Un coche bomba explota en una zona céntrica comercial de Mogadishu, la capital de Somalia, fagocitando ante el estruendo a toda su vecindad. Bajo los escombros, familias desesperadas buscan a sus conocidos, sus maridos, sus hijos, y entre el polvo resuena el silencio del pánico. Los hospitales desbordados, médicos exhaustos intentando mantener los ojos abiertos, mientras en los pasillos se escuchan los ecos de gritos y aullidos de personas, llorando y rogando por las vidas de sus familiares. Ésa fue la cruenta escena de violencia y terror del sábado pasado, que terminó con un saldo de al menos 302 personas, cientos de heridos, y al menos 70 desaparecidos hasta el día de hoy.

Aún no ha habido grupos que salten a la chance de acreditarse el ataque, aunque desde el gobierno hay una sospecha fuerte que prima que pone a al-Shabab, un grupo fundamentalista vinculado con al-Qaeda y que radica en África del Este, en el foco de la imagen. Éstos tienen como fin el derrocamiento del régimen, para imponer un gobierno que se rija por la ley islámica estricta, y han estado en conflicto con el gobierno desde el ascenso de un gobierno frágil, alineado con la ONU en 2007.

Desde el comienzo del conflicto, la capital ya ha sufrido varios ataques a lugares de perfil alto; sin embargo, éste sería el peor ataque que ha sufrido Somalia en manos del grupo alegado. El nuevo presidente Mohamed Abdullahi Mohamed afirmó que los combatiría con más fuerza, a la par de Donald Trump que le garantizó su apoyo; al-Shabab, frente a esto, ha asegurado que acrecentará la magnitud de sus ataques. Este ataque preocupa tanto a los 2 millones de pobladores de la capital como al gobierno, que temen que sus esfuerzos de proteger a los ciudadanos no puedan ser lo suficientemente fuertes.

Hay una diferencia, cruel pero ineludible, entre este episodio y otros ataques de naturaleza similarmente inhumana. Parece haber una razón que apunta a: por qué este ataque no recibió cobertura de 24 horas en las noticias, ni hubo un #PrayFor como tendencia en Twitter, ni tampoco se expresó la indignación global de jefes de estados y ministros y poblaciones enteras. Porque no fue París, ni Londres, ni Barcelona, ni Washington. Fue en Somalia.

No me parece justo comparar atrocidades humanas. En su trasfondo, siguen siendo eso: situaciones que nadie tendría que padecer jamás, en cuyo epicentro no hay nada más que sufrimiento, corazones rotos y lágrimas. No es difícil perder de vista el costo de una vida humana al poner una al lado de la otra como si estuvieran escindidas de su inconcebible situación, las cuales nunca lo estarán.

Pero, al mismo tiempo, debemos preguntarnos por qué ocurre esto. Por qué eventos iguales tienen resonancia tan diferente cuando ocurren tan solo a kilómetros de diferencia. Por qué ocurre, y sigue ocurriendo, sistemáticamente en el tiempo. Y preguntarnos si tal vez, solo tal vez, no habrá algo seriamente equivocado con esta imagen.

Solo al preguntarnos por qué esto pasa, nos garantizamos una chance que no vuelva a suceder.

 

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