A los doce días de septiembre de dos mil diecisiete

Sería errado sostener que cuanto más nos gusta algo, menos nos preocupa transmitir con exactitud la pasión que sentimos por dicha cuestión. Al contrario, cuando la describimos, el único sosiego posible para nuestro corazón es esgrimir con maestría todas y cada una de las palabras que elegimos  para hacerle justicia a eso que nos encantó. El puntillismo, la ductilidad y el entusiasmo trabajan a contra turno para que cada letra pinte con máxima elocuencia la increíble historia que pasó a formar una pequeña parte de Nuestra Suma de Riemann; esa que nos constituye en cuerpo y alma.

Hoy, queridos lectores, me encuentro frente a este dilema de tener que defender algo que considero mi idiosincrasia, y aún así me cuesta encontrar las palabras precisas.  Ciertamente, lo único que puedo hacer es pedirles perdón a ustedes, a la mente de turno que agregó un nuevo color a nuestra imaginación, y sobre todo a los valerosos personajes, cuyo temple y arrojo jamás podrán ser honrados por estas palabras tan indecorosas, y cuyo legado será siempre nuestra sombra.

En mi viaje a través del mundo de las letras, si bien es corto y bisoño, distinguí dos grandes grupos de lectores. Por un lado, aquellos que se valen de sofismas para afirmar de manera dogmática, inflexible e incluso soberbia (pero rara vez con la destreza de Pericles), que no hay aporte alguno que la ficción tenga para ofrecernos. Del otro lado nos encontramos, quizás los románticos, y sin lugar a duda los hombres de fe. Y no creemos que la verdad sea la estructura de este mundo. He cultivado y cultivo gran parte de mi espíritu a través de la literatura, y hoy quisiera compartir esto con ustedes.

En detrimento de la vaga y reduccionista idea que de forma lacerante sintetiza la verdadera esencia de la ficción, y por puro amor al arte, defenderé hoy y siempre  los valores que atesoro. Me presento ante ustedes como “El Flautista, ¿de Hamelín?”, y espero que esta nota sea la primera de muchas. Inspirado en la cita de William J. Spencer: “El discurso del orador debe ser capaz de elevarse sobre la muchedumbre y encantar a la multitud más arisca cual flautista de Hamelín”, agrego la interrogante porque para bien o para mal, flautista soy. Pero sólo el tiempo dirá si logré ser el de Hamelín.

Con el objetivo de ver sus demandas reflejadas en mi “agenda personal”, ciertas ideas recorren ocasionalmente, los intrincados laberintos de mi mente. Presentándose  sin previo aviso o tregua alguna, me toman por sorpresa y con la guardia baja. Tal es su rapidez (y su intransigencia), que no hay espacio-tiempo alguno capaz de gestar adecuadamente, un diagrama ágil que me brinde, eventualmente, una  estrategia que evada de manera satisfactoria el impulso irrefrenable de esculpir en tinta y papel sus reclamos. ¡Hay de mí si intentase, incluso de la forma más precavida, escapar de la hoja para huir de semejante tarea! Quedaría entonces, en mi esencia más primitiva, una herida condenada a nunca sanar: ¿acaso no juré defender, más allá de un amargo corolario, los valores que atesoro? ¿Qué sería de mi integridad espiritual si desoyese, de manera descarada, las cavilaciones que desde lo más profundo de mi alma pujan por salir? ¿Sería o no, en definitiva, el vibrante flautista que puede conmover con sus garabatos a la más adusta multitud? Impersuasibles. Intransigentes. Irreconciliables. Dichas ideas me obligan, en todo su carácter sedicioso, a interrumpir cualquier actividad o compromiso que me encuentre haciendo. Me exhortan, invariablemente, a detener la vida misma. No habría descanso alguno que me permitiese llenar, en caso de ignorarlas, el insondable vacío que quedaría en mi corazón.

