Para el gran sociólogo C. Wright Mills, una cualidad clave que todo cientista social debe tener es la “imaginación sociológica”, que implica poder “captar la historia y la biografía y la relación entre ambas dentro de la sociedad” (2003: 25, 26). El sociólogo distingue entre lo que llama inquietudes personales, que serían asuntos privados de uno, de problemas sociales que atañen a toda la sociedad, no solo a un individuo, y por eso son públicos. Un ejemplo que da: si en una sociedad sólo un hombre carece de empleo, entonces éste debe lidiar con su condición de desempleado como si fuera un asunto privado, una inquietud personal. Ahora bien, si estoy desempleado, pero hay un 30% de la fuerza de trabajo que está desempleada, en este caso se trata claramente de un problema social, un desajuste en los dispositivos institucionales (2003:28). Así, la biografía se entrecruza con la historia.

Pensemos esto en relación a los estereotipos de belleza. Más allá de que creamos que lo más atractivo físicamente en una persona son los ojos grandes, que sean más curvilíneos, o que tengan piernas largas y estiradas de modelo, es raro encontrarse a un individuo que no sienta al menos un leve malestar con su apariencia, o que no desee cambiar algo si tuviera la oportunidad. Entonces, este malestar, ¿es una inquietud personal, o es un problema social? Mi opinión es que se trata definitivamente de un problema social. Más allá de la obvia responsabilidad que tienen los medios de comunicación en todo este tema, creo que deberíamos hablar de consensos y acuerdos tácitos que el común de las personas comparte (inconscientemente). Para entender esto, primero voy a introducirlos al gran Pierre Bourdieu, uno de los pensadores más importantes del siglo XX,  que creó el concepto de “habitus”. El habitus es básicamente un “sistema de categorías, de percepciones, de pensamientos, de acciones y de apreciaciones. Es decir, es lo que hace que, ante la misma situación, dos personas tengan opiniones diferentes, tengan diferentes construcciones de la realidad (…) Estos habitus son producto de la incorporación, incluso podríamos decir de la somatización de estructuras objetivas.” En criollo: en tu vida dentro de una determinada sociedad, hay ciertas condiciones que son objetivas. Un ejemplo en nuestra sociedad occidental sería que veas en la tapa de una revista para mujeres a una modelo más parecida a una Barbie de plástico que a un humano de carne y hueso. O también, que la superestrella de la nueva película de superhéroes tenga aires a Marlon Brando y unos ravioles cincelados en su estómago, y que sea nombrado como “el hombre más sexy del año” por People. Después, están las estructuras mentales de cada persona, que es cómo cada uno percibe la realidad de forma subjetiva. Cuando no me saco la remera en la playa porque no me gusta mi rollito y me paso todo el día avergonzada, se podría decir que estoy actuando en sociedad de acuerdo a cómo percibo mi realidad: percibo que para la sociedad lo “lindo” es la panza chata entonces no voy a demostrarle al mundo que, efectivamente, mi cuerpo tiene grasa. Cuando alguien me dice “¡Ay estás más flaca!”, yo automáticamente lo considero un cumplido. El buen cientista social se debe preguntar, entonces, ¿pero por qué es la panza chata lo considerado “lindo” y no una zarpada zapan? Podrías decir “Ah pero vos querés incitar a la gente a tener diabetes” y yo te contestaría que no se trata de lo que es sano (que un hombre se inyecte esteroides para tener bíceps es tan poco saludable como ser obeso y no poder mover un dedo), sino que se trata de una CONSTRUCCIÓN SOCIAL, que es ARBITRARIA. Obvio que los individuos tienen capacidad de agencia y pueden darse cuenta de que no están obligados a gastar la plata en una lipo y pueden en vez gastarla en un banquete en el Club de la Milanesa. No somos robotitos.

Lo que una sociedad considera “bello” ha cambiado a lo largo de la historia. No hay más que fijarse en los cuadros de Rubens para ver que por el Renacimiento las mujeres consideradas más atractivas eran rellenitas, bien pálidas y rosaditas. Por mucho tiempo la palidez fue un símbolo de belleza porque demostraba tu posición social: si estabas blanquita era porque no tenías que pasar tiempo en el campo al rayo del sol arrancando papas de la tierra para poder comer. Hoy en día para muchas mujeres es un bochorno atreverse a usar una pollera cuando viene el calorcito si aún tienen las piernas blancas cual vampiro. Primero tienen que estar quemadas. Ahora, ¿qué pasó entre el Renacimiento y el siglo XXI que hizo que tengamos que poner nuestros cuerpos a freír cual rabas bajo el sol para “estar lindas”? De nuevo, personalmente no me podría importar menos cumplir con este estándar y muchas mujeres piensan como yo. Puede no molestarte a vos específicamente, pero ciertamente afecta a muchas personas de forma objetiva y subjetiva y por eso se trata de un problema social y no de una inquietud personal. Cómo es el mecanismo para que esto ocurra, la verdad es que no lo sé. Como mencioné anteriormente, es altamente probable que los medios tengan que ver con esto.  Lo que sé, y lo que nuestro amigo Pedrito Bourdieu sabe, es que un orden establecido produce la naturalización de su propia arbitrariedad. El orden establecido que dictamina qué es atractivo y qué no, es internalizado por cada individuo y por lo tanto tomado como natural, aún cuando en la misma revista tengas un artículo que dice “Amate a vos misma tal y como sos” seguido de un artículo titulado: “La China Suárez revela su secreto para recuperar su figura después del embarazo”, acompañado de una foto de la flamante madre en bikini demostrando que podés en una semana deshacerte de esos colgajos de piel y resurgir de las cenizas como la Barbie que eras antes de tener al nene.  Ahora, ¿cuál es el problema de todo esto? No sólo hace que una persona viva eternamente avergonzada de su diente chueco porque Colgate le dijo que iba a ser exitoso si sus dientes eran derechitos (cuando capaz no puede pagarse los brackets), sino que además el impacto que todo esto tiene en la psiquis del individuo se traslada a consecuencias observables y medibles. La empresa Dove realizó un estudio acerca del impacto de todas estas presiones en las niñas y descubrió que un 31% de ellas se abstienen de participar en los debates en el aula porque no quieren atraer la atención de sus compañeros a su persona, y por lo tanto, a su aspecto físico, que detestan. Estos datos eran consistentes en Finlandia, Estados Unidos y China, y no se relacionaban en ningún caso con el peso de la niña en cuestión. Ahora, es muy poco probable que tanta cantidad de chicas efectivamente sean versiones femeninas de Gollum, por lo tanto se trata de que existen ciertos esquemas que perciben como objetivos, como leyes universales de la belleza, y ver que no encajan afecta de forma profunda sus subjetividades: lo ven como un fracaso del cual son personalmente culpables (“¡Ay por qué habré heredado el naso de mi viejo!”). Ahora, imagínense el potencial que todas estas chicas podrían desarrollar si se involucraran de forma más activa en el aprendizaje, imagínense el aporte a la economía que podrían realizar. Así, el mecanismo es de la historia a la biografía, y de la biografía a la historia.

Ya sabés que la próxima vez que vayas a la playa no vas a haber cumplido con tu eterna promesa de tener el “cuerpo de verano” para las vacaciones porque te pasaste todos los finales deglutiendo Toddys/Don Satur sumido en tu desesperación. Por eso, cuando estés ahí y tengas miedo de sacarte la remera y brillar cual Edward Cullen y cegar a todos, acordate de nuestros amiguillos Wright Mills y Bourdieu, y que el habitus se banque que ames tus rollitos.

Foto de portada: dvdbramhall. .