Imagina esta escena: vivir en un lugar en donde el acceso a alimentos tan básicos como el arroz, el pollo o la leche, es racionado. Donde no puedes comprar lo que quieres, cuando quieres o a donde quieres. El uso de servicios como electricidad y agua también tiene limitaciones diarias de entre cuatro y ocho horas. Piensa en un lugar en el que todos los días, al llegar a tu casa, tengas que agradecer que tuviste la suerte de no haber sido secuestrado, robado o, incluso, asesinado. Un lugar en el que la idea de caminar por la calle, después de las 8:00 pm, es inconcebible. O en el que las avenidas estén completamente desoladas luego de la media noche. Como si la ciudad estuviera muerta. Como si la gente, por miedo, se estuviera escondiendo.

Es muy difícil imaginar todo esto. Pero mucho más difícil es vivirlo.

Si tuviera que hacer una lista de todas las causas que han llevado a mi país a su estado actual creo que terminaría escribiendo un libro. Esa efervescencia, esa impotencia que me hace sentir la situación de incertidumbre de mi país, me hace reflexionar. Me hace llegar a la conclusión de que las causas ya no son el foco de atención. Ya no se trata de quién apoya a quien. Ni siquiera pienso en lo que vagamente llamamos justicia. Ahora pienso, más bien, en qué es lo que tendría que pasar para que se resuelvan las cosas. Para así, al menos, pensar en algo que me ayude a creer que sí está dentro de lo posible regresar, en algún futuro no tan lejano, a mi amada Venezuela.
Aquí podría plantear hipótesis de lo que debería pasar, nombrar a economistas, políticos, civiles importantes… Pero la imposibilidad de cálculo es un hecho. El futuro es verdaderamente impredecible para mi país.

Me gusta creer que tendremos suerte, que todo saldrá bien en nuestro intento de referéndum revocatorio. O que algo motivará a los defensores del oficialismo a tomar las decisiones correctas. Me gusta pensar que en nuestra economía petrolera, en la que un grupo político monopoliza las instituciones y el acceso a la renta, ocurrirá un cambio. Ya sea en las leyes, que por fin ayudarán a las empresas a crecer; en las instituciones públicas, en las que no habrá tanta politización; o en el sistema educativo, que dejará de ser tan débil e inconsistente.

En especial, me gustaría que en las áreas que impliquen participación social, el grado de cohesión -de unión entre venezolanos- fuera mayor. Quizás así no nos pisotearían tan desvergonzadamente los que hoy sostienen la batuta.

La polarización política y el desprecio por el que piensa distinto es uno de los principales problemas que se ha engendrado en mi país en los últimos 17 años. Aunque, ahora que la gente está verdaderamente hambrienta, el resentimiento se empieza a tornar hacia otro lado. Hacia los responsables. Ya no interesa andar fijándose en el color de la camisa ajena, ni recordando las promesas de un presidente muerto. La gente está cansada. Sin duda. Lo complicado es decir cómo o cuándo se dará el punto de quiebre. Si se manifestará como un estallido, o como un gradual y largo proceso. Sé que falta bastante para conocer la respuesta a estas preguntas.
Por esto, y más, es complicado pensar en un futuro esperanzador para mi país. En especial, para alguien que nació a mediados de los noventa y no tuvo la oportunidad de conocer esa Venezuela maravillosa de la que hablan mis padres y mis abuelos. Una en la que no todo era perfecto, pero la idea de huir al extranjero no era ni atractiva ni necesaria. Esa Venezuela llena de oportunidades que, vagamente, recuerdan los argentinos que se toman la molestia de preguntarme cómo anda mi país. Las respuestas que tengo que dar me hacen sentir tristeza. Me da escalofríos saber que el daño ya está hecho y que arreglarlo es tan difícil, que ahora contemplo la posibilidad de no volver a radicarme allá jamás.

Este es considerado uno de los peores momentos en la historia venezolana. Y es precisamente por eso que creo que es cuando más vale la pena escribir sobre él. Para que la gente no olvide. Para que, quizás, cuando haya pasado esta fuerte turbulencia y nos reconciliemos entre venezolanos, nos quede una enseñanza y podamos evitar futuros errores. Se necesitará mucho perdón y reconciliación… Pero poco olvido.

Espero que no se confunda mi objetividad con pesimismo. Soy fiel creyente de que más temprano que tarde saldremos de esto. Sin embargo, al no tener respuesta a ninguna de mis preguntas, y ante tanta incertidumbre, lo único que me calma es escribir.

Foto: Diario El Tiempo

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