Totalmente resuelto, entonces, a librar a mi alma de tan tétrico destino, daré a estas reflexiones el espacio que se merecen, y empezaré por defender la más importante de todas: la literatura de ficción, así como la religión, es una forma legítima para cultivar el espíritu. Tanto la religión como la literatura pueden cumplir la función social y antropológica más importante de todas: la de enriquecer el alma. En definitiva, los límites que definen cuál es cuál se vuelven difusos, y cuando se trata de imbuirnos de los valores que realmente importan, ninguna de las dos es más válida que la otra. Para demostrar tan osada (y digámoslo: polémica) tesis, haré un paralelismo entre dos novelas que han tenido una repercusión enorme en las últimas décadas, y el mayor best selller de todos los tiempos: La Biblia. Dicho paralelismo ilustrará a la perfección esta idea de que podría existir un refugio espiritual en el terreno de la ficción; un abrigo para aquellas pobres y errantes almas, como la mía, que no encuentran su lugar en el mundo religioso, y  por lo tanto, sostener que “no hay aporte alguno que la ficción pueda ofrecer” sería incurrir en un reduccionismo extraordinario.

En el primer ejemplo no voy a dar nombres sino como conclusión, por temor a algún tipo de prejuicio sobre los personajes o el escenario involucrados que conlleve una disminución del rating de esta nota, y por efecto multiplicador, de La Curva. Ya en el segundo caso, voy a aventurar la introducción presentando sin rodeos al joven que nos inspira, creyendo sin razón que ya cuento con su atención, o quizás  ̶ y más probablemente- porque estoy dispuesto a correr el riesgo de quedar como un tonto, por amor, por mis sueños, o por la aventura de estar vivo.

Primer ejemplo:

Henry Tandey, fue un soldado británico que luchó por su país en la Primera Guerra Mundial. Si alguien lo conoce hoy en día, seguramente lo conozca por ser quien tuvo en la mira a Adolf Hitler, y aun así le perdonó la vida.

Durante la batalla de Marcoing, septiembre de 1918, Tandey se encontró en una trinchera con un soldado alemán herido que había quedado en su línea de tiro, no obstante, en un acto de misericordia y caballerosidad bajó su rifle y dejó ir al enemigo, quién le agradeció antes de retirarse. Años después, con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, Tandey reconoció al soldado cuya vida había eximido tiempo atrás, y jamás se lo perdonó. El relato de cómo efectivamente se verificó la veracidad de dicha anécdota además de ser largo, no es pertinente para la referencia que quiero hacer: las enseñanzas de un hombre como Jesús, sin duda alguna aprobarían la forma en la que actuó Tandey frente al enemigo (al menos en este caso en particular) más allá de los amargos acontecimientos que eso supuso. El joven británico mostró que hasta en el escenario más salvaje puede haber honor y dignidad, ¿de qué otra manera puede verse la actitud de Tandey sino como una manifestación, por involuntaria que sea, de amor al prójimo? En prejuicio de la visión falsamente nacionalista que asocia de manera directa e incuestionable el “amor a la patria” con el derrame de sangre “enemiga”, ese veintiocho de septiembre de 1918 Tandey esgrimió como único arma la compasión y la humanidad; y eso fue un acto de perdón. Y todo acto de perdón, se funda en el amor.

Por la misma línea, un personaje viejo, sabio y andariego (y el favorito de muchos) inmortalizó la historia del increíble universo al que pertenece con una reflexión más que similar al “amor al prójimo” que profetizaba Jesús y profetiza la religión católica. Durante el transcurso de su aventura, el protagonista le reprocha al viejo sabio la piedad que años atrás otro personaje tuvo con una criatura que ahora los está observando, confesándole que en el fondo desearía que hubieran acabado con su vida cuando en el pasado, se les presentó la oportunidad. Frente a esto, el viejo sabio le responde que en definitiva fue la compasión la que frenó ese juicio irreversible, y que la verdadera valentía yace en perdonar una vida, no en quitarla. ¿Se ve la similitud? Tanto la religión católica (y estoy seguro de que muchas otras también) como la reflexión de este personaje, terminan fomentando, entre otras cosas, el perdón por sobre todo lo demás. Destacando su cualidad imperiosa para convertirse en un hombre virtuoso.

