Hoy en día, el misterio que se esconde tras lo desconocido es, lastimosamente, paleado por un constante bombardeo de información liderado por Facebook, Instagram, Snapchat y otras redes sociales que, sin darnos cuenta, nos envuelven en su ficción para hacernos creer que conocemos lo que en realidad nunca vivimos. Tirado en la cama, desde un celular, uno puede visualizar ciudades sin siquiera tener que visitarlas. No es necesario haber viajado para saber qué tan pintoresco es Purmamarca, qué tan alta es la Torre Eiffel, o qué tan azul es el Mar Mediterráneo. Siempre va a estar ese amigo que, aprovechando una selfie para lucir su nuevo peinado al viento y cosechar algún que otro seguidor más, te lo va a hacer saber.

Sin embargo, hay algo que resulta imposible conocer sin haber cumplido la tarea esencial de acercarse. No importa cuánto hayas leído, qué tantas fotos y videos hayas visto, o cuántas historias te hayan contado sobre una ciudad. Nada de esto alcanzará para saborear, al menos un poco, su esencia. La esencia de una ciudad no se limita a su estética, su arquitectura, sus playas, sus bosques o sus ríos. La esencia de una ciudad no es visible. Mucho menos palpable. Tampoco es rígida. Su construcción depende de la mirada de quien la disfrute. O la sufra. La esencia de una ciudad es individual a la persona. Es plenamente personal y, por lo tanto, nunca puede ser dada a conocer por terceros.

Es por esto que siempre me resultó difícil contar lo que viví en el intercambio a Londres. Uno siente la ineludible presión de complacer a quien escucha con historias que se escapen de lo cotidiano, historias cuya particularidad sea tan potente que logren atravesar hasta al lector más impasible. Es entonces cuando me doy cuenta que ésta es, en realidad, una tarea inútil, sin sentido. Lo que a mí me conmueve y desconcierta en la mirada de otra persona, puede ser simplemente una estupidez, una simple anécdota contada por un adolescente que viajó 6 meses a otro país y volvió con aires de “Alexander Supertramp”. O tal vez no. Puede que la otra persona sienta lo mismo. Puede que la anécdota sea en realidad interesante. Es por esta incertidumbre que no espero maravillar a nadie con mi relato. Mi objetivo tampoco es presumir sobre mi experiencia. Ni aparentar ser más “cool” y místico de lo que en realidad soy. Mucho menos quiero caer en una imitación barata de Caparrós y su “Largo Viaje”.  Simplemente vengo a contar lo que, desde mi punto de vista, constituyó la esencia de Londres.

La esencia de Londres está en el Kyoto Garden y sus ardillas, que seducían a los viajeros más ingenuos, para luego escaparse devorando el premio. O en Notting Hill y sus caminantes que, con sus tapados de piel y anteojos de cristal redondo y marco dorado, se paseaban por Portobello Road, compitiendo por quién representaba mejor los 60s. En el viejo de barba blanca y ropa desgastada que bailaba al ritmo de una canción inexistente, con gente inexistente. O en la fila de turistas hechos bajo un mismo molde que decoraba la cuadra sobre la cual se imponía Madame Tussauds, ansiosos por esa foto con Britney Spears. O en la recepcionista de mi residencia, con su cara alargada y tristeza esculpida, y la noche en la que me hizo dormir en la calle porque había perdido mi pase. En el Starbucks que, milagrosamente, estaba abierto, y sus sillones de cuero que supieron recibirme. O en la mítica esquina de los estudios Abbey Road, donde casi presencio el atropellamiento de 4 jóvenes que insistían en imitar a la perfección esa famosa fotografía. Una réplica podría valer oro en Instagram. O en el día en el que una española me enseñó a cocinar lo mínimo para sobrevivir. O en el que casi me tatúo el dibujo invertido por no haberle prestado atención a mi maestra de inglés en primaria. O en el día en el que, por la misma razón, terminé jugando un partido de Quidditch en Regent´s Park. O en el que conocí a un japonés y una finlandesa en una fiesta en Camden Town, para formar una banda de futuro invisible, pero que sabía sonar. En las horas en las que nos pasábamos en “The Hawley Arms” después de cada ensayo, charlando en un inglés que delataba nuestros tan distintos orígenes y que, poco a poco, se fusionaba en un griterío tan crudo como nuestra embriaguez. O en la vez en la que una inglesa me preguntó si Argentina estaba en Europa. O en la vez en la que me crucé a Jude Law en un café de Notting Hill. O cuando me crucé a Joffrey, el príncipe de Game Of Thrones, quien parecía un poco más amigable que en la pantalla y estaba ahí sentado, escuchando blues con una rubia en un bar de Oxford Street. O, mejor aún, cuando me crucé a Effy Stonem de Skins, de quien sigo enamorado, para lamentarme de que su novio era un tanto más fachero y alto que yo, suficientemente fuerte para llevarle las bolsas de ropa que acababa de comprar en Knightsbridge. O en la noche en la que un amigo de Suiza me llevó al boliche “Egg” y logró que empezara a entender a la música electrónica. O en esa tarde en la que conocí a Jordan en Marylebone, un estadounidense de rasgos finos que soñaba con convertirse en un famoso director de cine. O en el día en el que me pidió que lo ayudara a filmar su nuevo proyecto, para el que, con gusto, me encargué de sostener un micrófono, mientras actores varios repetían sus líneas con un excesivo acento británico. O en el día en el que me contó que se había enterado de la participación de Estados Unidos en las dictaduras latinoamericanas, con una mirada que revelaba la más sincera decepción, como si le hubieran enterrado un puñal en el centro de su orgullo norteamericano. O en el día en el que fuimos juntos a una fiesta en una terraza en Shoreditch, y la caminata de vuelta en la cual me encargué de embellecer su torpe marcha. O la noche siguiente en la que él me ayudo a arrastrarme a mí. O en las mañanas heladas que le seguían, donde la resaca se exhibía vengativa y las calles escupían soledad.

Podría seguir, pero no vale la pena. Después de todo, es simplemente mi esencia de la ciudad. Sólo la mía.

 

Foto de portada: Kent Wang. .