Perdonen si alguna madre primeriza cliqueó en este enlace, no les hago perder más el tiempo y ya les aviso que no es un artículo sobre maternidad.

2015 Elecciones Generales:

  • Peronistas: “No todo está perdido”
  • Cambiemos: “Sí se puede”
  • Massa: “Divide y triunfarás”

2015 Ballotage:

  • Peronistas: “¿Por qué elegimos a Aníbal y a Scioli? No me acuerdo como se decidió”
  • Massa: “Malena, pásame el teléfono de Margarita a ver que invento”
  • Cambiemos: “¡Cambiamos!”

2016 Diciembre:

  • Peronistas: “Dejen de robarle el salario a la gente, no cumplen con sus promesas electorales”; “¿El segundo semestre dónde está?” etc. etc.
  • Cambiemos: “No nos pidan corregir en un año el apocalipsis económico y estatal que encontramos”

2017 Hoy:

  • Peronistas no K: “Hola Florencio!”
  • Peronistas K: “Cris, tanto tiempo!”
  • Cambiemos: ¡Faa! Que el gradualismo es lento

Nos desayunamos como argentinos con la noticia de que no se le había otorgado el ascenso a nuestro país como mercado emergente. En cambio, seguimos en el grupo fronterizo al cual descendimos en 2009.

Señal más directa no nos podrían haber mandado. Si pensábamos que en un año y medio Cambiemos iba a hacer magia y nos íbamos a transformar en Alemania o Canadá estábamos muy equivocados. Sobre todo, estábamos muy errados si pensábamos que un cambio de administración nos iba a cambiar a nosotros como sociedad. Pero eso es un tema aparte.

Con la esperanza de que el mundo nos diera la mano, Cambiemos confió casi ciegamente en que los mercados se iban a abrir para nosotros y que el resto del mundo iba a abrazar a una administración abierta al diálogo, llevando la bandera de la transparencia y proponiendo una economía más abierta. La realidad es que una de esas cosas si pasó, nos abrieron la puerta en una cantidad récord de encuentros bilaterales con primeros mandatarios de países que antes ni se les ocurría levantar el teléfono para preguntar cómo estaba todo por el sur.

Sin embargo, no sucedió la “lluvia de inversiones” que se comunicaba allá por 2015. Sinceramente, considero que fue una estrategia (fallida) de comunicación y no lo que pensaban que realmente iba a pasar. Sería muy naive, en un mundo cambiante y en una Argentina más cíclica que una bicicleta, esperar que por un simple cambio de administración, países y empresas lleguen sonrientes a depositar sus dineros en planes de 5 a 10 años. Inverosímil.

Si bien se ha hecho mucho en pos de generar esa imagen en el mundo, se tiene que hacer más. Tenemos que transformarnos en un país estable y sobre todo coherente. Coherente en nuestra planificación y ejecución de planes, coherentes en nuestra forma de votar, coherentes en la forma de pensar nuestro país. Poco de esto está pasando.

La transformación de la Argentina en un país estable tiene que aprobar el parcial de octubre para no tener que rendir un final muy complicado en 2019. Pero para que eso suceda tienen que darse una serie de combinaciones: que la economía muestre en la calle lo que se estima que está sucediendo y que seamos racionales en nuestra forma de votar. ¿Que quiere decir eso? Que los votantes de Cambiemos entiendan la estrategia de esta administración, confíen en esta, y que no cambien radicalmente su opinión por no tener la paciencia necesaria para el cambio que pidieron a fines de 2015. Está claro que el bolsillo no está precisamente del lado de Cambiemos y no critico, personalmente, a la gente que vota con el bolsillo. Cuando no hay que comer no hay razonamiento incorrecto.

La coherencia en la forma de pensar de nuestro país es un debate que nos debemos y que necesita un nivel de consenso mucho más amplio del que actualmente existe (la tan gastada grieta). Tenemos que plantearnos seriamente si queremos un estado grande o chico, un estado interventor pero eficiente, si queremos sustitución de importaciones, si queremos ser un país exportador de servicios, de tecnología o de alimentos. No podemos permitirnos, por el bien de nuestro futuro, pasar cada ocho años de un “extremo” a otro. Acá, a mi entender, yace la verdad sobre nuestro futuro. Elegir qué tipo de país queremos ser para trazar, a partir de eso una línea estratégica, no solo económica y productiva, sino educativa, cultural y legal. En casi 35 años de democracia consecutivos no hemos logrado todavía encontrar nuestra real fortaleza para tener un país pujante y donde cada vez más personas puedan tener las mismas posibilidades para elegir qué vida quieren llevar de manera sustentable en el tiempo.

Algo que viene prendido a la idea de un país coherente en la forma de pensar y que suele pasarse por alto, es el deseo de un país extremadamente “bienestarista” con pocos impuestos. Una idea no avalada por casi ninguna teoría económica, pero algo que pasó durante doce años sin que nos diéramos cuenta y que ahora nos pasa factura. Como positivo tenemos que ponderar que ya aprendimos que no hay que dejarnos caer en la tentación de reclamar baja en el IVA, ingresos brutos, ganancias, y al mismo tiempo decir que necesitamos más planes procrear, ampliar la AUH o que se restablezcan los subsidios a los servicios de transporte, gas y electricidad. No, no al menos con la matriz productiva e impositiva que tenemos. No podemos caer en las aberraciones demagógicas como el plan “Bajemos los precios”. Tenemos que ser más inteligentes: ¿Qué se necesita para que la mayor cantidad de gente trabaje y cobre un sueldo digno para tener la libertad de elegir cómo vivir?, ¿un estado enorme o empresas fuertes y competitivas? Otro de los debates ideológicos que nos debemos.

La realidad muestra, a diferencia de lo que se puede llegar a creer, que no se ha achicado el tamaño del Estado con respecto a la administración anterior. Se ha intentado hacerlo más eficiente, pero con mala comunicación y errores de principiantes (baja de pensiones por discapacidad, suba de tarifas a los servicios sin audiencia, etc.). Con el condimento de que parece que ahora todos, y cuando digo todos es todos, se han prendido a quejarse de la inflación. Son en estos momentos cuando a uno le cae la ficha de porque el INDEC estaba intervenido como estaba. Cualquier relato existente se hubiese desvanecido al instante si se conocían los verdaderos números. Es por eso que no quiero perder la oportunidad de dar las gracias por habernos devuelto la posibilidad y el derecho de decir: “che Alfonso, Andy, Lucas, Nico, le pifiaron con la inflación: ¿por qué?” No somos nadie sin libertad para interpelar como ciudadanos a nuestros dirigentes, y para eso necesitamos que nos digan la verdad. Repito, gracias.

En definitiva, a todos los votantes de cambiemos les deberían haber dado uno de los libritos que te explican “Qué esperar cuando estás esperando”, porque esa es hoy la realidad de los que apuestan por este camino. La inflación baja, después sube menos, vuelve a bajar, pero de a poquito. Conseguimos buenos resultados pagando a los buitres, mejoramos la puntuación del FMI, pero no logramos la calificación de emergentes.

Es un camino lento, que puede llegar a impacientar. Pero, como en un embarazo, solo resta esperar.

Tomás Galuccio.