Sean eternos los laureles

que supimos conseguir:

Coronados de gloria vivamos,

¡o juremos con gloria morir!

Son cuatro líneas. Estas cuatro que repetimos en cada acto patrio, antes de cada partido de fútbol, rugby, hockey, tenis, (etc.) en el que se participa. Cuántas veces habremos cantado estas cuatro líneas… es tan poca tinta, pero cargan un significado enorme. No voy a ponerme a analizar cada palabra de esta estrofa del himno, solo quiero hacer hincapié en una palabra clave: gloria. Constantemente, la letra del himno nos invita a vivir llenos de gloria y con la idea que el argentino está dispuesto a morir de forma gloriosa. Qué lejos. Qué lejos estamos de, verdaderamente, creer en una cosa así. “Uy pero qué triste este tipo” dirán. Pero no, no es tristeza. Es una realidad y la última semana lo ilustra.

 

El ARA San Juan (S-42) es un submarino tipo TR-1700 que sirve en la Armada Argentina desde 1985. Fue concebido para ataques contra fuerzas de superficie, submarinos, tráfico mercante y operaciones de minado. El día 15 de noviembre del 2017 interrumpió sus comunicaciones cuando iba en dirección a Mar del Plata, con 44 tripulantes a bordo. Una tragedia, nadie lo puede negar. Ahora hay una pregunta que me estuvo dando vueltas los últimos días y es “¿la gente entiende la magnitud de esta situación?”. Entonces, me puse a pensar y a identificar las tendencias sociales de esta semana. Llegué a la conclusión de que, al argentino de a pie, le importa demasiado poco este tema. La atención y la importancia que se le dio la última semana a esta situación es minúscula y, honestamente, me avergüenza.

Son 44 argentinos, que viven su vida entera entrenando y preparando su cuerpo y mente para servirnos a nosotros, ciudadanos. Su vida se trata de eso: proteger y servir. 44 argentinos que, hace una semana, están desparecidos, el mundo entero se dispuso a dar una mano para encontrarlos y devolverlos a sus casas y, por parte de la sociedad civil, la reacción es nula. No digo que no haya gente que sí se preocupa, que sí siente impotencia, pero el promedio no se inmuta. Y en esto me incluyo: no fue, hasta hace un par de días, que caí en la cuenta de esta situación. ¿Cómo puede ser que no sintamos esta situación a flor de piel? ¿A qué tipo de gloria nos referimos?

Para ejemplificar esto, traje un par de casos pasados: acuérdense hace un par de meses nomas, en agosto, cuando el huracán Irma azotó la costa atlántica de Estados Unidos. Las redes sociales repletas de imágenes, videos y audios acerca de la inundación y de la catástrofe que era Miami. Y la gente sorprendida por este fenómeno que ocurrió a miles de kilómetros. La cobertura mediática fue AMPLIAMENTE mayor a la de la última semana de búsqueda del ARA San Juan (https://www.infobae.com/sociedad/2017/11/20/irma-vs-ara-san-juan-del-show-del-huracan-al-desinteres-por-44-tripulantes-argentinos/). Uno dirá: “bueno che, pero con el huracán hay algo que mostrar, el submarino está bajo el agua”. Está bien, hablemos, entonces, de mi segundo ejemplo: el derrumbe de la mina San José, en Chile. Los famosos 33 mineros, que tampoco eran visibles, los afectados fueron 11 personas menos que esta semana y, sin embargo, la cobertura y el interés fueron inmensamente mayores.

Más allá del nivel de cobertura mediática que se le da (que de por sí es preocupante), la apatía del ciudadano argentino frente a esta situación me avergüenza. Parece que las únicas cosas que adquieren importancia hoy en día son aquellas que dividen. El reclamo por la aparición con vida de Santiago Maldonado convulsionó la Argentina en varios niveles. No por estar la vida de un ser humano de por medio, sino por ser una arena de batalla política que acrecienta y profundiza la disidencia. Porque sí, lo que vende es el conflicto.

Qué mal estamos. Qué triste que lo único que aglutine al pueblo argentino sea la crítica, la queja. Qué triste que la palabra “manifestación” tenga, de por sí, connotación negativa. Parece que explotamos las situaciones que dan lugar a conflicto y dejamos de lado esos casos donde se manifiesta la unión. Pensemos un minuto, por ejemplo, en la peregrinación a Luján de todos los años. Independientemente de la religión que profesas, aunque no la tengas, ponete a pensar un minuto: el día 1 de octubre de 2017, más de un millón de personas se agruparon para caminar a la par desde la Capital Federal hasta la basílica de Luján con el objetivo de expresar su fe. Sin embargo, mucha gente no se entera, nadie habla del tema, en los diarios apenas figura, en la televisión se le dedica unos minutos al aire y es suficiente. A mí no me termina de entrar en la cabeza que la cadena de oración más importante por el caso San Juan haya sido impulsada por la cuenta de twitter de los kelpers en sus Falkland Islands (https://twitter.com/falklands_utd/status/933316563868045312).

Quizá estaré pidiendo demasiado, pero ¿por qué no vemos una manifestación del pueblo argentino en su totalidad, donde dejamos de lado nuestras diferencias para solidarizarnos con la causa, darle fuerza a las familias afectadas y esperar lo mejor de esta situación? Una cadena de oración, videos en instagram/facebook/twitter donde se pida por la vuelta a casa de los tripulantes, lo que sea. Nos jactamos de ser una nación cálida, amigable y empática, pero cuando 44 compatriotas están en riesgo, nos desligamos de la situación. Como argentino, no puedo entender cómo, precisamente, el día de la soberanía nacional (20 de noviembre), la lesión de Darío Benedetto (jugador de Boca Juniors) haya tenido más impacto social que la situación del submarino San Juan.

Este artículo no busca hacerte sentir mal, no busca culpar a nadie. Es mi deber. Mi deber como persona y como argentino. No puedo seguir sentado en mi lugar sin hacer nada, dejando que esta situación vaya y pase. Y, de esta forma, aprovecho para pedirte a vos, que terminaste de leer este artículo, que pienses este tema. Pedí por la aparición del submarino y todos sus tripulantes con vida. Hablalo con tus amigos, con tu familia. Acordate de este horrible momento que está viviendo gente que vive en tu mismo país.

Su canto no lo escuchamos, pero en el fondo sabemos que está ahí. Los 44 siguen de pie, cantando juntos, donde sea que estén. Démosle lo que es suyo, la gloria que merecen. Pongámonos de pie, escuchemos su canto e inmortalicemos su servicio de ahora en adelante. No nos quedemos en el lugar, haciendo como si todo estuviera bien. En palabras de Néstor Garnica: ¡Levantate cagón! Que aquí canta un argentino.

Foto de portada: Juan Kulichevsky. .