Siete horas, siete museos; casi.

Cuando de museos o espacios culturales se trata, soy más partidaria del “menos es más”.  Prefiero recorrer pocos, pero recorrerlos de verdad, no al estilo “tick en mi lista”.  Sin embargo, el sábado pasado, acepté una propuesta diferente: cuantos más, mejor.  Y debo decir que me gustó (perdón a los eruditos del arte que ya quieren dejar de leer, prometo volver y recorrerlos con detenimiento).

Es la Noche de los Museos en la ciudad de Buenos Aires, y unos amigos se proponen conocer la mayor cantidad de espacios posibles.  Tenemos siete horas: los museos van a estar abiertos y con entrada gratuita de las 20:00hs del sábado hasta las 3:00hs del domingo.  ¿Qué quiere hacer cada uno?  Hay que ponerse de acuerdo.  Yo lo único que sé con certeza es que quiero:

  1. Escuchar a la Sinfónica de la ciudad tocando un repertorio de música de películas al aire libre, frente al MAMBA.
  2. Ir a ver la instalación audiovisual “Manifiesto” de Julián Rosefeldt en PROA (¿Cate Blanchett interpretando diferentes manifiestos históricos? Sí, por favor.)

Logré a), no b).

Teniendo esos dos lugares en mente, entro a la página oficial de la Noche y empiezo a fijarme qué más hay para hacer por ahí cerca.  ¡La Usina del Arte! Sí, sí, sí, sí, por favoooooor, please, plischus, ¿vamos?  Ruego.  Mentira, no ruego nada, propongo y mis amigos aceptan de una; así de copados son (además de atareados: dos estudian y trabajan y una estudia ingeniería… queda en mí la labor de decidir qué hacer el sábado por la noche).  En la Usina, van a estar pasando películas de Michel Gondry (director de Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, lo queremos, ¿verdad?) al aire libre. Se inaugura la instalación participativa “Usina de películas amateurs” del mismo autor, donde uno puede crear su propia película en tres horas. Además, van a haber tres recitales (folklore contemporáneo, indie-folk y jazz rioplatense) y una muestra de realidad virtual de la artista islandesa Björk (a quién también queremos).  Tenemos que ir.

Entonces, pasando en limpio: MAMBA, PROA, Usina.  El resto lo vamos a decidir sobre la marcha (a pata, claro está).  Porque la espontaneidad también suma (y porque existe una aplicación de la Noche de los Museos que hace muy fácil ir definiendo in situ qué hacer).

Empezamos, así, escuchando a la Sinfónica frente al MAMBA.  Música de Pocahontas, Cinema Paradiso y La lista de Schindler, entre otras.  A mi parecer, imposible encontrar una mejor manera de largar.  Hay algo sobre escuchar música al aire libre que me llama, algo poético en la acústica imperfecta acompañada de bocinas de auto que, de vez en cuando, se suman al repertorio.

Después, enfilamos para la Usina.  Camino allá, pasamos frente al Museo Histórico Nacional y decidimos echarle un vistazo.  Vemos la reconstrucción del cuarto de San Martín en París, su sable corvo, imágenes de la Conquista del Desierto y debatimos, un poco nomás, sobre el revisionismo histórico.  Es que mis amigos son muy cultos y eruditos (yo, lamentablemente, no tanto).

En la Usina, las filas para entrar a las muestras de Gondry y Björk son cuasi interminables.  Bueno, lo dejamos para otra vuelta.  Acordate Bárbara, hoy es cuanto más mejor, la idea es ver, a la luz de la luna y amigos en mano, qué te tienta visitar otro día.  Recorremos, entonces, la Usina por dentro – sin entrar a ninguna exposición -, algo que, ya de por sí, cuenta como visita artística, y nos vamos a comer algo en unos foodtrucks que se encuentran enfrente, bajo la autopista (sí, bajo la autopista).

Después, y antes de enfilar para PROA, pasamos por el Museo del Cine Christian Ducrós Hicken.  Con sus afiches de películas argentinas (tengo una cierta obsesión por los afiches), sus bocetos de vestuarios (que más bien parecen obras de arte) y un rincón donde los más pequeños pueden jugar a “pintar” las cintas de película como se hacía antes, cuando recién comenzaba el cine a color, el Museo es, a mi parecer, uno de los highlights de la noche.

Antes de llegar a PROA, vamos a pasar por arteBA focus, ¿les va entrar?  Dale, de una.  Nos adentramos, así, en el galpón enorme que alberga una exposición de arte que solo durará dos días: expo de fin de semana.  Es casi la una de la mañana (lo sabemos porque en la entrada nos explican que la muestra cierra a la una, que tenemos 10min máximo para visitarla), así que, técnicamente, la estamos visitando en su segundo y último día.  Casi como que estamos “inaugurando” el segundo día, ¿no?  A ninguno nos fascina mucho la muestra (aclaremos, dicho sea de paso, que sabemos poco y nada sobre arte, así que es tan solo una cuestión de gusto personal), pero a todos nos atrae el espacio.  Los galpones a la noche y con iluminación tenue tienen ese no-se-qué.

Seguimos.  Llegamos a PROA.  Ya son casi las dos de la mañana.  PROA cerró.  Cerró.   Chau Cate.  Me enojo un poco (no sé si conmigo misma o con los organizadores… ¿no era que todo estaba abierto hasta las 3am?).  Pero un amigo rescata la noche.  Che, hay una muestra de Robert Capa en la Casa Nacional del Bicentenario… ¿vamos? Sí.

Y así, le ponemos entonces brochecito a la noche: miramos fotos que deslumbran, no solo por su composición visual, si no por su diversidad, y porque Capa parece que, además de hacer fotoreportajes de guerras, era amigo de Pablo Picasso, Ingrid Bergman, Truman Capote y otros.  Pequeña molotov artística.

Así que esos fueron nuestros siete museos (casi, sustraemos PROA) en siete horas.  El movimiento de una noche que, además de servir de paneo para mis futuras aventuras artísticas, disfruté mucho.  Ahora queda volver, y recorrer.

Recorrer de manera más lenta, como solemos hacer.