Ya presentado el caso, lo prometido es deuda, y me toca dar los nombres: el ejemplo citado es un fragmento del primer tomo de El Señor de los Anillos de J.R.R Tolkien. Transcurre en las minas de Moria, cuando Frodo está conversando con Gandalf y se percata de la presencia de la criatura Gollum, que los está observando. Frodo, recordando la ocasión en que su tío Bilbo decidió perdonarle la vida a la criatura, le dice a Gandalf: “ojalá Bilbo hubiera acabado con él cuando tuvo la oportunidad” a lo que Gandalf responde: “mi querido Frodo, la verdadera valentía yace en perdonar una vida, y no en quitarla.” De esta manera, resulta legítimo pensar que un hombre como Tandey, luego de ver el trágico desenlace que desencadenó su clemencia, podría haber encontrado amparo tanto en la religión, como en las palabras de Gandalf; sabiendo que a pesar de las atroces consecuencias, lo que hizo engrandeció su espíritu.

Segundo ejemplo:

El segundo ejemplo involucra, nada más y nada menos que al “niño que sobrevivió”, al huérfano del número cuatro de Privet Drive, al aniquilador del basilisco, al campeón del Torneo de los Tres Magos, al líder del Ejército de Dumbledore, al enemigo mortal de Tom Riddle, al joven que estuvo dispuesto a darlo todo, incluso la vida, por sus amigos: Harry Potter.

Son muchísimas las ocasiones en las que este joven mago nos muestra cómo ser dignos de la nobleza de espíritu que él tiene, pero la anécdota que hoy quisiera contarles transcurre casi en el final del séptimo libro. Cuando en medio del fragor de la batalla de Hogwarts, Harry se da cuenta de que la única manera de destruir a Voldemort y así salvar a la gente que ama, es sacrificándose. Debe entregar su vida al asesino de sus padres sin siquiera presentar batalla, porque mientras él siga con vida una parte de Voldemort también lo hará. Con la misma lógica opera el sacrificio de Jesús. El hijo de Dios decide entregar su cuerpo y sangre para redimir a los hombres de la muerte y del pecado. En un acto de amor renuncia  a la vida terrenal y consuma  así, la salvación del hombre.

 

En conclusión, parece que la cuestión de enriquecerse uno mismo con los valores que realmente importan, no se define en virtud de quién es el narrador de turno, sino en virtud de cuál es el mensaje que se busca transmitir. Desde el universo de la Tierra Media o el mágico mundo de Harry Potter, hasta en La Biblia, vamos a ver que tienen más de un punto en común porque en definitiva, son textos literarios. Como lo resumió espléndidamente un amigo: “Todo el mundo creyó el relato porque la desdicha era cierta, y el padecimiento también, y tal vez hubo algunas modificaciones en las circunstancias y en los nombres propios”.

Sin afirmar de ninguna manera y bajo ningún concepto que las religiones, en definitiva, constituyen un elemento de ficción, y tampoco sugiriendo que la ficción podría ser un credo en sí misma, creo haber demostrado, si me permiten el atrevimiento, una posible forma en que la ficción se vuelve indispensable para nuestra integridad personal. Aunque durante mi argumento, admito haberme manejado con un nivel de alarmante ignorancia y desfachatez. Pero yo les avisé, y les pedí perdón por mi lamentable facundia y escolástica.

Si al final son nuestras acciones las que nos definen, y no nuestros pensamientos, ¿acaso hay una regla que nos diga dónde tenemos permitido buscar fuerza y valor en una hora aciaga? Si cuando el frío queme y el miedo muerda, y cuando el sol se esconda y se calle el viento, nuestro único capital será la destreza con la que pintemos las líneas de color ¿qué más da quién fue nuestro maestro?

 

Foto de portada: Sofi.