Imagina que alguien tira una bomba en el medio de la calle y mueren personas inocentes. Imagina que el Estado no hace nada y las personas, que solo buscan sus derechos, siguen sufriendo. ¿Podés relacionarlo con sucesos actuales? ¿Qué está pasando con las mujeres en las sociedades modernas? El feminismo se inserta en las sociedades con un discurso profundo, más allá de lo que se ve simplemente a través de ilustraciones.

Como estudiante de relaciones internacionales, comparto un supuesto crucial con el feminismo: el lugar donde se desarrolla la política. No hay idea completa de política si solo la entendemos como lucha por el poder del Estado. Una frase que condensa la ideología es la que postula que “lo personal también es político”. No es casualidad que el slogan sea éste ya que, para esta corriente, la política también ocurre en la vida privada. La política está en los dormitorios, en el café de la esquina, en las canciones populares y en toda acción del día a día. La línea que separa lo público y privado es entonces difusa. La política es una forma de dominio porque involucra relaciones de dominación, habiendo una distinción muy clara entre gobernantes y gobernados. El sujeto que ejerce la dominación en este caso es el género masculino, y el feminismo puede ser comprendido como la historia de la dominación de los hombres sobre las mujeres. Acá radica la importancia de discutir sobre este tema. Hay que desnaturalizar la cultura actual e intentar cambiar la cultura que creamos. Es una lucha cultural para romper con los órdenes estipulados en la sociedad.

Es necesario diferenciar dos conceptos claves para poder hablar del feminismo. Según Okin, la definición de género remite a la diferenciación sexual socialmente construida. Es decir, remite a los roles, expectativas y normas que estructuran la diferencia sexual. Nos referimos a ciertos roles culturalmente asignados, atribuidos a un status natural. Por otra parte, la palabra sexo refiere a diferencias biológicas, caracteres sexuales y genitalidad.

Lo que no dejé de escuchar en todo este tiempo es la pregunta: por qué la palabra feminismo y no igualdad de derechos, o algo del estilo. Esta línea de pensamiento es sin dudas parte de los derechos humanos en general pero hace especial énfasis en el problema de género. No denominarlo así sería una forma de esconder que el problema que se pretende explicar no es el hecho de ser un ser humano sino un humano femenino.

Si hacemos algo repetidamente, se vuelve normal. Si las revistas de época muestran siempre la imagen de una mujer en la casa y estereotipan su rol en la sociedad como madre de familia, se vuelve natural verla de ese modo. Lo mismo sucede cuando las cabezas de corporaciones son hombres y casi no se ven mujeres en esos puestos. Luego, es natural que solo los hombres ocupen dichos puestos. Por tanto, la segregación y discriminación sexual en las fuerzas de trabajo pasa a ser parte natural del pensamiento humano. Hay apenas más mujeres que hombres en el mundo (alrededor del 52% de la población son mujeres) pero la mayoría de las posiciones de poder y prestigio son ocupadas por hombres. Tal como dice Wangari Maathai, mientras más alto uno va en cargos laborales, menor es la cantidad de mujeres que hay.

Es innegable el hecho de que los hombres y las mujeres somos diferentes. Tenemos hormonas y órganos sexuales diferentes, a la vez que habilidades biológicas diversas. Los hombres tenemos más testosterona y somos, generalmente, más fuertes que las mujeres. Sin embargo, la socialización exagera las diferencias, donde lo que importa es nuestra actitud y forma de percibirnos superiores o inferiores con respecto al otro sexo. La separación en la formación de género para el feminismo es un proceso masculino. El varón forma su personalidad separándose de la madre mientras que la mujer se hace uniéndose a ella. Los feministas defienden la idea de poder como posibilidad de cooperación mutua, como habilidad para actuar en concierto. Si lo que importa es la posibilidad de que mujeres y hombres desarrollen la vida juntos, entonces no se busca la supremacía femenina por sobre la de los hombres.

Nosotros como sociedad debemos ser autocríticos y entender qué parte de la culpa es nuestra. Nosotros les enseñamos a las niñas a preocuparse por lo que los varones piensen de ellas. Nosotros impusimos que las mujeres deben ser femeninas, que no deben jugar al fútbol o que no pueden tener tono agresivo cuando hablan. Si una mujer no tiene como prioridad la idea de formar una familia y decide enfocarse en su carrera, puede ser juzgada por no querer hacer “lo que le corresponde naturalmente”. Nosotros definimos la masculinidad de forma angosta como una construcción social donde un verdadero hombre tiene que poseer virilidad. Desde chico escuché frases como “los verdaderos hombres no lloran”, “los verdaderos hombres no son sensibles” o “los hombres son fuertes”.  Las generaciones pasadas enseñaron a los varones a temerle a ser débiles o vulnerables. Chimamanda Ngozi Adichie dijo en su artículo “Todos debemos ser feministas”, que se les enseñó a los hombres a esconder detrás de una máscara su verdadera forma de pensar y sentir para ser hombres fuertes.

El problema con el género es que prescribe como deberíamos ser verdaderos hombres y verdaderas mujeres según los estándares de  la sociedad, dejando de lado nuestra verdadera esencia de humanidad. Muchas veces pienso que la vida sería muy distinta si no tuviéramos las expectativas del género. En mi cabeza, sería un mundo más feliz, uno compuesto por gente más sincera consigo. Entonces, ¿por qué no tomar esto como punto de partida para comenzar a cambiar la sociedad en la que vivimos? Mi propuesta, tal vez un poco ambiciosa pero sincera, es que se debería modificar la forma en que los hijos son criados, enseñándoles el valor que tienen las personas sin importar el sexo de estas. De esta manera los niños y niñas no sentirían la presión de cumplir con los estereotipos impuestos, siendo más respetuosos con el otro, siendo más humanos con nuestro prójimo. La genitalidad no debe definir lo que podemos llegar a ser. Esto es algo que parece obvio, pero en la práctica no lo es tanto.

Un análisis completo del feminismo no puede hacer oído sordo a la problemática que gira en torno a la violencia. Si bien estipulé que el feminismo es una lucha para conseguir la igualdad jurídica de los individuos, es también la lucha contra los actos violentos, contra los abusos y piropos en las calles, a todo aquello que irrumpa con la libertad femenina. ¿Alguna vez te preguntaste cómo se implantó el ideal de supremacía del varón por sobre la mujer? Tal como dice el poeta y periodista Eduardo Galeano “el miedo de la mujer a la violencia del hombre es el espejo del miedo del hombre a la mujer sin miedo”. No podemos temer a una mujer luchadora, a una mujer que tenga agallas a ponerse de pie y pedir lo que le corresponde. Debemos hacer su causa nuestra causa. Al fin y al cabo, si no somos feministas, ¿qué somos?

Foto de portada: wilmotuhs. .