pesos a una cuenta bancaria.

-También hablo con chicas de colegios de la zona, y les digo que si traen amigas les hago vouchers por el 10% de lo que compran cada una de ellas.

Gal afirma que vio marcas con locales a la calle comprando ropa en Flores y Avellaneda y luego revendiéndolas. Aprovechando que venden el mismo producto, usó las fotos que estas marcas habían sacado para hacer publicidad.

-Esto me trajo ciertos problemas. Algunas marcas me escribieron para decirme que borre las fotos, porque si no, me iban a hacer un juicio por propiedad intelectual.

-¿Y las borraste?

-Lo consulté con un abogado. Me dijo que la legislación al respecto era muy difusa y era todo incomprobable. De todas formas, las de las marcas serias las borré. Si es una más tranquila, las dejo. No pasa nada.

-¿A qué te referís por seria o tranquila?

-Las serias para mí son las que tienen un local a la calle.

Más allá de esta pequeña anécdota, esta situación da cuenta del alcance y del nivel que tiene la ropa vendida por showrooms como el de Gal, que aparecen como alternativa al altísimo precio de la ropa de los locales a la calle. Enfatiza el hecho que prácticamente, solo las marcas con locales en shoppings fabrican su propia ropa.

A su vez, las condiciones en las que estas marcas fabrican también dan mucho que hablar.

Santos es peruano. Durante 3 años vivió en Buenos Aires, específicamente, en la villa 1-11-14, en el Bajo Flores. Trabajaba en lo que se conoce como taller clandestino textil, de lunes a viernes de 5 a 23hs y los sábados hasta las 12. Desayunaban un café “que tenía gusto a todo menos a café”, y almorzaban y cenaban en 15 minutos. El menú se repetía todos los días: arroz con huevo. El trabajo, también. Muchas veces, se lo denomina como trabajo esclavo.

Tamara Rosenberg, responsable de la Fundación La Alameda, le dijo a La Nación cuáles son las características que definen la “esclavitud posmoderna” en el mundo de la moda: alto nivel de deficiencia en las condiciones higiénicas en las que se trabaja (falta de limpieza, iluminación y acceso a servicios básicos, en espacios reducidos), ausencia de respeto por los acuerdos normativos de la industria textil nacional (como los salarios mínimos, la formalización del empleado y el límite de horas que debe trabajar) y una falta de regulación por parte del Estado (no se realizan auditorías en el lugar ni respecto del trato con los trabajadores). Martín García trabajó durante 11 años en un taller de estas características y ofreció su testimonio en un informe realizado por la Fundación.

-Yo trabajaba en un taller de planchado. Hace 11 años estaba trabajando ahí. Trabajaba para marcas como Cheeky, Awada, Gabucci, Raider, entre otras.

La Fundación ha denunciado entre el 2006 y el 2010 a 103 marcas por trabajo esclavo.

-Yo hacia 1500 prendas en el día y ganaba 40 pesos, trabajando 12 horas. [Dado que el informe fue publicado en el año 2010, actualizado al día de hoy por la inflación serían unos 200 pesos]. Estaba en negro… estuve 6 años trabajando en negro. Y la mayoría de los empleados están en negro. Hay muchos extranjeros trabajando. Muchos paraguayos indocumentados.

Según La Alameda, el 78% de los textiles que se fabrican en Argentina se produce en estas condiciones, empleando a casi medio millón de personas.

-Han ido inspectores, han querido entrar y no le han abierto la puerta. Si entraban, el patrón le daba algo de plata y ya está, el inspector se iba de vuelta.  Nunca entraron a inspeccionar en serio.

Cifras de la Cámara Industrial Argentina de Indumentaria muestran que el negocio textil mueve más de 700 millones de dólares al año sólo en Capital y el Conurbano.

-En ese lugar no se trabaja con ventilación. Es como que estamos en una cárcel, no tenemos ventilador. No tenemos un lugar donde poder comer bien porque unos comen por un lado, algunos por otro; no hay una mesa para sentarse a comer bien, tranquilo. No tenemos un baño y nos tenemos que aguantar el calor. En verano es tremendo, si afuera hacen 30 grados, adentro hacen como 60.

La explotación es un fenómeno que no distingue entre edades: se han allanado talleres en donde había niños de 5 años trabajando.

-Mi mujer trabaja ahí hace 6 años. Me acuerdo perfectamente que cuando ella quedó embarazada de mi nena, la hicieron trabajar más o menos hasta los 9 meses. Con la panza que no daba más, la hacían trabajar igual. Estábamos ahí los dos porque por necesidad lo teníamos que hacer. Pero luego le tuvieron que hacer cesárea porque la nena no nacía porque mi mujer no tenía fuerza para parir. Era todo el cansancio que tenía.

Según datos aportados por el Hospital Piñero, cerca del 60% de las personas infectadas de tuberculosis trabajan en talleres clandestinos. En el hospital Muñiz, la cifra asciende al 40%.

-Me despidieron hace un mes por reclamo de pago. Ellos me daban 300 pesos por semana y me habían dado 200. Y fui a reclamar los 100 pesos que me debían y saltaron ahí conmigo. El patrón y el hijo.  Yo cumplí 11 años ahí, ahora quiero que también ellos cumplan conmigo. Que me paguen lo que a mí me corresponde, lo que me deben. Porque sé que ellos por una miseria de plata arreglan todo. Tienen que pagar lo que a mí me corresponde, eso es lo que quiero reclamar nada más.

Gerardo, Luis, Saúl, Gal, Santos y Martín son todos trabajadores. Excepto Saúl (el vendedor de ropa de bebes), todos se encuentran en el sector informal. Y los niveles de vida entre todos varían muchísimo.

La economía informal se encuentra en todos los rincones del país: desde el par de medias que estas usando, la funda del celular que le regalaste a tu hijo, el peluche con el que conquistaste a tu pareja, los chicles que compraste en la calle, el choripán que cenaste anoche, el lugar donde estacionaste el auto, el señor que te limpió el vidrio o el DVD que voy a mirar hoy a la noche.

-¿Está bueno?

-Sí, es calidad DVD.

-¿Cuánto está?

-Quince pesos.

-Me lo llevo.

 

 

Foto de portada: .