2200 km. Esa es la longitud de la línea imaginaria que divide Colombia y Venezuela. Ese es el tamaño de la barrera que separa dos mundos cada vez más distintos. De un lado, se declara el fin de los tiempos de una guerrilla. Del otro, se escuchan los llantos, los estómagos vacíos, los gritos reclamando derechos: se escucha todo, menos el silencio de la paz.

53 años, múltiples intentos de acuerdos y un referéndum fallido después, los sucesos del martes pasado llegan como un respiro de aire fresco para Colombia. La ceremonia de entrega formal de 6500 armas de los miembros de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) fue símbolo de un nuevo punto de partida para el país como un todo, recibiendo una nueva etapa caracterizada por esperanzas de paz e integración.

La guerrilla, después de medio siglo de alzamientos armados, empieza su ciclo como un movimiento legal, punto de partida sellado por el apretón de manos entre Juan Manuel Santos, presidente de Colombia, y Rodrigo Londoño, conocido como Timochenko, líder del ex grupo insurreccional.

El desarme no se recibió, sin embargo, por una sensación homogénea en la sociedad colombiana. Por un lado, como el nivel de violencia atribuido a las FARC ya había caído bastante en el último tiempo, parte de la población ya no lo sentía como su principal preocupación. Por otro, hay una sensación de desconfianza atada, producto de las negociaciones de paz fallidas entre 1998 y 2002, que resultaron en el fortalecimiento de la guerrilla.

Del otro lado de la frontera, las palabras “paz”, “desarme” y “esperanza” son parte de un cuento de hadas.

Mientras en Colombia se enterraba la guerra, en Venezuela se declaraba. Cual surrealismo de una serie de Netflix, un helicóptero sobrevoló el Tribunal Supremo de Justicia, y lo bombardeó con cuatro granadas. Este se dirigió luego al Ministerio del Interior y Justicia, donde disparó 15 tiros a la terraza. Este suceso se encuentra inmerso en el ciclo de manifestaciones, que hasta hoy ha cobrado setenta y siete vidas y centenas de heridos, contra el régimen oficialista.

El encargado del ataque fue un comisario, Óscar Pérez, quien publicó en las redes un video donde se lo muestra acompañado de hombres en uniforme con la cara cubierta y armas en mano, afirmando que eran parte de una coalición en contra de Nicolás Maduro y “la impunidad impuesta por este gobierno”. Afirmó que esta no tiene una tendencia político-partidaria, sino que son “nacionalistas, patriotas e institucionalistas”.

Esto viene acompañado de un discurso del mismo presidente, mediante el cual se dirigió a la Nación, afirmando: “Si Venezuela fuera sumida en el caos y la violencia, y fuera destruida la revolución bolivariana, nosotros iríamos al combate (…) y lo que no se pudo con los votos, se haría con las armas.”

2200 km separan dos mundos. De un lado, las armas se funden y moldean un símbolo de paz. Del otro, se cuentan los días para tomarlas.

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