Hoy Cataluña amaneció al grito de “som gent pacífica, només volem votar” (Somos gente pacífica, sólo queremos votar”). Hoy, 1 de octubre de 2017, el pueblo catalán se juega una parte importante de su futuro. Celebraron un referéndum para decidir si quieren o no ser independientes, pero de celebración nada tuvo. 

Después de meses de discusión política entre autoridades españolas y catalanas, ansiado por unos y temido por otros, llegó el día. Se materializó el choque de trenes entre Madrid y Cataluña. España se enfrenta a una crisis institucional de difícil resolución, y hoy quedó claro que la solución no está cerca. 

La respuesta frente a la amenaza independentista fue represiva física y políticamente. Balas de goma, cierre de escuelas, confiscación de urnas, boletas y propaganda en favor del “Sí”, además de violencia contra quienes intentaban sufragar.  

¿Es esto una democracia? Si seguimos las definiciones clásicas dentro de la Ciencia Política, la respuesta será difícil de configurar. Lo primero que se me viene a la cabeza es el derecho de autodeterminación, la libertad de expresión y el derecho al voto. Cuanto menos, la democracia española se encuentra dañada. Las elecciones y la libertad de expresión son atributos centrales de esta forma de gobierno, y hoy se vieron comprometidas por el accionar del poder ejecutivo nacional.

Para llevarlo a términos argentinos, la grieta catalana-española está más abierta que nunca. Sean cuales fuesen las razones para votar por el sí o por el no (cultura, economía, sentido de pertenencia), deben ser respetados y garantizados los derechos de todos los ciudadanos catalanes. Quienes quieren el sí y quienes quieren el no.

¿Qué pasa si gana el no? Se termina la discusión ¿Qué pasa si gana el sí? Nadie lo sabe, ni los mismos políticos ¿Y si gana el sí pero con poca participación del electorado? ¿Serán independientes? Tampoco lo sé, pero ninguna nación se independizó estando de brazos cruzados.

El camino planteado por Cataluña es el de una revolución por la vía democrática, la cual merece ser respetada, escuchada y aceptada por España y el mundo. El resultado del referéndum debe ser tomado como lo que es: la voz de un pueblo expresándose a través de las urnas, el mejor instrumento que tenemos para decidir.

Sea por el sí o por el no, queda mucha historia por escribir. Los catalanes deben tener la oportunidad de expresarse en paz, de ir a votar sin el miedo como condicionante. Sólo ellos pueden decidir su futuro.

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