Con bastante frecuencia nos enfrentamos a situaciones en las cuales tenemos que tomar una decisión que nace de una simple disyuntiva, ¿qué valoro más: la antigüedad o la competencia? Esta pregunta se discute  muchas veces en diversos ámbitos, por ejemplo, en el trabajo. Pero bajando a lo concreto:

Si le preguntamos a un alumno de escuela primaria a quién prefiere entre una maestra de edad avanzada, con años de experiencia en el colegio, transmitiendo el mismo contenido de siempre y un poco cansada (o no), y una maestra llegada hace poco, más joven, con más entusiasmo y ganas de trabajar que la anterior y quizá con recuerdos más frescos de su infancia, lo que le permite empatizar mejor con los alumnos, ¿a quién eligirían ellos o sus padres?

Si nos referimos a un cliente y le preguntamos en el momento de decidir una compra  –y esto nos sucede a menudo a todos, a mí por ejemplo ya se me vinieron varias situaciones de éstas a la cabeza- qué prefiere, si el producto de marca reconocida, más caro que el resto de su categoría y con la buena (o no) calidad de siempre o aquél de marca menos reconocida, actualmente con poco prestigio pero de calidad similar y menos costoso.

Si le preguntamos a un votante a quién votará, ¿al viejo candidato con varios años de experiencia política y que ya conoce cómo se desempeña en el ámbito o, a otro candidato,  quizá más joven, con algo, pero menos experiencia en política que el anterior, pero que propone planes factibles para resolver las cuestiones importantes del momento?

Todas estas cuestiones están planteadas de forma más extrema de como generalmente se presentan. Haciendo énfasis en el primer ejemplo, probablemente existan viejos maestros cansados de la rutina que desearían poder probar métodos nuevos o desarrollar habilidades que ven que otros profesionales nuevos tienen porque sí son curiosos o, simplemente maestros  con muchos años de experiencia pero que supieron adaptarse a los cambios y los alumnos lo prefieren ante cualquier otra opción.

Muchos dicen y piensan que la experiencia es lo único necesario para saber y desempeñarse perfectamente en algo. Con lo cual no estoy totalmente en desacuerdo, dado que la experiencia sí nos enseña y a la vez nos prepara para hacer las cosas mejor que antes. Pero -y acá va lo que quiero transmitir- en un mundo en el que todo cambia rápidamente, anclarse en una rutina para siempre no es buena idea, no sirve, termina siendo obsoleto. Por lo tanto, la experiencia perfecciona a la persona y a la profesión siempre que vaya acompañada de estudio constante, crítica, reflexión, si es necesario, también de investigación y por qué no, de innovación.

En la mayoría de las ocasiones y sobre todo en la actualidad, valorar más la antigüedad que  la competencia o  la segunda  más que  la  primera no es una cuestión de blanco o negro. Con todo esto quiero dejar en claro que no me parece que unos tengan que reemplazar a otros sino que se prioricen más las competencias, curiosidades y voluntades más que valorar únicamente a una persona o profesión por la edad o por los años de experiencia.  Pienso que tiene que haber mayor promoción de la meritocracia en la sociedad. Entendiendo por meritocracia a todo un sistema basado en el mérito o esfuerzo realizado, en el que las posiciones son alcanzadas y las profesiones ejercidas con base al merecimiento por el talento, la educación, competencias y trabajo.

Para finalizar, dejo una cita de Mariano Narodowski, profesor e investigador en la Universidad Torcuato Di Tella que me gustó porque además de que transmite lo que pienso, quizá resulte complementario a lo que escribí anteriormente:

“El gran aporte de la Modernidad es que nuestra sociedad esté abierta al talento, que ya no se mueva por la familia y la herencia, sino que las personas pueden demostrar lo que son y pueden hacer. Pero los talentos están distribuidos de manera desigual y hay condicionamientos sociales, económicos, familiares y culturales. Para que la carrera abierta al talento sea justa, el punto de partida tiene que ser justo. La única opción meritocrática justa es la que iguala el terreno de juego. La escuela tiene que igualar ese terreno para que todos tengan el mismo punto de partida. Lograrlo, por otra parte, lleva varias generaciones. Aunque reciban más recursos, los chicos más pobres no van a igualar a los chicos de clase media, salvo que esa inversión se sostenga por muchos años.”