El mercado laboral es, como tantos otros, un mundo lleno de desigualdades para las mujeres. En general, en una entrevista, los hombres le dan más confianza a lxs futurxs empleadorxs que las mujeres. Además, la posibilidad de embarazo hace que las empresas piensen dos veces antes de contratar a una mujer cercana a la edad considerada socialmente “normal” para que una tenga hijxs, por cuestiones de costos, reemplazos, etc.

Las mujeres, además, sienten que tienen mucha más presión para probar que son tan buenas como los hombres. Más allá del complejo de inferioridad que se nos ha generado en el tiempo, lo cierto es que la sociedad formó fuertes estereotipos y prejuicios de la mujer profesional. Si bien se ha diluido con el tiempo, quizá con el avance femenino en las áreas de Recursos Humanos y Reclutamiento, durante años se nos dijo que para tener más chances de conseguir un trabajo había que ir bien maquillada, con escote, pollera apretada y corta. Como si nuestras habilidades y conocimientos no fuesen lo suficientemente buenos como para merecerlo. Y aun cuando no hagamos caso a esos códigos y confiemos únicamente en nuestras capacidades, se sigue escuchando en la gente la famosa y degradante duda: “¿qué habrá hecho esta para conseguir ese laburo?”.

La peor parte del mercado también se la llevan las mujeres. Ellas son las más precarizadas, las que consiguen más trabajo informal, y las que trabajan menos horas: los trabajos part-time suelen estar ocupados en mayor medida por mujeres que por hombres. Esto tiene que ver, en gran parte, con lo que mencionaba algunos cuadernos atrás sobre el trabajo no remunerado. Cuando hay hijxs que cuidar y una casa que mantener, las mujeres prefieren/necesitan/se ven obligadas a trabajar menos horas para lograr conciliar ambas esferas de trabajo, cosa impensada en el caso de un varón. Esta doble o triple jornada laboral de las mujeres hace que reciban menores remuneraciones, tengan trabajos de menor jerarquía y peores posibilidades de capacitación y formación.

La enorme diferencia entre las licencias por maternidad y paternidad atribuyen también a estas desigualdades en el mercado laboral. Esto no sólo es perjudicial para la mujer, en tanto tiene que encargarse sola del cuidado del bebé en sus primeros meses de vida, sino que también es, de alguna manera, injusto para el hombre, que no tiene la posibilidad de participar de los primeros momentos de la crianza de su hijx. Licencias más igualitarias ayudarían a que la mujer pueda reincorporarse más rápida y fácilmente al espacio laboral, y a limitar la existencia de la múltiple jornada de trabajo femenina.

 

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