Supongo que todos estarán al tanto de lo que sucedió recientemente en la ceremonia de los Martín Fierro de Radio. Por las dudas, se los cuento. Resumidamente, la historia es la siguiente: Alfredo Leuco, periodista, ganó un premio por su labor. Subió al escenario a recibirlo y, durante su discurso, fue agredido. “Hablá de DyN y de Mañeto, cagón, judío de mierda” le gritaron desde abajo. Su hijo, Diego, también periodista, estaba presente en el evento y, ante el insulto a su padre, reaccionó. Se levantó de la mesa y encaró a buscar a aquel que insultó de esa forma a su progenitor para en última instancia “cagarlo a trompadas”, o al menos eso parecía. Sus amigos y compañeros intentaron frenarlo, y entre ellos, se encontraba su novia quien lo agarró del brazo, para evitar que la situación pase a mayores. Logró evitarlo, pero en el proceso, Leuco hijo,  trató bruscamente de zafarse del brazo que lo sujetaba, sin siquiera saber ni fijarse a quien pertenecía dicha extremidad. Fín de la historia… ¿o principio?

Hoy, los medios de comunicación estuvieron diciendo que aquello que hizo Diego Leuco al tratar de zafarse de su novia, en un impulso de enojo por la agresión que recibió su padre, fue violencia de género. Hoy también, yo abandoné un grupo de WhatsApp.

En el grupo somos varios, todos pensamos distinto y, generalmente, nos respetamos, principalmente porque nos tenemos un gran aprecio. Nos gusta debatir, a través de la pantalla del celular y también en persona; siempre lo hacemos. Pero hoy, fue distinto. Empezamos discutiendo el caso que les conté más arriba: si era o no violencia de género, si se estaba sacando el foco de la cuestión antisemita, entre otros muchos temas. Esto sucedía hasta que uno de los participantes del grupo saltó y dijo más o menos lo siguiente: “No sé si es violencia de género o no, lo que sí sé es que es violencia, y la violencia siempre está mal. Las cosas no se resuelven a las trompadas. Si reaccionas así, además de judío de mierda, te pueden decir judío violento”. Termine de leer eso y yo, que estaba participando activamente en el debate, abandoné el grupo, así, sin más.

Hoy, además de todo lo que les conté arriba, se cumplen quince años desde que falleció mi bisabuela, mi baba Keka. Ella, un poco me lo acuerdo, un poco me lo contaron, tenía una frase de cabecera que rezaba: “Comer y rascar…solo es empezar”. Hoy, muchos años después, yo, su bisnieta, le agrego que lastimar también.

Hay actos que uno realiza por reflejo. Para que se entienda mejor, va un ejemplo: cuando te estás quemando, intuitivamente sacás la mano del fuego. Lo mismo sucede cuando te pegan. En general, no te vas a quedar ahí parado, quieto, para que te sigan dando donde te duele. En general, reaccionás.

Mi nombre es Micaela. Mi apellido es poco conocido; no son muchos los que lo saben pronunciar, y mucho menos deletrear o escribir correctamente. Yo soy conocida como Forbel, a pesar de que mi apellido sea Forschberg. Lo mismo sucede con los Lewkowicz, que suelen ser conocidos simplemente como “los Leuco”. Esto del cambio de apellidos es moneda corriente dentro de “la cole”, e incluyo dentro de este grupo tanto a “judíos completos” como a “medio judíos” (siendo este último mi caso).

Mi casa es una casa particular. Acá convive la imagen de la virgen con la de la estrella de David. Yo festejo pascuas, y me empacho de huevos de chocolate, y también, festejo pesaj y como gefilte fish hasta reventar. Con mi familia vamos a la iglesia unas tres o cuatro veces por año y otras tantas vamos al templo. Mi papá cocina knishes para rosh hashana y también cocina Vitel Toné para navidad. Así que si en esta familia sabemos de algo, es de tolerancia y de respeto. Pero también, sabemos de dolor.

No estoy diciendo que la violencia sea buena, ni la estoy defendiendo. Pero, si nunca te dieron un golpe, es poco probable que sepas lo que se siente, y otra de las cosas que seguro desconocés es que nunca, pero nunca, podés predecir cómo vas a reaccionar ante esa situación.  

Mi abuela nació en Mendoza, ¿hermoso, no? No tanto. Nació ahí y no en otro lado porque sus padres tuvieron que escapar del dolor de la guerra. Imaginate cuanto sabremos de dolor en mi familia que así empieza nuestra historia, pero esto no viene al caso. Lo que les quería contar es que ella también tiene una frase de cabecera, una frase que me encanta porque además me da el pie para usar el tan cliché: “como diría mi abuela”. Ella siempre me repite “que cada uno haga de su culo un florero, en tanto y en cuanto, yo no sea la flor”. El problema bobe, es que hoy, sí soy la flor, y me están arrancando los pétalos, me están deshojando como si jugaran con una margarita al “me quiere, no me quiere”.  

“Si respondes con violencia les estás permitiendo que además de judío de mierda te digan judío violento”, les juro que no logro dejar de pensar en eso. Siento que esa frase convierte al golpeado en golpeador. Hay una frase de una canción que me gusta mucho que dice “no siempre gana el que pega primero, tampoco sirve dejarse pegar”. Y, el insulto, señoras y señores, también es una forma de violencia, también es una forma de pegar y, en muchas ocasiones, ese golpe duele mucho más que otros.

El día que te golpeen, vas a ver que no es tan fácil reaccionar en paz. Porque seguramente, antes de pagar con la misma moneda, probaste de mil formas, pero te volvieron a pegar. Digo lo de las veces anteriores porque generalmente, al que le pegan no le dan una vez y ya está, la violencia es repetida, casi como un ritual. Igual, entiendo que no sepas lo que es que te golpeen y me alegro por vos. Porque claro, como te van a golpear si no existe algo así como católico del culo, si heterosexual no es un insulto, y blanco de mierda ni siquiera está dentro de nuestro vocabulario, si que te digan gato no te damnifica sino por el contrario, te resignifica. Qué vas a saber vos de dolor si nunca te pasó como a mi primo, que a los nueve años, los compañeritos del colegio le bajaron los pantalones y lo cargaron por tener “el pito cortado”, o como a mi prima, que una vez cuando volvió al aula del recreo se encontró con una esvástica dibujada arriba del banco, o como a mi viejo que infinidad de veces han dicho en frente de él “estos judíos son todos unos lacras” e inmediatamente después se rectificaran diciendo “pero vos sos diferente”. Te entiendo, te juro que te entiendo, lo único que te pido, es que ahora me entiendas vos a mí.

Foto de portada: Henry Faber.