El arte me atraviesa.

Siempre lo digo. Sea música o un muy buen libro. Un poema o un cuadro.

Tengo alta estima por la palabra “inspiración”. En mi cabeza, equivale a una especie de espacio abstracto, sagrado, alcanzado por pocos y de a ratos. Lo suelo pensar como un alineamiento específico de los astros que permite, como un milagro, crear. También tengo alta estima por el concepto de crear. Venimos a este mundo para crear; vínculos, conexiones, personitas. Creamos todos los días, constantemente, cada segundo. Pero entonces, me pregunto, ¿Por qué cuando se trata del arte la palabra crear se vuelve tan engañosa?

Creamos todo el tiempo. Cada instante. Cuando nos vestimos a la mañana, cuando le enseñamos algo a un hermano menor, cuando votamos o cuando expresamos una opinión. Porque me atrevo a decir que crear no sólo es crear arte. La creatividad, usualmente asociada con espacios artísticos, existe en todos los ámbitos de nuestra vida. Organizar la salida del sábado puede requerir de toneladas de creatividad.

Pero entonces, ¿por qué cuesta escribir, si lo hacemos todos los días en la facultad? ¿Por qué no sabemos expresar la melodía que suena en nuestra cabeza, si escuchamos música todo el tiempo?

Al involucrar el arte de crear con el arte concretamente, todo parece tornarse más confuso. Creo conocer el origen de esta frustración: se trata de la necesidad de trascender. La poesía, una canción o una obra visual, para constituir como obras de arte, deben tener esa capacidad de trascender en el tiempo. Su significado, tan amplio e interpretable, sobrevive la vida del autor y sus contemporáneos. Generación tras generación, se acude a estas obras, otorgándoles un nuevo significado cada vez. Las obras maestras nos rodean; son muchas, sin embargo, ninguna está de más. Son miles las obras de arte que nos miran, expectantes. Dudamos en devolverle la mirada, dominados por una confusión entre miedo y admiración. Las estrellas brillan y las vemos con claridad. Aun así, están lejos. El artista, a la hora de crear, tiene esa presión por trascender. Pero empieza desde abajo. Más que aspiraciones trascendentales, se empieza con una pregunta, triste en su simpleza; ¿a alguien le va a gustar?

Al fin y al cabo, lo que se busca en el arte es que nos haga sentir. Vivimos con ansias de ese momento mágico en el que suena una melodía, y una parte de nuestro ser cobra sentido; una pregunta es respondida, un vacío se llena, el neutro se hace color. El artista es aquel que es capaz de formular esa melodía, el que llena el silencio con ruido al convertir una hoja en blanco en una rebosante de significado. Al artista lo aturde una necesidad de ser interpretado, de que su creación sea entendida una y otra vez. Su creación es una llamada a gritos por ser entendido. Cree saber que nunca será comprendido del todo, que lo entenderán por fragmentos y en múltiples maneras. Muchas veces inventarán significados que él ni visualizó. Más que una lanzada al vacío, la experiencia artística termina siendo un encuentro entre un público en búsqueda de una emoción con un artista que es capaz de identificarla.

Entonces, ¿qué es el arte?

Para mí, es encontrar los colores en el gris.

En la vida cotidiana, es encontrar símbolos en meras coincidencias, y significados en cada casualidad. Es vivir una vida en la cual nada sea sin querer, y todo pase por algo. Todo se convierte en fuente de inspiración; el arte se respira, canta y sueña. Es un llamado hacia algo más grande que nosotros mismos. Si el gris se puede pintar del color que fabrique tu imaginación, ¿no te dan ganas de agarrar un pincel?

Foto de portada: Freaktography. .