Genocidio es una palabra que nace de la mezcla de “genos” (raza en griego) y de “cidio” (matar en latín). Rafael Lemkin, jurista judío polaco, lo definió en 1944 cómo “La puesta en práctica de acciones coordinadas que tienden a la destrucción de los elementos decisivos de la vida de los grupos nacionales, con la finalidad de su aniquilamiento”.  Lemkin tuvo que idear un término que pudiera contemplar este crimen sin nombre, para así sentar las bases de un nuevo Derecho Internacional con el que buscaba encontrar un marco jurídico adecuado para no dejar impunes  las atrocidades cometidas por los nazis frente al pueblo judío. Un nombre para un delito que no busca más que privar del derecho primordial a ciertos pueblos que habitan nuestro planeta: el derecho a la vida.

A diferencia del Holocausto, que ha sido reconocido por la mayoría de los países del globo (en especial por Alemania), que sus criminales fueron enjuiciados y que incluso negar el mismo está prohibido en 30 países, existe uno que aconteció hace 101 años y continúa reclamando justicia: el armenio. No resulta una coincidencia que el jurista no iniciara investigando al pueblo judío, sino al armenio. Es que este ha sido considerado el primer genocidio moderno. Tampoco resulta una coincidencia que Adolf Hitler mencionara en una especie de arenga política para convencer a sus subalternos de aplicar la solución final: “después de todo, ¿Quién recuerda el aniquilamiento de los armenios?”.

La semana pasada, en un gesto del que no quiero analizar la parte política sino su parte humana, el Bundestag (parlamento alemán) reconoció el genocidio armenio. Es muy significativo que este país lo haga, ya que ha sido el perpetrador de uno y podría ser tomado a modo de ejemplo por Turquía. Pero existen diferencias, en ambos casos, que hacen sumamente difícil que Turquía reconozca su culpabilidad.

Turquía nace de la desintegración del Imperio Otomano, y muchos historiadores atribuyen que el genocidio armenio fue un intento de “turquificación” de un imperio en decadencia, que no quería seguir siendo desmembrado y por eso abogaba al ideal nacional turco para mantener su estado. Es en los orígenes de Turquía que encontramos al Gran Crimen presente. Incluso el máximo prócer turco, Mustafa Kemal Ataturk, es uno de los responsables directos del genocidio. Ataturk abogó durante todo su gobierno a una homogeneización poblacional, a una Turquía para los turcos. ¿Existe algún país que apunte contra sus próceres y fundadores en un intento de revisionismo histórico justiciero? No lo existe, y dudo que Turquía quiera ser el primero en experimentarlo. Alemania ha sido refundada luego de la Segunda Guerra Mundial. Luego de la capitulación vino la separación alemana, y luego la reunificación (pero en términos muy distintos a los turcos). No sólo el factor histórico nacional complica el reconocimiento turco del genocidio armenio, también hay una rama económica que no es pequeña. El reconocimiento del genocidio  armenio por parte de Turquía debería venir de la mano con un resarcimiento económico para los familiares de todos aquellos desplazados y desposeídos, donde los más afortunados sólo perdieron sus terrenos mientras otros perdían familiares. Aquí surge nuevamente la pregunta, ¿lo haría Turquía?

Si Turquía no lo hace es también por otro motivo, llamado silencio. Las voces de las naciones del mundo libre han permanecido siempre en silencio por diversos motivos. Durante el genocidio y posteriormente también, me atrevo a decir que muchos países aún guardan silencio por cuestiones políticas. Pero aquí esto no pasa por una cuestión política: existen cuestiones superiores que conciernen a toda la humanidad. El pueblo armenio necesita justicia y reconocimiento. Turquía debe asumir su responsabilidad para saldar una deuda histórica con la humanidad. Porque el genocidio es un crimen contra la humanidad entera. Para ello, es necesario un fuerte compromiso de la comunidad internacional que presione a Turquía política y económicamente; por justicia y reconocimiento. Lo de Alemania puede ser el puntapié inicial, debido a los intereses turcos en formar parte de la Unión Europea. Turquía, en los términos actuales, no reconocerá su culpabilidad ni inculpará a sus próceres. Es necesaria una nueva Turquía que haga mea culpa, que reconozca sus errores históricos y comprenda que es humano reconocerlos. Esos cambios graduales requieren de un serio compromiso internacional por la causa.

El siglo XX ha sido considerado por algunos como el siglo de los genocidios. Y depende exclusivamente de nosotros, los jóvenes, que el XXI sea considerado el siglo de su fin No hay mejor remedio que hacer memoria. Por eso los invito a recordar el impune genocidio armenio. Porque en la memoria de los vivos aún viven los muertos. Y también los invito a pelear por una de las causas más nobles de los seres humanos: el derecho de los pueblos. Lo principal es la memoria. Este hecho no puede ser ignorado ni olvidado por los seres humanos. Pero más que nada no puede ser negado. Sin rencores, sólo con memoria, porque hay veces que la verdad ofende. Pero es necesario contarla.

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