El debate sobre el aborto ha representado mucho más que una discusión democrática, una deliberación entre ideas contrarias o un evento de ciudadanía participativa. Por sobre todo esto, ha ejemplificado de manera idónea lo peor de la cultura argentina. Esta característica no la recibe por la verdad/falsedad, ética/amoralidad o razón/irrazón de alguno de los dos movimientos impulsores. Este carácter lo ha recibido porque en los meses en los que esta cuestión se ha discutido y dirimido, y especialmente hacia la recta final, destellos de nuestros vicios más perjudiciales y cíclicos han salido a la luz. Estos provienen de todos nosotros, sin importar nuestra ideología, religión, partido político o sexo. Parecería que estas deficiencias, una tendencia natural a la ignorancia y el conflicto, las tenemos instaladas en nuestra condición de argentinos que en ciertos momentos parece más una enfermedad que un orgullo. Lo que en sus inicios fue un proyecto de nación, ha devenido en una amalgama de individuos que simulan ser ciudadanos sin ninguna noción de educación o de patriotismo. Mucho menos de conciencia democrática, y de respeto.

El día de ayer fue definitivamente uno histórico. Para algunos es un símbolo de adquisición de derechos, de la liberación de un grupo social que solía estar oprimido por los estándares basados en las diferencias de género. Para otros es una alegoría de la involución humana, un emblema de la violación de derechos y de pérdida de moral. Dejando de lado es subjetivismo social que nos presenta con una exagerada (y siempre polarizada) divergencia de creencias y percepciones, debió haber sido un día en el que la democracia, errada o no, había triunfado. ¿Ocurrió?

La Plaza del Congreso se tiñó de colores, especialmente verde y celeste. Se colmó de una masa de manifestantes que esperaron en vigilia la decisión de nuestros representantes acerca del futuro de nuestros niños por nacer y de las mujeres. Diez mil banderas, miles de miles de pañuelos, cientos de carpas, micrófonos y parlantes. Pero además de todo aquello, cuatrocientos oficiales de seguridad, diez organismos del estado cooperando para evitar o subsanar la violencia, cuarenta ambulancias preparadas para asistir a los perjudicados por la negligencia o el dolor, cincuenta enfermeros y bomberos preparados para socorrer a quien sufriere de aquello. Veinte ambulancias, treinta puestos de hidratación y asistencia y, por sobre todo, una valla. Un muro de hierro diseñado para dividir a lo que un vocal de la “Marcha por la Vida” llamó “las dos Argentinas”. Un operativo de defensa civil que supuso, con mucha razón, la necesidad de prevenir la mezcolanza entre ambos grupos. Una inversión abismal de recursos humanos y financieros, que se sostienen con nuestros impuestos, para impedir una batalla campal que se encuentra implicada en nuestra incapacidad de convivir pacífica y respetuosamente. El paredón trazado en Plaza del Congreso es mucho más que una medida de protección. Es una representación perfecta de nuestra sociedad, una sociedad que es incapaz de vivir en unidad, tolerando la heterogeneidad y pluralidad de ideas. El muro, por más trillada que esté la expresión después de tantos años de repetirla, es la grieta. Lo preocupante para todos era aquella fisura que se hundía en nuestras afinidades políticas. Yo les aseguro que la fisura ha sobrepasado la banalidad de la inclinación partidaria y se ha afincado permanentemente en nuestro comportamiento cotidiano, que en este día histórico se revela mucho más claramente.

Ni siquiera la división física fue capaz de tolerar el fervor animal con el que muchos de los manifestantes se comportaron. No faltaron los gritos y provocaciones. Eran cantadas las trompadas que se lanzaron unos a otros, como si el que tuviéramos en frente fuera menos compatriota y menos humano. Fueron muchas las peleas en las que los participantes abatían al color distinto como si representara el mal de los males, un cáncer que hay que extirpar y aniquilar. Numerosos fueron los eventos de mayor gravedad. Un señor que dice estar a favor de la vida, atropelló a dos manifestantes a favor del aborto. Que contradictorio, ¿no? Un grupo verde tomó la decisión de entrometerse en el territorio del otro para burlar y desafiar a quienes eran “perdedores”, desencadenando sólo más descontrol y violencia. No solamente en las calles ocurrieron estos eventos de desidia y descontrol. Dentro del propio recinto nuestros diputados sentaron un ejemplo similar. Durante la sesión, los insultos, agitaciones e interrupciones cuando el otro exponía fueron moneda corriente. Durante estos meses, alrededor de ochocientos expositores proveyeron su tiempo y experiencia en sesiones de información y debate en las que, promedio por orador, asistieron sólo siete diputados (de los 257 que son). Asimismo, en su mayoría, solamente estuvieron presentes legisladores pro aborto cuando exponía un representante de su mismo movimiento y en igual manera ocurrió con los pro vida. No se ha dado ningún tipo de debate y deliberación. Como siempre, sólo queremos escuchar a quien nos endulza el oído y reafirma nuestras creencias. Pero qué más da. Somos todos argentinos al final del día.

