Hace días que quiero escribir esto. Miro mi compu, tiro unas líneas y nada me convence. Vuelvo al papel, la vieja fuente. Agarro la pluma y garabateo esquemas que doten de sentido a todos estos sentimientos que tengo dentro. Nada funciona.

Ni la bronca, ni la impotencia, ni la amargura se explayan en las palabras de la manera en la que mi cuerpo las siente. Me freno y pienso: “quizás es que no tenés que escribir nada”. Acepto ese pensamiento y cierro el cuaderno azul que tanto atesoro. Pasan dos minutos y me cuestiono lo que me pasa.  “¿Cómo voy a dejar todo esto tan impune?”, reflexiono. Vuelvo a la compu y la prendo. Apreto las teclas con fuerza, como si quisiera descargar toda esta ira que tengo. “Qué boludo” pienso. Le aflojo a la intensidad de las presiones y me focalizo en deconstruir en palabras este grito que llevo dentro.

“¿Qué nos está pasando?, ¿cómo fue que llegamos a este punto de frivolidad y desencanto?, ¿cuándo fue que tantos de los míos le dieron la espalda a la empatía?, ¿quién fue el primero en arrojar la piedra de la mentira?. ¿Dónde quedó nuestra memoria?” pienso, pienso y pienso. Mi mente no se calla y realmente necesito decir todo esto, por mí, pero también siento que mucho es por él.

“¿Dónde está Santiago Maldonado?” me pregunto, me repito e interpelo a mi entorno. “No sé” me contesto y me contestan. Y es ese desconocimiento el que más me está perjudicando. No está acá en Buenos Aires, no está en Chubut, no está en Chile, no está en el planeta Tierra. O quizás sí, y eso es lo más grave. Porque le escribimos a Santiago y no nos puede contestar. Porque lo llamamos a Santiago y no nos puede atender. Porque gritamos por Santiago y él no nos puede escuchar. Y es ese frío desconocimiento el que más duele. El que pega profundo.

Porque sí, ya sé que yo no soy Santiago, y sí, tampoco soy su familia. ¿Pero sabes qué? Antes de preguntarme si Santiago era como yo, si era K, macrista, socialista, kurdo o extraterreste, Santiago es un ser humano. Santiago soy yo, sin serlo. Santiago es mi vieja, sin serlo. Santiago sos vos, sin serlo. Santiago somos todos.

Esto que le pasa a él, nos pasa a todos. Nos interpela como sociedad y nos clava una lanza en nuestras espaldas como presionándonos para que nos sigamos moviendo en su búsqueda. Porque la quietud lo hace desaparecer por segunda vez, por tercera, por cuarta, por millonésima vez. Una vez por cada uno de nosotros que no hizo nada para buscarlo, que no hizo nada para que Santiago no siga desapareciendo. Y yo con esa carga moral no puedo. Porque me vale poco, probablemente nada, si a Santiago lo diferencian más cosas conmigo que las cosas que nos unen. Es un ser humano. ¿Qué otra cosa necesitas para darte cuenta?

Oigo gente que dice que “La violencia no resuelve nada”. ¿De qué violencia me hablan? ¿50 personas de 200 mil protestando desmedidamente? ¿Eso es violencia? Y si lo fuera, claro que no resuelve. ¿Pero sabés una cosa? cuando sentís que el desencanto es orden; cuando buscás lo que más amás entre la dureza del eco; cuando el Estado te da la espalda; cuando la justicia no solo no ve, sino que no se mueve; cuando la sociedad se preocupa más por unas pintadas que por una vida; cuando los medios tergiversan todo y hacen foco en si se debería hablar o no sobre Santiago en las escuelas; cuando todo eso pasa, ¿no te parece que eso es la verdadera violencia?. Todos sabemos qué marcas dejan los aerosoles, ¿pero alguien puede decirme cuáles son las marcas que deja el peso de la ausencia en las almas de quienes aman? Yo creo que eso es violencia.

Y créanme, nada deseo más que creer que Santiago está en un comando kurdo-iraní-venezolano entrenado por para-militares cubanos cagándose de risa de estas, ya muchas, oraciones. Pero mientras tanto, y hasta que no se confirme, seguiré gritando. Hasta que me quede afónico, sin voz. Hasta que se me quiebre la garganta si hace falta. Porque más me dolería el silencio. Un silencio que es cómplice.

 

Foto de portada: luzencor. .