Entre el debate “Cataluña: ¿sí o no?” y el miedo latente ante la pregunta “¿Argentina clasifica?”, el mundo (o por lo menos para nosotros) parece que fue fagocitado y colocado en una pausa incesante. Sin embargo, entre referéndums y partidos de futbol, Palestina e Israel parecieron, aunque sea por un momento, englobarse bajo una causa común – causa que tuvo rostro de mujer.

Como manifestación en pos de la paz entre ambas naciones, mujeres palestinas e israelís, vestidas de blanco, marcharon lado a lado durante dos semanas, en un trayecto que conectaba Cisjordania con Jerusalén, a lo largo de una travesía cuasi-bíblica. La marcha fue organizada por Women Wage Peace, un movimiento pacifista formado en 2014 tras la guerra de 50 días en la Franja de Gaza, donde se cobraron las vidas de al menos 2100 personas, en su mayoría civiles. La organización tiene como fin alcanzar un acuerdo bilateral aceptable entre ambas partes para terminar con el conflicto, teniendo como horizonte la fecha límite de 2018, cuando se cumplirán setenta años desde el origen del conflicto palestino-israelí.

El conflicto, que en un principio tenía carácter territorial y de definición de fronteras, alcanzó dimensiones estrambóticas, donde ya parece que no hay acuerdo plausible entre las partes, y donde, en su centro, hay miles de víctimas, familias devastadas, y un panorama poco iluminado. Frente a casi siete décadas de conflicto, que inició en 1948, miles de mujeres dijeron basta. Miles de mujeres eligieron la unión por sobre la fractura. Miles de mujeres marcharon por la paz.

“Somos mujeres de la derecha, de la izquierda, judías y árabes, de las ciudades y las periferias, y hemos decidido que juntas pararemos la próxima guerra”.

Treinta mil mujeres, según indican los números afirmados por la organización a cargo, concurrieron al acto de llegada de la marcha en Jerusalén el domingo. Antes de esto, desde el 24 de septiembre, miles de estas mujeres atravesaron el desierto que separa la llegada de la salida. Mujeres –palestinas e israelís, más o menos religiosas, más o menos vinculadas con algún partido– fueron, por estas dos semanas, únicamente eso: mujeres haciéndose escuchar, pidiendo la destrucción de un paradigma que rigió sus relaciones durante años: la guerra, la venganza de sangre por sangre.

La manifestación, además de tener un fin pacifista, montó una plataforma feminista para ambas naciones de Medio Oriente: la demanda de mayor representación política femenina en la toma de decisiones vinculadas con la temática.

La manifestación fue fuertemente repudiada por Hamas, el grupo fundamentalista palestino-islámico que desde el 2007 ejerce control gubernamental sobre la Franja de Gaza, y es considerado por Estados Unidos, Israel y la Unión Europea como una asociación terrorista. Este, que se ha vinculado bélica y de manera armada con su vecino israelí durante años, afirmó que la marcha era una iniciativa palestina por “normalizar los vínculos con Israel.”

Junto con el rostro de mujer, vino la voz de mujer, pidiendo firmemente no solo la paz, sino el ser escuchada y representada. Palestinas, israelís, derecha, izquierda… todas líneas de fractura, disueltas bajo el efecto aglutinante de la guerra y la paz, la catástrofe y la esperanza.

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