En ese sentido y en ese preciso orden se pudo escuchar al rector Ernesto Schargrodsky al dirigirse a los donantes de la universidad en la cena anual de recaudación de la Universidad Torcuato Di Tella del 3 de octubre de este año.

Se refería a la crisis que atraviesa el modelo educativo argentino actual a la hora de formar a las generaciones futuras, y destacaba así el esfuerzo de una universidad y una fundación que buscan enfrentar esa tendencia hacia la crisis. “Un archipiélago en el inmenso mar de la educación argentina.”

El título también puede leerse al revés, mejorar las instituciones a través de la educación y mejorar a ésta, a través de los incentivos. Y es que alterando una de esas variables, generamos un efecto dominó positivo. La igualdad de oportunidades necesita de un factor que discrimine y permita seleccionar a esos futuros alumnos de la casa y el rector hacía alusión a que aquel factor eran las calificaciones de la escuela secundaria.

Mencionaba que el problema reside en que las instituciones actuales y la sociedad argentina no generan incentivos en los alumnos de la escuela media a querer involucrarse en alterar esa variable, sus calificaciones. Hay una racionalidad detrás de ese comportamiento: dado tal esquema de incentivos, la inversión es muy costosa respecto de la proyección de ganancias visible por los alumnos en el mercado laboral, o como el profesor Pablo Schiaffino los llamaría, rebeldes con causa.

Formar talentos a partir de ese alumnado, dada la limitación de recursos, requiere de una tarea de selección que a veces atenta contra el estándar que se quiere sostener, la igualdad de oportunidades.

¿Y cómo sigue ese dominó? Si logramos que haya un interés en la escuela media argentina, haciendo visibles los beneficios de formarse bajo una educación competitiva a nivel mundial, inevitablemente terminaremos por mejorar la calidad de las instituciones de la Argentina, con esos futuros líderes a la cabeza. ¿Y quién sabe?, no por ser muy ambicioso, pero esos líderes podrían quizá, algún día, trasladar ese modelo de educación de calidad de la institución privada sin fines de lucro a la institución pública.

Es un cambio que comenzó a gestarse desde hace muy poco en la historia argentina, si lo vemos desde la llegada de Torcuato Di Tella a la Argentina hasta la inauguración del Campus Alcorta, pero el efecto es de bola de nieve: cada año se supera el récord de ingresantes y el estándar de exigencia lo acompaña.

Es por eso que la tarea de personas como Graciela Cairoli, alumnos, donantes y todo el cuerpo de profesores, comprende una gran responsabilidad sobre el futuro de las instituciones argentinas.

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