Este relato, ya prefigurado y anticipado por la tradición surrealista, es de naturaleza meramente  aproximativa  y,  por  lo  tanto,  enteramente  cierta.  Lo  que  se  narra  es íntegramente  conocido  y  no  poco  evidente:  como  el  argumento  que  fue  génesis  del Facundo o musa de Guiraldes, solo bastan limitados episodios para que su veracidad sea irrefutable. Quizá la narración termine – por inexperiencia o por sigilosa voluntad – cayendo en pequeñas fabulaciones, alteraciones  y recuerdos que alguien calificado  (o cualquier testigo) se ocupará de corregir.

Yo fui (sin desearlo) parte de una arcana trama que, con seguridad estimo, encuentra su causa en una serie de historias (sobre una hipotética fundación mítica de Buenos Aires) que alguna vez se escribirán. Mi seguridad se debe a cierta torpeza con la cual esta serie de eventos interceptó mi biografía: en Suipacha y Rivadavia¹  un cartonero personificó esta revelación. El sur de la ciudad fue la estela de esa primera revelación. No fue una cuestión de anacronías –de las cuales suele abusar la literatura porteña- sino, el exceso de rasgos costumbristas concentrados en pocos metros y la inexplicable presencia de un ejemplar de las obras completas de Shakespeare. Buenos Aires se me presentó en una cuadra;  lo cual juzgue poco estético y de mal gusto.

A las siete de la mañana, Buenos Aires todavía se mueve sin querer despertar a nadie, camina sobre las maderas viejas sin crujidos, a las plazas las inunda un vaho en retirada, los zaguanes están expectantes: la ciudad está a la espera del despertador. Bajé por Rivadavia (podría haber sido Av. De Mayo) hasta la plaza. Nadie ignora que quien camina estas calles, de algún u otro modo, recrea una acción ya sucedida, soterrada en los ensayos del  tiempo².  Las  rectangulares  palmeras  de  la  plaza  nunca  sorprenden,  tampoco  el inexplicable e inerte monolito. (La Casa Rosada podría ser una escenografía decente para cualquier relato, aunque, ciertamente, de poca sutileza; lo cual explicaría la poca presencia en la cuentística argentina). En la explanada Rivadavia la neblina era espesa y hacía de la escena un simple contraste de grises. Entré.

El desfile de los bustos era agobiante, un canibalismo lívido de miradas. Aligeré el paso hasta la escalera Francia. La escalera era lo más placentero del día, es el único lugar de la casa en el cual el color hiere de muerte al mármol y su sangre de fibra escarlata inunda la piedra. Cada escalón era la materialización de un laberinto vertical de infinitos irresueltos. Mi caminar se asimilaba a la inmovilidad a tal punto que eran indiscernibles; la lentitud es la acción misma de la apropiación del tiempo o de su abolición – que es lo mismo-.  Sin  movimiento,  sin  dos  lugares  que  se  nieguen,  dos  instantes  que  se contrapongan, el tiempo es huérfano. Quien prescinde de la prisa, prescinde del tiempo: quietud, experiencia de eternidad. Solo en la razón simétrica del salón de honor esto está permitido.

El resto de la casa tiene como única causa el azar; hay quienes dicen que la casa no tiene una, sino infinitas formas y que cada una de estas le pertenece a cada uno de los potenciales presidentes y a cada una de sus potenciales acciones. A su vez, a cada una de estas acciones le es asignado un destino inquebrantable, con su Casa Rosada correspondiente.

La Escalera Francia concluye en el segundo nivel de la casa, más pretencioso que el primero. Escapé directamente al despacho del vicepresidente para evitar otro exceso de blancos de los salones de la segunda planta. El recinto estaba livianamente habitado por funcionarios. Aquí las precisiones temporales se vuelven difusas, pero recuerdo que espere unos minutos, o algunas horas. Un autoritario caminar se sintió en las maderas, continuó por entre la puerta y el sillón que yo ocupaba, hacia el balcón que da a la plaza. Antes de que llegara al balcón algo se dijo sobre llamar a elecciones (Ya se sabía lo que iba a pasar. Yo lo sé  y cuando suceda lo sabré) Las ventanas de la rosada estaban especialmente circulares, redondeadas, espiraladas; el humo de tabaco, o el mismo techo, colgaba excesivamente cerca del suelo (más que otro días); las esferas luminosas de la plaza eran reflejos eclipsados por la respiración y la niebla de la noche.

Finalmente se decide por el suicidio, sale al balcón con los brazos en alto. La Casa

Rosada ya le había anunciado su destino:

“Trabajadores: hace casi dos años dije desde estos mismos balcones que tenía tres honras en mi vida: la de ser soldado, la de ser un patriota…”

Con una única puñalada penetré su carne.

“…la de ser el primer trabajador argentino.”

¹La hipótesis de que Rivadavia es metáfora de ensueño y que cuando se la camina la vigilia se desvanece me ha quitado la tranquilidad en muchas noches. Suelo concluir que Rivadavia es tan calle como libertador, y que el sueño y la vigilia son la misma cosa.

²Esta definición y refutación del tiempo es consecuencias de pobres lecturas de filosofía germánica.

 

Foto de portada: El Litoral.