Pero no solamente la forma en la que esta sucesión de discusiones se llevó a cabo enciende un alerta en relación a nuestra incapacidad de tolerar y escuchar. También lo ha hecho la sustancia del debate. El propio lema del movimiento por el Aborto Seguro Legal y Gratuito lo prueba. Este dice: “educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto para no morir”. Ignorando los dos pasos (mucho menos combativos, radicales y mucho más eficientes) anteriores, nos lanzamos directamente a colocar en vano una curita para cubrir la herida gigantesca que condena a nuestro país. No tenemos instrucción, concientización ni prevención. Existen miles de maneras en las cuales podríamos haber evitado esta ley que tan poco soluciona. Hace decenas de años que nuestros representantes se deberían haber encargado de legislar en pos de una educación que permita a todos ser libres de verdad, que nos permita tomar decisiones, sexuales o no, con conciencia y convicción. Contrario a ello, nuestro sistema de formación primaria y secundaria evidencia horroríficas deficiencias que pagamos y seguiremos pagando con nuestra civilidad. Alrededor del 30% de los ingresantes a la escuela la termina. La gran mayoría de los estudiantes sufren de ausentismo crónico por parte de los profesores, deficiencias infraestructurales y una situación de desamparo que nada se asemeja con el modelo de país desarrollado que nuestros pensadores del siglo XIX idearon. La currícula está desactualizada y no logra hacer frente a los desafíos de estos tiempos ni prepara a nuestros jóvenes para enfrentar las dificultades del mundo y en particular, de nuestro país. No busca formar individuos racionales ni capacitados para tomar decisiones que amplíen su posibilidad de desarrollo. En fin, no permite que nuestros niños y adolescentes tengan conocimiento en igualdad de oportunidades, en todos los aspectos que competen a su libertad posterior y conciencia.

Tampoco tuvimos la posibilidad de detener el problema cuando ya estaba presente. No fueron capaces nuestros legisladores de captar las situaciones dificultosas de las mujeres (y hombres) y desarrollar mecanismos para evitar que recurran a protocolos clandestinos para “continuar con su proyecto de vida”. El aborto seguro, legal y gratuito será una carga presupuestaria adicional de miles de millones de pesos que se podrían haber invertido anteriormente en un acceso facilitado a medios anticonceptivos eficientes, tales como implantes o parches que ni siquiera requieren que no nos olvidemos del preservativo. Una campaña de difusión con presencia del estado en todo el territorio hubiere facultado a las mujeres con un medio efectivo e infalible para sortear embarazos no deseados.

Pero nuevamente nos encontramos con la malévola enfermedad que es ser argentino. Una afección, una dolencia que nos lleva a un ciclo vicioso de intentar solucionar problemas cuando ya están completamente instalados en nuestra sociedad, cuando sus efectos ya se sienten en la vida privada de todos nosotros y, adicionalmente, proveyendo un remedio placebo, que no ataca a la enfermedad y sólo esconde momentáneamente sus síntomas. No permitamos que nos vendan un analgésico por un antibiótico. Las mujeres, con o sin aborto, continuarán desarrollándose en una situación de desamparo educativo donde el estado sólo estará presente en la decisión más difícil en vez de transitar con ellas, a través de la instrucción, los puntos de inflexión donde ellas deberían tomar decisiones y evitar la tragedia. No dejemos que esta ley nos adormezca. Las violaciones continuarán ocurriendo, con o sin aborto, si la seguridad y el estado no se hacen presentes en cada rincón de nuestro país, donde un individuo toma provecho de otro y destruye la integridad física y emocional del mismo. No permitamos que una ley que supuestamente amplía nuestra libertad personal nos embriague de emoción ya que, si no tenemos los medios para hacerla efectiva, no seremos libres.

Foto de portada: Telam.