El 7 de Febrero de 1992, la ciudad de Maastricht fue testigo de un evento inédito: la creación oficial de la Unión Europea. Por primera vez en la sangrienta y conflictiva historia del continente, 12 de sus países se comprometen legalmente a ceder prerrogativas estatales, establecer una moneda común y permitir la libre circulación entre cualquiera de los países miembros.

Este paso no se dio en el vacío: la Unión Europea que conocemos tiene sus raíces en la Comunidad del Acero y el Carbón fundada en 1951. Visto con ojos actuales, el manejo compartido de dos industrias puede parecer algo trivial. No obstante, el acero y el carbón eran el corazón de la industria pesada, incluyendo la industria armamentista, lo cual implicaba que mediante la CECA, los principales contendientes de las dos guerras mundiales (Francia, Alemania, Italia y “Benelux”) ponían en manos de organizaciones comunes la administración de las industrias de las cuales dependía cualquier intento bélico, imposibilitando así una nueva carrera armamentista.  

Hay un claro ausente en esta etapa fundacional: Gran Bretaña. Si bien Churchill aprobaba la creación de la comunidad, el sentimiento británico era todavía verse como una potencia imperial, volcada hacia sus propios asuntos internos y con poco interés de mezclarse en los affairs del continente.

Sin embargo, la integración Europea fue una caja de sorpresa desde sus inicios: los “30 gloriosos” cambiaron el cantar británico, y en 1961 el Reino Unido pidió entrar en la comunidad… pedido que sería vetado dos veces por Charles De Gaulle.

La pertenencia a la UE fue controversial desde un primer momento, despertando numerosas rupturas en el seno de los principales partidos políticos británicos. Algunos afirman que la división más grande en la política Británica post Segunda Guerra Mundial no ha sido izquierda-derecha, sino aislacionismo vs integración con Europa.

Es posible que la semilla del descontento inglés con la Unión tenga su origen en las expectativas con las que el país entró a formar parte de la misma. En 1975, con De Gaulle fuera de la escena, un 67% de los británicos voto “SÍ” a la incorporación mediante un referéndum. Sin embargo, la panacea económica que el gobierno conservador de Heath había prometido, no se materializó tras la incorporación.

Los 80s de Thatcher trajeron una nueva ola de sentimiento nacionalista, con la férrea oposición de la Dama de Hierro a una mayor integración de Gran Bretaña en la Comunidad, y fuertes discusiones sobre la distribución de los aportes británicos al fondo común de la Unión. El constante interés británico por preservar su autonomía los llevó a mantenerse al margen de la unificación monetaria, por ejemplo. En 1992, año de la creación oficial de la Unión Europea tal cual la conocemos hoy en día, Gran Bretaña firmó el acuerdo bajo diversas excepciones; como la condición de mantener su soberanía monetaria, entre otras.

Para los euroescépticos, estas restricciones no son suficientes. El guiño de Cameron a los sectores más nacionalistas (el famoso referéndum que tendrá lugar el próximo jueves 23 de Junio) abrió nuevamente las puertas a un debate que parte aguas en el mismo seno de los principales partidos, convirtiéndose en uno de los eventos más relevantes del año – no solo para los británicos, sino para todo el mundo – dadas sus potenciales ramificaciones políticas y económicas.

Brexit (llamado así por la conjunción de las palabras “British” y “Exit”) no solo amenaza con inestabilidad económica a toda la zona euro: la salida de uno de los países más importantes del continente sería un fuerte golpe para la credibilidad de la UE como institución. Se espera que de producirse la salida, las condiciones presentadas por el resto de los países miembros hacia GB sea durísima, con el objetivo de disuadir futuras escisiones. Por otro lado, Obama mismo declaró recientemente que Estados Unidos no saldrá a cubrir el costo, refutando las expectativas de quienes argumentaban que, sin la UE, Gran Bretaña estaría libre para establecer acuerdos directamente con el país americano.

Numerosas instituciones (como el Fondo Monetario, la OECD y el Banco de Inglaterra) estiman como desastroso el escenario post Brexit. Esto ha llevado a sus defensores a centrarse cada vez más en la inmigración como el argumento más fuerte para convencer al electorado a votar por la salida.

Curiosamente, del otro lado del Atlántico, el candidato Republicano promete construir un muro en la frontera entre Estados Unidos y México. ¿Casualidad?

A ocho años de la última crisis económica mundial, las clases medias y bajas de los países desarrollados están viendo una economía que se reactiva, pero que los deja cada vez más marginados y peor situados económicamente: un acceso a la vivienda propia muy reducido y pocas expectativas de movilidad social, son algunos de los factores que muestran la cristalización de sociedades cada vez más desiguales en estos países (y peor aún, más estática y enraizadamente desiguales).  

Frente a un proceso tan complejo como la creciente desigualdad social y la restricción de oportunidades, los estandartes de la xenofobia y el nacionalismo son los más fáciles de levantar como solución. Pensar que frenando la migración de trabajadores se pueda retornar a un idílico estado de prosperidad para “los nacionales”, es una fantasía peligrosa, pero facilista y atractiva.

Las alternativas, desgraciadamente, requieren mucho más de parte de todos los actores. En una nota para Foreign Affairs, Rosanvallon propone un camino diferente: restaurar la igualdad requiere no pensar en soluciones meramente libertarias-individualistas o autoritario- nacionalistas. La verdadera clave, señala, es sentar las bases políticas y sociales en los principios de la singularidad (pero no el individualismo) de las personas, el sentido de reciprocidad entre ellas, y un sentimiento de comunidad más amplia que abarque estas relaciones.

Hasta que los países Europeos no logren colocar estos tres principios como pilares de su Constitución, es muy probable que las presiones a la salida y los roces entre los miembros sigan sucediéndose.

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