Imaginate que el domingo pasado fuiste al supermercado con tu listita. Uno de los ítems era galletitas. Entonces fuiste a la góndola correspondiente y te frenaste a elegir, mirando todos los paquetes, marcas, colores… Imaginate que el precio no era un problema para vos: querías elegir las mejores, las más ricas.

Uno de los primeros criterios de selección pudo haber sido ser buscar entre las más conocidas. Podemos descartar muchas marcas porque sabemos que (casi) nadie las compra, por lo que inferimos que no deben estar tan buenas. Entonces nos centramos en las marcas que tenemos más vistas, que aparecen en muchas publicidades, que sabemos que compra la mayoría de la gente. Las Pitusas o las Festiva quedaron, entonces descartadas.

Ahora bien, aun habiendo descartado unas cuantas marcas ¿cómo elegimos las más ricas? La única forma de saber si una galletita es rica es habiéndola probado. Una opción entonces, es elegir una marca de galletitas que ya probaste y que sabés que te gusta tanto que difícilmente otra pueda gustarte así.

Pero si no sos fanático de ninguna galletita en particular, la cosa se pone más complicada. Si tuvieras el tiempo y los conocimientos necesarios, podrías ponerte a comparar los ingredientes y la información nutricional de cada una para intentar deducir cuál te va a gustar más. Pero solo una de cada mil personas se toma ese trabajo. Vos tenías que decidir en ese instante, estabas frente a la góndola. Entonces usaste la información que tenías a tu disposición. Te fijaste rápidamente lo que cada paquete dice que contiene. Comparaste, casi inconscientemente, los colores y los dibujos de cada envase, para ver cuál te inspiraba más confianza. Recordaste que en la tele escuchaste que las Oreo eran ricas, pero se te vino a la mente la voz de tu abuela: “ese color negro es tan fuerte que solo puede ser artificial”. Al final, con la poca información que tenías, tomaste una decisión. Agarraste un paquete, lo pusiste en el carrito y al momento de pagar le sonreíste al cajero antes de irte.

***

Unos días después, el domingo, tenés que ir a votar. Entonces entrás al cuarto oscuro y te parás a elegir, mirando todas las boletas.

Uno de los primeros criterios de selección puede ser votar a algún candidato de los más conocidos. Podemos descartar muchas listas porque sabemos que (casi) nadie las vota, por lo que inferimos que no deben ser tan buenas. De esta forma, nos centramos en las listas que tenemos más vistas, que aparecen en muchas publicidades, que sabemos que vota la mayoría de la gente. El Frente Socialista y Popular o el Partido Humanista quedan, entonces descartadas.

Ahora bien, aun habiendo descartado unas cuantas listas ¿cómo elegimos a nuestro candidato? La única forma de saber si determinado político es bueno es habiéndolo visto ejercer el poder. Una opción, entonces, es elegir a un político que ya estuvo en un cargo e hizo las cosas bien. Bancás cómo trabajó, por lo tanto difícilmente otro candidato pueda ser mejor.

Pero si no sos fanático de ningún candidato en particular, la cosa se pone más complicada. Si tuvieras el tiempo y los conocimientos necesarios, podrías ponerte a comparar las plataformas y las propuestas para deducir cuál sería mejor a la hora de ocupar el cargo. Pero solo una de cada mil personas se toma ese trabajo. Vos tenés que decidir ahora, ya. Entonces usas la información que tenés a tu disposición. Te fijás rápidamente lo que cada candidato dice que va a hacer. Comparás, casi inconscientemente, las formas de hablar y de vestirse de cada uno, para ver cuál te inspira más confianza. Recordás que en la tele escuchaste que Massa va a combatir la inseguridad, pero se te viene a la mente la voz de tu abuela: “ya hizo esa promesa tantas veces que solo puede ser mentira”. Al final, con la poca información que tengas, vas a tomar una decisión. Agarrás una boleta, la ponés en el sobre y al momento de votar le sonreís al presidente de mesa antes de irte.

***

Una semana después de las elecciones, estás disfrutando tu tarde de domingo, mirando la tele en el sillón. Te da hambre y te encontrás con ese paquete de galletitas comprado hace dos semanas. Lo abrís, pero justo antes de comerte la primera te das cuenta de que tiene maní, al cual sos alérgico. Enojado, seguís mirando la tele y lo dejás arriba de la mesa mientras te preguntás cómo pudiste comprar eso.

Casi como si el mundo estuviera conspirando en tu contra, en la tele arranca el noticiero. La primera noticia de la tarde tiene como protagonista al candidato que votaste el domingo anterior. Resulta que, en el Congreso, votó en contra de la reducción del impuesto a las ganancias, una medida que vos apoyás fuertemente. Enojado, apagás la tele y dejás el control arriba de la mesa mientras te preguntás cómo pudiste votar eso.

Foto de portada: La Curva.