Cuando escuché sobre la llegada de una low-cost a la Argentina, me pareció una excelente noticia. Soy fan del concepto; una baja en los precios del transporte aéreo pudo, en muchos países del mundo, democratizar el cielo. Pero para mi sorpresa, veo a mucha gente desconfiada, sospechosa de éstas.
El concepto de una aerolínea de bajo costo es un servicio de aviación comercial con una tarifa más económica. Esto se consigue con la eliminación de ciertos servicios y a través de un modelo de negocio que permite bajos costos. En Europa hay miles, y se usan sin cuidado. Las low-cost fueron y son una revolución de los precios que llevó al cielo a gente de todas las clases sociales. Se ha llegado a un punto en el que volar es más económico que viajar en micro o en tren, con la locura que eso significa.

El problema con estas aerolíneas son todos los rumores alrededor de ellas. Sufren de mucha mala propaganda. Son constantes los “ni loco me subo a eso” o los temerosos que juran que se va a caer el avión. Los medios, por su parte, no colaboran; recuerdo muy bien uno de los primeros días de Flybondi, hubo una tormenta y en los medios decía: “No Aterriza Flybondi”. Y no, obvio que no iba a aterrizar. No aterrizó ningún avión, se estaba cayendo el cielo. Otros titulares decían “20% de los Vuelos de Flybondi Demorados o Cancelados” para luego leer en el artículo que se debía a una cuestión legal del Aeropuerto de El Palomar, desde donde opera la compañía. He oído rumores sobre el mantenimiento de los aviones, sobre la calidad
del motor, la capacitación de los pilotos, la nafta utilizada… Me llevó a preguntarme: ¿será realmente así?

La realidad es que rigen las mismas regulaciones internacionales. Sea de la aerolínea que sea, todos los aviones deben cumplir los mismos requisitos de mantenimiento y de calidad. Usan la misma calidad y cantidad de nafta, es decir, la necesaria.
La diferencia está en el esquema de mantenimiento. Pero no porque lo hagan menos seguido ni menos intensivo. Las low-cost emplean un plan de mantenimiento que prioriza los bajos costos, pero no por eso pierde confiabilidad. Al fin y al cabo, un accidente o una falla son mucho más costosos que mantener una flota en condiciones. Estas aerolíneas suelen tener naves más nuevas, apuntando a la menor cantidad de fallas. La lógica es: aviones nuevos, menos fallas, más horas de vuelo. También se emplea un plan de mantenimiento que establece una suma fija por cantidad de horas voladas, lo cual permite predecir los costos de mantenimiento de forma más precisa. Las aerolíneas tradicionales, en cambio, optan por un sistema parecido al del seguro de un auto: pagan, y ante una falla, el seguro les financia el arreglo. Una low-cost no se ve beneficiada por este sistema, de hecho, apuntan a la menor cantidad de errores posibles ya que usualmente cuentan con flotas más reducidas, lo que los vuelve más inflexibles ante imprevistos.
Sé que las low-cost no son perfectas: los asientos son más chicos, hay menos espacio, imponen restricciones en los tamaños y en la cantidad de valijas, cobran hasta el agua y no ofrecen comida. Flybondi, por su parte, cuenta con pocos aviones y un solo retraso genera un efecto dominó en el resto de los vuelos del día. Supongo que es aceptable en una aerolínea tan joven y pionera en el país, con todos los obstáculos que esto implica. El sistema de low-cost tiene sus defectos e incomodidades, que son mucho más irritantes cuando uno está
metido en un aeropuerto esperando hace horas. Pero en algunos casos, quizás, el precio lo
vale. Quizás.

Foto de portada: Jan Claus.