El buen clima, las espectaculares playas y la histórica Palma, convirtieron esta isla en uno de los destinos más solicitados de Europa. Si bien un turismo masivo reina en Mallorca, más que nada en los meses de verano, hay muchos lugares de la isla que quedaron inafectados. Lejos de las masas se pueden descubrir pequeños pueblos en los que rige la tradición, amplios bosques de pino e idílicas calas con agua cristalina.

Sus 550 km de costa presentan una diversidad exuberante y para mí, algunas de las cuevas y playas más lindas del Mediterráneo. Playas hay para todos los gustos: por un lado, la isla cuenta con amplias playas de arena fina con todos los servicios, y por el otro, con pequeñas calas escondidas entre acantilados y bosques. El sur y el este de la isla ofrecen grandes playas (bastante masivas) y una vida nocturna turbulenta, mientras que en el norte y en el oeste hay calas menos pobladas, más tranquilas y una vida rural más marcada. Cada rincón de la isla es una sorpresa y, por lo tanto, recomiendo recorrerla con el auto o si no, hay muchos senderos y rutas para recorrerla en bici o a pie.

Mallorca también es muy famosa por sus cuevas de piedra de caliza. Los hogareños las utilizaban como refugio, escondite ante ataques de piratas, para el contrabando o como lugar de culto. Su tamaño (algunas son tan grandes como una catedral), como su cantidad de estalagmitas y estalactitas sorprenden a todos sus visitantes.

Las Islas Baleares fueron ocupadas por árabes, catalanes, franceses y británicos debido a su ubicación comercial y estratégica, y hoy en día todavía se pueden encontrar restos de esas influencias en la cocina de las islas. El Seafood domina la cocina de mallorquí y un clásico de la isla es el pa amb oli, una rodaja de pan cubierta de una deliciosa salsa de ajo y aceite de oliva.

 

 

 

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